"Educación y nacionalismo. Historia de un modelo" |
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Javier Orrico presentando el libro, Marita Rodríguez, Ernesto Ladrón de Guevara |
El autor comentado una diapositiva de una pegatina alusiva con burla al asesinado Fernando Buesa |
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...Quiero rogar desde aquí a todo demócrata, que lea “EDUCACIÓN Y NACIONALISMO. Historia De Un Modelo”, porque me consta que fuera de las “fronteras” de aquéste lugar el desconocimiento sobre el tema es absoluto...ustedes se asombrarán, se indignarán y reaccionarán ante tales atentados contra la libertad del individuo, institucionalizados en las “Tierras Vascas”. Si nadie informa de las barbaridades que aquí suceden, si sólo se escucha la voz cargada de embustes de quienes las cometen, seguirán gozando de la impunidad que, hasta la fecha, les ha permitido crear un estado dictatorial dentro de una democracia. Al terminar de leer EDUCACIÓN Y NACIONALISMO, sólo lamenté no haber sido alumno de su autor. ¡Chapeau!, Don Ernesto.
Lo que nos costó doscientos años conseguir, un estado democrático, no ha tardado ni dos años en destruirlo el ZPsoe. Como sea. Soñaron los liberales autores de la Constitución de 1812, hijos del espíritu ilustrado, de la utopía emancipadora, con un Estado que le diera a lo que siempre había existido, la nación española, los españoles, una arquitectura legal igualitaria, una cohesión fundada no en la raza, ni en la sangre, ni en la etnia, sino en el derecho, en la ciudadanía que acabara con los privilegios del Antiguo Régimen, con la división estamental y territorial, y con el sometimiento a que condenaba su ignorancia de la lengua universal y común a los hijos pobres, a las capas rurales, de la España no castellana. Creyeron que la ley para todos, la eliminación de las fronteras interiores, el acceso a un mercado único, la unidad fiscal, las comunicaciones, las garantías legales frente a los caciques locales, la educación universal que desterraría el oscurantismo y la superstición religiosa, todo lo que recorría Europa en un grito de libertad, articulado en el Estado nacional, nos traería el fin de nuestra decadencia, nos devolvería al lugar que habíamos dejado de ocupar en el mundo.
Todo ese sueño, encarnado en otra Constitución, la de 1978, generosa hasta el límite, concebida para superar las heridas del odio entre hermanos, es lo que este ZP, este personaje cuya valía se reduce a ser una sigla afortunada, esta cosa siniestra que ya no sé cómo calificar, este caldo concentrado de resentimiento histórico, acaba de despachar entre frases babosas, reuniones de conspirador de barril, y pensamientos profundos del tipo "no hay que discutir por los conceptos".
Contrariamente a los nacionalistas, claro, creo que de lo que España ha carecido históricamente no ha sido de la nación, sino del Estado, que es lo que ellos se empeñan en decir que somos y que no fuimos nunca. Para desgracia de todos, la única nación sin Estado es precisamente España. Si hubiéramos conseguido ser un Estado de verdad, un Estado moderno, hace mucho tiempo que habríamos salido de esta eterna discusión decimonónica, sí, aún y precisamente porque en el XIX las fuerzas reaccionarias y unos gobernantes taimados y desleales, como Fernando VII (el ZP de su tiempo), o directamente incompetentes hasta la cesión ante el foralismo y los campanarios, habían hecho imposible la construcción de unas estructuras nuevas que nos incorporaran a la modernidad. Y el Estado se edificaba sobre la extensión de la enseñanza, de una cultura compartida que convirtiera a los súbditos en ciudadanos, a los esclavos en hombres libres. Por eso, quizás no haya en estos momentos una obra tan oportuna y necesaria como "Educación y nacionalismo" (Edit. Txertoa, San Sebastián, 2005), de Ernesto Ladrón de Guevara.
El libro de Ladrón de Guevara, resultado de la investigación y la experiencia directa, es la narración espeluznante de ese fracaso español en la construcción de un Estado para todos que ahora culmina ZP con su rendición final, para provecho propio y desgracia de España, ante el nacionalismo étnico-lingüístico. (Lo digo yo y Joaquín Leguina y cualquier demócrata que aún conserve un mínimo de decencia.)
Apoyado en una abundantísima documentación, inapelable, y en su condición de maestro y doctor en Pedagogía, además de una larga e intensa vida política, que le ha llevado desde las filas del PSE-PSOE -donde llegó a ser asesor de la Delegación del Gobierno y delegado de Educación en Álava durante los años ochenta- a su actual condición de diputado foral por Unidad Alavesa, y a tener que vivir con escolta, Ernesto Ladrón de Guevara inicia su obra con un repaso detallado de la resistencia del tradicionalismo y el carlismo vascos a ceder el control educativo, y con él, por supuesto, el ideológico y moral, desde el instante mismo en que el Estado liberal se propuso la tarea ilustrada de impartir una enseñanza para todos los españoles.
Se trataba de impedir, a toda costa, que el malvado liberalismo, la blasfemia y la irreverencia penetraran en las dulces almas euskéricas, siempre protegidas entre las sotanas y las diferencias de sangre. Y ello, bajo la especie de la lengua, usada desde el primer momento como emblema identitario y no como elemento de comunicación; y de una supuesta naturaleza moral distinta por cuya pureza velaba la Iglesia vasca. Sobre la raza, los fueros viejos y el vascuence se construyeron, pues, las barreras que impidieron al Estado democrático llegar a implantarse en los territorios vascos. Y como el poder central fue débil y transigió, el siglo XIX, cuando en toda Europa se levantaron las naciones modernas, fue entre nosotros un siglo perdido.
Lo que vino luego es una historia, desdichadamente familiar, que ha conducido a esta antesala de la separación en que nos encontramos: el surgimiento del nacionalismo, la represión franquista, y la llegada de una democracia que, como el Estado liberal, nunca ha conseguido entrar en Vasconia, hoy llamada Euskadi (el nombre que le puso el racista Arana, inventor de todo este disparate) para consignar, desde el nombre mismo, la enésima derrota del liberalismo.
La escuela nacionalista, edificada a imagen de lo peor de la escuela nacional-católica-franquista, y sólo posible gracias a las concesiones de la joven democracia, ha terminado por ser el instrumento esencial para la "construcción nacional vasca" (y catalana). Es decir, para edificar nuevas naciones soberanas (porque no existe nación sin soberanía) donde nunca las hubo, y, al final, Estados propios y distintos del español que garanticen la permanencia de los privilegios en las manos de siempre. En eso están, en un sistema educativo utilizado en el País Vasco (y Cataluña), durante los últimos veinticinco años, no como un instrumento de cultura, sino justamente de lo contrario, de aculturación, de adhesión irracional a los postulados del nacionalismo.
Para ello, además de la LOGSE y sus pedagogías aldeanas del `entonno´ inmediato, el terror y la presión social al estilo nazi: la lengua como excusa para expulsar a los profesores no suficientemente adictos, con el apoyo de los sindicatos abertzales (ELA, LAB y STEES); el feroz adoctrinamiento a través de los libros de texto y la `nacionalización´ de la Universidad y, por tanto, de los docentes de todos los niveles; la eliminación paulatina de la enseñanza en castellano, hasta una práctica inmersión total en euskera batúa; y, así, la identificación entre ser vasco leal-hablar euskera-comulgar nacionalista, hasta aplastar, incluyendo el asesinato si falta hacía, a quienes se opusieran a esas `libertades´ vascas consistentes en anular al individuo e imponer la aceptación identitaria como única vía para la subsistencia misma.
"Educación y nacionalismo", boicoteado en las librerías vascas y catalanas, es el relato de una pesadilla, de muchas cobardías, de cesiones y traiciones, de abandonos y errores que han abierto camino al movimiento nacional-socialista que hoy se enseñorea de las Vascongadas (y de Cataluña), donde la confusión entre Lengua-Escuela-Pueblo-Partido-Nación ha hecho imposible la democracia. Es el relato, en fin, de las vías por las que Zapatero y el PS0E se empeñan en hacernos fracasar una vez más, y quizás para siempre.
Espoleado de los calurosos aplausos de una audiencia donde se adivinaban varios profesores catalanes pero todos castellanohablantes, el filósofo alavés Ernesto Ladrón de Guevara presentó ayer en el Hotel Saint Moritz barcelonés su libro Educación y Nacionalismo.
La obra versa sobre las consecuencias de las. políticas lingüísticas aplicadas a la educación por los nacionalismos en España y que, según el filósofo, describen un auténtico «drama de falta de libertades» y «barbaridades».
A Guevara le presentó el periodista murciano Javier Orrico, y juntos no escatimaron en alusiones contra el Gobierno que preside Zapatero, uno de los grandes «culpables» de la situación actual. «El presidente está dispuesto a lo que sea con tal de conservar el poder», aseveró el filósofo alavés y añadió que «es capaz de coaligarse con ERC, que es un grupo fascista en toda la regla como Batasuna. Incluso llegó a afirmar que en España «hay un sistema electoral antidemocrático» que permite a un partido minoritario como ERC «ser la llave de Gobierno», algo que, en su opinión, «no pasa en ningún lugar del mundo».
Guevara destacó que lleva 25 años en el «desierto», en referencia al País Vasco, denunciando la imposición lingüística en la educación y adujo que la «deformación»que se está produciendo en la comunidad vasca responde a un ideario de gran tradición nacionalista introducido por el peneuvista Elizalde. Contemporáneo de Sabina Arana, para Elizalde la educación era «el elemento más importante» para la nacionalización de la sociedad. Por tanto, «el control de la escuela» devenía imprescindible.
En este sentido, criticó la existencia de una gran presión sobre el profesorado. «El Tribunal Constitucional dice que las comunidades autónomas tienen derecho a la enseñanza de una lengua, no en una lengua», afirmó Ladrón de Guevara y señaló, a continuación, que por su culpa «se ha producido una gran diáspora en el País Vasco».
Guevara criticó la manipulación de los estadísticas lingüísticas por parte del Gobierno vasco para aducir que «es una calamidad que la escuela sea en euskara» en un lugar «donde el 85% de la gente habla castellano». «No sé euskara ni pienso aprenderlo», sentenció.