| Economist |
|
|
|
|
|
|
|
|
|
|
|
|
El miedo otra vez... Tenemos una gran memoria para olvidar. Ahora, que vivimos bajo el «shock» de la crisis económica mundial, nos damos cuenta de que nos hemos adentrado en el siglo XXI provistos de medias verdades, encerrados en un racionalismo provinciano e idiota... HAY unas palabras de Paul Valéry que me impresionan mucho y que, ahora, cuando reaccionamos ante la crisis económica mundial tapándonos la cara con ambas manos, igual que ante un descomunal puñetazo, no dejo de recordar: «La horrible facilidad de destruir». Ésta es quizá la lección más valiosa que podemos extraer de la historia: que el desarrollo, el progreso, la cultura... son cosas frágiles, que pueden perderse o destruirse con facilidad. No hay nada más repetido a lo largo de los siglos que el lamento pronunciado por Próspero en «La Tempestad», penúltima obra de Shakespeare: «No he acertado a ver la vil conspiración del bruto Calibán contra la vida». A quienes sigan creyendo que con el final de la Guerra Fría se han terminado todos los problemas, que cualquier conflicto se resuelve con una buena dosis de amable diálogo, que los avances tecnológicos traen, inevitablemente, el progreso humano, que la historia es una línea recta hacia la tierra prometida de la racionalidad y la prosperidad, habría que recordarles que vivimos alumbrados por un sinfín de mundos extinguidos. No hay nada ganado firmemente. En los días de Augusto y Trajano, Roma tenía una población de más de un millón de habitantes y albergaba veintinueve bibliotecas públicas. A mediados del siglo V, después de las invasiones bárbaras, la ciudad del Tíber apenas contaba con treinta mil habitantes, muchos edificios estaban en ruinas, no había fondos para financiar las bibliotecas ni gente que las usara. Algo similar puede decirse de China, que durante siglos fue la civilización más refinada y avanzada del mundo. Los chinos inventaron el papel, la pólvora, la imprenta de tipos de madera, la porcelana o la idea de someter a pruebas escritas a los funcionarios públicos. Marco Polo abunda en maravillas al describir aquel Oriente de sedas, palacios y poetas. Pero después de la Edad Media, China se encerró en sí misma, orgullosa de su propia imagen, permitiendo, sin saberlo, que Occidente la rebasara y dejara cada vez más y más atrás. Los ejemplos podrían multiplicarse hasta el infinito, tomándolos de la historia antigua y de la contemporánea, sin que dejen de resonar en nuestras mentes, como entre paredes desnudas, las palabras de Paul Valery: ¡esa horrible facilidad de destruir! Volvamos los ojos, por ejemplo, al Renacimiento, cuando el mundo se apareció a los artistas, poetas y eruditos como un nuevo paraíso, y encontró eco el grito jubiloso «Vivir es un placer». A ese grato optimismo del espíritu sucedió, ya en el siglo XVI, la barbarie sin igual de las guerras de religión. La época de Rafael y Miguel Ángel, de Leonardo da Vinci, Vives, Moro y Erasmo retrocedió hasta cometer los mismos crímenes atroces que Atila, Gengis Khan o Tamerlán. La última vez que el mundo pasó por un periodo de soberbias ilusiones fue entre 1895 y 1914, los años previos a la Primera Guerra Mundial. En Europa y Estados Unidos se pensaba entonces que Occidente estaba en el umbral de una era sin precedentes, una fantasía de paz y prosperidad indefinidas. Nadie, en 1914, podía imaginar que estaba a punto de comenzar una apocalipsis de muerte y destrucción como no se había conocido nunca, que «la vil conspiración del bruto Calibán» iba a tragarse millones y millones de vidas, imperios, generaciones enteras. Nadie, en 1920, podía imaginar que la época narrada por Scott Fitzgerald, el fulgor del dinero y los neones publicitarios de las ciudades norteamericanas, una luz casi sonora, pues brillaba en las pistas de baile o tintineaba en el oro y las pulseras de las mujeres, daría paso al ruido y la ira de los personajes de John Steinbeck: es decir, que la euforia económica de los años veinte saltaría en pedazos tras el crack del 29. Tenemos una gran memoria para olvidar. Ahora, que vivimos bajo el «shock» de la crisis económica mundial, nos damos cuenta de que nos hemos adentrado en el siglo XXI provistos de medias verdades, encerrados en un racionalismo provinciano e idiota, inmersos en la dulzona y gelatinosa materia de un tiempo sin peso en la realidad, sin huella en el pasado, sin alcance en el futuro. El nuestro, se insistía, siempre con frases prefabricadas, era un mundo nuevo, un mundo de promesas y oportunidades. El pasado, y en especial, el siglo XX, con sus guerras y terremotos económicos, no tenían nada de interés que enseñarnos. Todo eso había quedado atrás, su significado estaba claro, y podíamos avanzar hacia una era nueva y mejor. Se hablaba, por supuesto, a ciegas, expresando un deseo más que una realidad: el triunfo de Occidente, el final de la historia, el ineludible avance de la globalización y del libre mercado... Ilusiones. Falsas esperanzas. Ahora, mientras los análisis y las predicciones fracasan en cadena, algunos advierten que si los planes del G-20 para combatir el desplome no van bien, habrá furia social, populismo radical, de derechas o izquierdas. Eso mismo es lo que pasó tras la gran depresión de 1929. Lo que en la Europa de entreguerras, zarandeada por una economía en crisis y enquistados conflictos políticos, arruinó tantas democracias. Entre ellas, la República de Weimar, cuyo hundimiento nos recuerda que la democracia es siempre un objeto delicado, y nos advierte sobre la ineptitud y temeridad de quienes, aun cargados de buenas intenciones, debieron ser más precavidos en sus juicios y comportamientos. El final de la República de Weimar, con las plazas gritando y vitoreando a Hitler, nos parece extraño y aterrador. Pero ahora, que empezamos a comprender lo fácil que es destruir la seguridad sobre la que descansamos, no me parece del todo inútil recordar aquel periodo. Weimar es una muestra de los peligros que pueden aparecer en un mundo patas arriba, cuando no hay consenso social ni político en ninguna de las cuestiones fundamentales. «Lo único de lo que estábamos seguros es de que no había nada seguro», decía Ernst Jünger al revivir aquellos agitados años. Precisamente, esa atenazada sensación de inseguridad, así como el temor que dominó la vida política entre 1914 y 1945, eran algo que, en buena medida, los gobiernos europeos habían conseguido borrar del viejo Continente. Hasta ahora. Pues como en las películas donde el monstruo nunca muere del todo, el miedo ha resurgido con una virulencia insospechada: miedo a la incontrolable velocidad de la crisis, a perder el empleo, a quedar atrás en una distribución cada vez más desigual de la riqueza, miedo, sobre todo, a que quienes se hallan en el Gobierno, a que los sonrientes líderes del G20, no tengan, en realidad, ninguna idea de qué está ocurriendo ni de las soluciones efectivas para frenar la recesión. A pesar de que se ha dicho que los acuerdos de Londres marcan el primer día de la recuperación, no hay razón para creer que la actual crisis global llegue a tocar fondo al final del 2009, como frívolamente ha vaticinado Zapatero. El caleidoscopio de la economía no deja de girar. Cada vuelta es una sorpresa. Y cada vuelta altera el punto de vista de nuestros políticos, que ya se han visto obligados a rectificar sus pomposos comunicados en varias ocasiones. Una cosa es cierta. Los ciudadanos buscan seguridad por encima de todo. Cuando el mundo de la política no les da respuesta, puede producirse el caso de que se alejen de la política, dando la espalda a la democracia. Y la historia del siglo pasado nos ha enseñado que resulta tan fácil destruir. ¡Tan terriblemente fácil! FERNANDO GARCÍA DE CORTÁZAR Director de la Fundación Dos de Mayo, Nación y Libertad
12/04/2009 - FERNANDO GARCÍA DE CORTÁZAR – ABC |
The EconomistEl peligro que denuncia el semanario, sobre todo, es el de un aldeanismo centrífugo que cuestiona la credibilidad de la acción exterior del Estado español en un sistema internacional globalizado, en el que las oportunidades aparecen, como lo muestra la actual situación de crisis, exclusivamente para las unidades políticas fuertes. A algunos lo que nos ha sorprendido es la sorpresa por el Informe de The Economist sobre la situación política española. Se trata de una pieza de periodismo bien hecho, que aúna la información contrastada, el buen juicio crítico y una irreprimible libertad de opinión. Todo lo que uno espera encontrar en un medio como el semanario en cuestión, que es, para lo bueno y lo malo, una referencia insustituible de la prensa inglesa. Hay algo que resalta inmediatamente en el informe y es que lo autonómico constituye una dimensión inevitable de la realidad española, de manera que es imposible hablar ya sobre España sin reparar en la condición territorial de nuestra organización política. Así no se puede entender la acción pública sin advertir si se está ante una responsabilidad del Estado central o de alguna de las Comunidades Autónomas. Y por tanto carece de sentido inhibirse ante el comportamiento de las autoridades autonómicas y reservar la crítica exclusivamente para las conductas del Estado. Esta actitud del Informe ha podido sorprender a quienes piensan que los problemas de España, especialmente los relativos al funcionamiento de los servicios públicos, son achacables en exclusiva, todavía, al centralismo del Estado, pero parece lógica a quienes conocen el formidable alcance, en medios económicos y disposición de personal, de la descentralización autonómica. Por lo demás, y en línea con una trayectoria hispanista, que se subraya, citando al princeps de los scholars hispanófilos Sir John Elliot, el autor del informe tiene una visión positiva, y aguda diría yo, del Estado autonómico. Acertadamente se señalan algunos efectos que la implantación generalizada del autogobierno ha tenido en España, con independencia de su justificación desde las demandas nacionalistas al principio. La autonomía, viene a señalarse, ha estimulado la competitividad entre las Comunidades Autónomas y ha contribuido a que en estos momentos el gap entre los diversos territorios de España, frente a lo que pueda ocurrir en otras experiencias descentralizadoras como Italia, haya disminuido considerablemente. Cierto que no todo son luces en el Estado autonómico español. No se ha parado una dinámica que puede amenazar con la Confederación, como claro rebasamiento constitucional. Y no son tolerables seguramente algunas opulencias en los modos de los aparatos de gobierno autonómicos. Tampoco parece admirable el tratamiento lingüístico, para afirmar los rasgos de la propia cultura territorial. El peligro, que se denuncia sobre todo, es el de un aldeanismo centrífugo que cuestiona la credibilidad de la acción exterior del Estado español en un sistema internacional globalizado, en el que las oportunidades aparecen, como lo muestra la situación de crisis económica mundial, exclusivamente para las unidades políticas fuertes. ¿Qué pasa entonces? ¿Qué no se aplaude lo suficiente? ¿Qué no se agradecen ni reconocen como es debido los esfuerzos realizados? ¿Que no nos entienden? Señor, qué tropa… (Juan José Solozabal es catedrático de Derecho Constitucional en la Universidad Autónoma de Madrid)
27/11/2008 - Juan José Solozabal, www.elimparcial.es |
Carcajadas desde LondresNo se puede decir que España saliera bien parada en el reportaje de The Economist, el periodista describió con bastante exactitud el difícil momento de la economía española. Y más aún el de Cataluña. Cada año visitan Cataluña numerosos periodistas extranjeros con el objeto de hacer un reportaje para los medios de comunicación en los que trabajan: diarios, semanarios, revistas generales, emisoras de radio y de televisión. Suelen entrevistarse con gente diversa, más o menos relevante, recogen sus opiniones, las confrontan con las de los demás, se pasean por las calles, conversan con quien pueden, leen periódicos y revistas locales. Al poco tiempo publican su reportaje, en el que mezclan informaciones y opiniones, y que podrá ser más o menos brillante y acertado, según el juicio, por supuesto subjetivo, de quien lo lea. En fin, todo ello es algo normal, ha sucedido en el pasado y seguirá sucediendo en el futuro. Hace unas semanas viajó por España Mike Reid, periodista de The Economist, prestigioso semanario liberal británico, una de las más influyentes publicaciones del mundo. Reid permaneció tres semanas en España, con una estancia en Barcelona de cuatro días. Habla perfectamente el castellano, es especialista en Latinoamérica. Como de costumbre, a los pocos días publicó su reportaje. No se puede decir que España saliera bien parada del mismo, el periodista describió con bastante exactitud el difícil momento de la economía española y la mirada del británico no fue muy complaciente, como es natural si se quiere ser veraz. Nadie, en el resto de España, ha prestado más atención de la que es normal al reportaje, uno más de los muchos que se escriben cada año y que pueden gustar más o menos, es la grandeza y el riesgo de la libertad de expresión. En cambio, el Govern de la Generalitat, haciendo el más espantoso de los ridículos, saltó enseguida indignado y trató a The Economist como en la Cataluña oficial se suele tratar a Jiménez Losantos y a la COPE: el semanario británico ya ha pasado a engrosar la cada vez más numerosa lista de “enemigos de Cataluña”. Las carcajadas que tal reacción provocó en Londres se pudieron oír desde la Plaza de Cataluña. El asunto sería de tono menor si no pusiera claramente de relieve, una vez más, dos graves cuestiones: la escasa calidad de los miembros del Govern y sus débiles convicciones democráticas. Del primero al último, porque ahí todos se han mojado. En efecto, la primera reacción fue de la consellera Montserrat Tura, a la salida de la habitual reunión del Consell Executiu de los martes, hablando como portavoz del Govern. Tura se expresó de una manera insólita. Habló de que en el reportaje “se hacían afirmaciones difamatorias e insultantes respecto a la lengua propia y a los presidentes escogidos democráticamente” y que le preocupaba “el grado de desconocimiento que se tiene de nuestra nación”. Vamos a ver, consellera. Lo que se dice en el reportaje respecto al catalán, entre otras cuestiones menores, es que se ha convertido en una “obsesión para los nacionalistas” - cosa que es una obviedad y supongo que para los nacionalistas un elogio - y que en la escuela primaria y secundaria sólo se enseña en catalán, siendo tratado el castellano como una lengua extranjera, lo cual no sé si se cumple del todo - creo que en el colegio alemán, por ejemplo, también se enseña en alemán – pero es lo que dice la ley. ¿Se enfada, consellera, porque un periodista dice lo que la ley establece? ¿Es que le da miedo contemplarse en el espejo? En cuanto las críticas al presidente escogido democráticamente, ¿es que en su concepción de la democracia no se puede criticar a un presidente escogido democráticamente? ¿Esta es, consellera, su íntima concepción de la libertad de expresión? Además, la consellera Tura exigió al semanario británico “una rectificación”, la cual, como queja formal, se haría efectiva a través del “pseudoembajador” de la Generalitat en Londres, un tal señor Solano. Y aquí viene una segunda parte que también tiene un gran interés. Primero porque la carta de Solano, que se filtró enseguida a la prensa, era todo un poema: “Catalunya es una nación pequeña, pero con una larga historia. En los últimos mil años, los catalanes han mostrado una clara voluntad de autogobierno (…)”. En fin, dejemos estar al pobre Solano, porque la nota de mayor interés nos la dio el vicepresidente Carod-Rovira en su blog. Por si no lo sabían, aquí, en este pequeño país de mil años exactos de historia, los vicepresidentes tienen tiempo de tener hasta un blog. Pues bien, en su blog, nuestro flamante vicepresidente pudo al fin justificar la necesidad de nuestras embajadas: son necesarias para defendernos de nuestros enemigos, por ejemplo, del periodista del The Economist: “A la hora de la verdad el Govern es quien defiende internacionalmente los intereses de los catalanes” y sólo a través de las embajadas “nos podremos dar a conocer y nos conocerán tal como somos, sin manipulaciones interesadas”. ¡Fantástico!. Ya lo saben, pues. Los periodistas que escriban un reportaje no deben hablar con gentes diversas, pasear por la calle, consultar datos, entrevistar a políticos, a escritores, a economistas. No, los periodistas ni siquiera tienen que venir a Cataluña, basta con entrevistarse con nuestros embajadores, allí le dirán la verdad, toda la verdad. ¡Fantástico! ¡Esto es tener mentalidad democrática! Me recuerda otros tiempos, las mentalidades de otros tiempos, los tiempos de un cacique de Galicia. Francesc de Carreras Serra, catedrático de Derecho Constitucional de la Universidad Autónoma de Barcelona.
20/11/2008 - Francesc de Carreras, La Vanguardia |
La prensa extranjera en BCN da la razón a 'The Economist'Cuando el Govern de la Generalitat criticó y desmintió el reportaje realizado por la publicación británica The Economist, achacó las opiniones del periodista a que no vivía en Barcelona, a que no conocía exactamente cuál era la realidad catalana. Pese a que la excusa quizás les sirviera para parar un primer golpe -por lo menos entre aquellos que aceptan esa Cataluña irreal que ellos pintan-, la realidad, tozuda, se empecina en quitarles la razón. Y es que los corresponsales extranjeros que realizan su tarea periodística desde Barcelona, que viven en la ciudad, que conocen su realidad, sus miserias y sus éxitos, dan la razón a las tesis defendidas por el semanario inglés. Comparten con el periodista de The Economist la impresión de que el nacionalismo se está convirtiendo en una rémora que impide que la sociedad y la economía avancen tal y como merece la comunidad autónoma.«El nacionalismo está lastrando el crecimiento del país», concluye Alex Simpson, que colabora actualmente con BBC Radio. «Sirve como una radiografía de lo que ocurre en España», añade la periodista freelance de origen venezolano Gabriela Torres, de la televisión inglesa BBC. La profesional de Reuters, Gudrun Grunke, se pregunta para qué sirven las embajadas catalanas: «¿Por qué ha de derrocharse el dinero que cuesta la embajada de un pueblo que ya está representado?».Son sólo algunos ejemplos de la imagen que la política catalana -no la sociedad, que camina por una senda de mayor normalidad- ofrece a los extranjeros que viven en Barcelona y que trabajan, precisamente, explicando aquello que ven en sus respectivos países.Aunque intenten hacernos creer lo contrario, no es sólo The Economist. La verdad nunca insultaALEX SALMON El artículo que publica este diario demuestra que el análisis realizado por el periodista de The Economist Mike Reid es compartido por la mayoría de corresponsales que viven y trabajan en Barcelona. Coinciden en calificar de arma política la utilización que se hace de la lengua y de la exageración del nacionalismo. Pero, curiosamente, todos defienden y respetan la cultura catalana por sí misma. ¡Menuda paradoja! Ya nadie podrá decir que el señor Reid fue inducido por alguna fuerza españolista. Lo que hay es lo que hay, por mucho que el vicepresident Carod-Rovira quiera vender otro cuento. Así nos ven los de fuera. Unos provincianos más preocupados en sancionar los rótulos comerciales en castellano que en analizar los problemas del comercio o el problema de la vivienda, según ellos mismos declaran. Una parte de los periodistas se preguntan: si España y por lo tanto Cataluña está en crisis, ¿por qué tantas embajadas? Pues para que los periodistas extranjeros que se pierdan por aquí descubran la Cataluña idílica que no existe. La rectificación pedida tiene poco sentido cuando la verdad lo dice todo. alex.salmon@elmundo.es ACCION EXTERIOR / Los periodistas de medios internacionales que trabajan en Cataluña ven el artículo como «una radiografía» / Tildan la lengua de «arma política» de la Generalitat / Están a favor de la cultura catalana La prensa extranjera en BCN ratifica la tesis de 'The Economist' que critica el nacionalismoBARCELONA.- «Viven y beben del clima político y mediático que se respira en la capital del Estado, impregnado permanentemente de anticatalanismo». Esa fue la opinión del vicepresidente Josep Lluís Carod-Rovira en relación al polémico artículo del semanario inglés The Economist, titulado España: La fiesta se acabó. Es decir, que la Generalitat no dudó en argumentar para justificarlo que su autor no percibió qué es lo que ocurre realmente en Cataluña.Pero para varios periodistas de prestigiosos medios internacionales, que sí están afincados en Barcelona, la realidad está más cercana a lo que retratan las páginas del semanario británico que a los argumentos de la clase política catalana. «Aunque puede tener algún error, sirve como una radiografía de lo que ocurre en España», estima la periodista freelance de origen venezolano Gabriela Torres, que acostumbra a trabajar para la televisión inglesa BBC. No obstante, también reconoce que «cabe recordar que The Economist es una publicación para el público británico conservador». El problema radica, según Torres, en «la politización de la lengua catalana» y que para los dirigentes políticos catalanes el idioma es el caballo de batalla. Una lucha que, tal y como opina Torres, nada tiene que ver con la cultura catalana, ya que existe una «realidad nacional» que hay que defender. «¿Definir a los políticos como unos caciques? Yo no hubiera usado esa expresión, pero es cierto que tienen una importante cuota de poder y una influencia demasiado grande», afirma. La corresponsal de la revista norteamericana Newsweek en Cataluña, Eva Wisocka, esgrime que se ha producido una «reacción desproporcionada» por parte de la Generalitat, que incluso tacha de «provinciana».¿La causa? El énfasis en «exagerar todo lo que tenga que ver con el nacionalismo», una afirmación que puede realizar a raíz de la experiencia de llevar años en Barcelona. También cree Wisocka que «en el reportaje de The Economist hay cosas ciertas, pero también hay alguna que no». Además, asegura que el desconocimiento que existe de la comunidad autónoma no es sólo culpa de Madrid, sino también de Cataluña. De similar opinión es Gudrun Greunke, un profesional que ha trabajado en el rotativo germano Der Spiegel y en la reputada agencia de noticias Reuters, y que ve la respuesta del Govern como «una reacción fuera de lugar» ante un artículo que no encuentra agresivo.«The Economist no se inventa las historias, verifica mucho aquello que publica y hay que pensárselo mucho antes de plantarles cara», aclara la corresponsal de origen alemán. De igual manera, el redactor freelance Alex Simpson, que colabora actualmente con BBC Radio -aunque asegura haber escrito «para casi todos los diarios ingleses»-, subraya en sintonía con el semanario inglés que «el nacionalismo está lastrando el crecimiento del país». El profesional, que habla perfectamente catalán y que defiende su uso, estima que «la batalla de la lengua está ganada» y critica que los políticos hayan dedicado tanto tiempo al asunto mientras que «nadie habló de los precios de la vivienda» ni de los problemas sociales de Cataluña. Quien sí que encuentra poco veraz el reportaje de la revista británica es la corresponsal de la emisora de radio francesa RTL, Martine Audusseau, que opina que «no llega al fondo de la cuestión» y lo tilda de «polémico». No obstante, reconoce que «quizás el nacionalismo sea excesivo». Carod-Rovira aprovechó sus críticas a The Economist para justificar la creación de embajadas catalanas -como la que inauguró en Francia, con su hermano como embajador- para que internacionalmente haya quien «defienda los intereses de los catalanes». Aun así, la corresponsal de la revista norteamericana Newsweek en Cataluña, Eva Wisocka, lamenta que la reacción catalana ante el reportaje británico no se haya encauzado a través de «los mecanismos habituales, como son las embajadas». La corresponsal en Barcelona de la que es la segunda revista más importante en Estados Unidos, por detrás de Time, estima que «estos problemas diplomáticos han de tratarse entre el país y el acusado, no hay que levantar la voz». Hace unos días, Josep Lluís Carod-Rovira ya reveló que el delegado catalán en Londres, Xavier Solano, escribió a The Economist para «exigir una rectificación» en una misiva que, de momento, el semanario británico afirma no haber recibido. De ahí precisamente parte la pregunta que se realiza la profesional de Reuters, Gudrun Grunke: «¿Para qué sirven las embajadas catalanas?». «Si tiene que haber café para todos [en relación al artículo de The Economist], no entiendo por qué ha de derrocharse el dinero que cuesta la embajada de un pueblo que ya está representado», concluye. REACCIONES DE LOS ARTICULISTAS EXTRANJEROS EN CATALUÑABBC TELEVISION1. A favor. «El artículo es una radiografía de lo que pasa en España. Puede tener algún error, pero da una idea de lo que ocurre en el país y en Cataluña». 2. Línea editorial. «Cabe recordar que The Economist es una publicación para el público británico conservador, por eso el artículo es más bien general». 3. Arma política. «La politización de la lengua catalana pone obstáculos, pero no la cultura». 4. Caciquismo. «¿Los políticos unos caciques? Yo no hubiera usado esa expresión, pero es cierto que tienen mucho poder». NEWSWEEK1. Exageración. «Es una reacción desproporcionada por parte de los políticos catalanes; puedes opinar si te gusta o no, pero no decirlo en los medios». 2. Inexactitud. «En el reportaje de The Economist hay cosas que son ciertas, pero también hay otras tesis que no lo son». 3. Regionalismo. «Es una exageración que no se refleja en la vida, pero sí en la política. Son gobernantes provincianos». 4. Desconocimiento. «Hay un desconocimiento de Cataluña por parte de Madrid, pero también es culpa de los catalanes». REUTERS1. Veraz. «The Economist no se inventa las historias, verifica mucho aquello que publica y hay que pensárselo mucho antes de plantarle cara» 2. Incoherencia. «No es aceptable que vendan un modelo catalán, y luego los políticos lleven a sus hijos a escuelas extranjeras». 3. Ineficacia. «La importancia que aquí se le da al nacionalismo lastra el desarrollo español y catalán». 4. Igualdad. «Si ha de haber café para todos, no entiendo por qué malgastan el dinero en embajadas catalanas». BBC RADIO1. Nacionalismo. «El problema no es el catalán, sino el nacionalismo (...) Se ha de potenciar el uso del idioma, pero ha llegado a un punto difícil». 2. Problemática real. «La batalla por el uso del catalán está más o menos ganada, pero hay problemas sociales y de ellos prácticamente no se habla». 3. Crisis. «No se ha hablado de crisis, pero sí de la defensa del catalán en la escuela. Se está perdiendo el norte». 4. Estatut. «La reforma me parece correcta, los catalanes han de tener derechos, pero no se han de prohibir otras cosas». RTL1. Irreal. «No se ha ido al fondo de la cuestión. Aunque es verdad que hay poca enseñanza en castellano, el artículo dice cosas que no son así». 2. Dictadura. «En Cataluña quizás el nacionalismo sea excesivo, pero es normal tratándose de una región que salió de una dictadura». 3. Plurinacional. «España es un estado plurinacional, muy lejos de Francia, que está totalmente centralizado». 4. Polémico. «Existe un falso enfrentamiento entre Madrid y Barcelona, ya que no se va a desmembrar España». CUESTION DE CUESTIONAR Un ejemplo de imparcialidadEL ANTICATALANISMO SE HA PUESTO DE NUEVO EN MARCHA PARA ARREMETER CONTRA MONTILLA Y SU GOBIERNO POR EL OTORGAMIENTO DE LAS LICENCIAS DE RADIO Y EL EPISODIO DE 'THE ECONOMIST'. ¡CUANTA IGNORANCIA ANDA SUELTA!LEONOR MAYOR Las malas lenguas, que tanto gustan de rajar contra el Govern, se han afilado estos últimos días por asuntos como la concesión de la licencias radiofónicas o las críticas de la Generelitat al The Economist. Como tantas otras veces, la caverna ha vertido sobre el Ejecutivo catalán acusaciones injustas, malvadas, inmerecidas y desproporcionadas. Ahí está, por ejemplo, el asunto de las licencias. Se acusa a José Montilla de haberlas repartido a los amiguetes. Olvidan quienes critican que en Cataluña existe un organismo totalmente independiente, el Consell Audiovisual de Catalunya (CAC), que es el encargado de otorgar estas licencias. Es verdad que en este organismo hay algún que otro consejero procedente del mundo de la política. Su presidente, Josep Maria Carbonell, fue diputado del PSC, lo mismo que Elisenda Malaret.Josep Micaló, Esteve Orriols y Josep Pont fueron diputados de CiU y Domènec Sesmilo, senador por esta formación. Dolors Comas ocupó un escaño por ICV y Santigo Ramentol estuvo de director general en el primer tripartito. Se podría poner en duda la independencia del CAC por el mero hecho de que ocho de sus diez miembros procedan de la política.Pero ésa sería una visión muy simplista. Quien haya profundizado un poco sabrá que estos consejeros cobran 130.000 euros anuales.Es un sueldo muy elevado, precisamente para eso, para garantizar la independencia económica de los miembros del consejo y evitar así que éstos tomen decisiones que no sean absolutamente imparciales. Por tanto, no es de extrañar que la consellera Montserrat Tura destaque el «orgullo» que siente el Govern de tener un consejo como esté, tan independiente y tan ecuánime. Es más, otros autonomías deberían copiar el modelo. Sale un poco caro, sí, pero merece la pena gastarse unos milloncejos para poder garantizar la imparcialidad. Lo mismo ocurre con lo de las embajadas catalanas. Algún malintencionado dice que son un gasto inútil y que los embajadores, como Apel·les Carod-Rovira (París) o Xavier Solano (Londres), cobran un pastón por no hacer nada. Otra mentira vertida por el anticatalanismo.Si no hubiese delegado en Londres ¿quién habría mandado la carta al The Economist para quejarse por las barbaridades que este semanario dice de Cataluña? También se ha hecho mucha demagogia a raíz de este asunto. ¿Cómo es posible que se critique a Montilla por no haber querido conceder una entrevista al periodista del semanario inglés autor de tan incorrecto artículo, Michael Reid? Es evidente que el presidente, además de estar muy ocupado, tiene sus prioridades: ¿para qué va a hablar con una revistilla de segunda que se publica en inglés, si en Cataluña casi nadie sabe inglés? Sería inútil, porque su mensaje no llegaría a la sociedad. Pero las cosas cambiarán en el futuro. Como todo el mundo sabe, los niños que están estudiando ahora hablarán perfectamente catalán, castellano e inglés cuando dejen la escuela gracias a la intervención del tripartito en la educación. Entonces sí que The Economist y otras muchas publicaciones se venderán como rosquillas en los kioscos catalanes. Hay que esperar, pero el futuro es prometedor. Los niños de hoy, hombres de mañana, cantarán, con su excelente inglés, las virtudes de Cataluña por el mundo entero. Una tarea que secundarán las utilísimas embajadas catalanas extendidas ya por todo el planeta.Y todo gobierno que se precie tendrá su propio CAC a imagen y semejanza del de la Generalitat, que pasará a la historia como pionera en la defensa del valor de la independencia.
17/11/2008 - EL MUNDO |
' Que se os ve el plumero...'La burbuja en la que viven los políticos catalanes les impide ver que este tipo de protestas oficiales son propias de países como Corea del Norte o BirmaniaEl Gobierno catalán nos ha dado una nueva alegría. Hacía muchísimo tiempo que no oíamos hablar del contubernio de Múnich o de la conspiración judeomasónica. La Generalitat lo ha puesto al día gracias a su exquisito plantel de diseñadores. Exigir una rectificación a The Economist porque tiene una opinión propia sobre España y sobre Catalunya es algo magnífico. Imagino yo al pobre protoembajador catalán en Londres tragando saliva y dirigiéndose a uno de los más prestigiosos medios periodísticos del mundo para decirles que están mal informados. Y que no se metan con Pujol. Who? Es extraordinario. ¡Qué coraje! Un auténtico caballero español. Era imprescindible renovar el viejo estilo. Muchos supervivientes recordamos los fenomenales aullidos de la Prensa del Movimiento o de los ministros folclóricos cada vez que Le Monde, Le Nouvel Observateur o The Times tenían la ocurrencia de escribir su opinión sobre el Gobierno español. Por lo general, los jefazos daban la orden de protestar y todos los plumillas del país cantaban a coro sus jeremiadas, dirigidos por el sin par Emilio Romero. El argumento era que nos tenían envidia y que no nos conocían. Ahora, como se ha visto, ha sido una consejera del Gobierno catalán la que ha protestado en persona, mientras los plumillas más bien miraban hacia otro lado, avergonzados. Lo novedoso es que no ha faltado algún periodista, como Juliana en el diario de la burguesía barcelonesa, que haya comentado lo aconsejable que es, en estos casos, mantener un juicioso silencio. De todos modos, aunque el argumento se ha rediseñado, sigue siendo el mismo: estos ingleses, dice la consejera Tura, no nos conocen. Si nos conocieran, nos amarían. Es de todo punto imposible no amar al Gobierno catalán. La burbuja en la que viven los políticos catalanes les impide ver que este tipo de protestas oficiales son propias de países como Corea del Norte o Birmania, en los que no hay políticos, sino dueños de fincas. Y que suponen un ridículo pavoroso. Las carcajadas de los europeos han debido de ser pantagruélicas.
15/11/2008 - Félix de Azúa, El Periódico |
'En Inglés'Se sorprende Mike Reid, redactor de The Economist, por la reacción del Gobierno nacionalista a su informe sobre Cataluña. Dice: no es nada que no hayan escrito los periódicos. ¿Nada? Es mucho menos de lo que han escrito y escriben algunos (pocos) periódicos. Pero es letal para la Generalitat que The Economist legitime lo que este periódico, por destacado ejemplo, lleva escribiendo desde hace tiempo. Desde el punto de vista del Gobierno nacionalista lo que escribe este periódico sólo sirve para redactar pancartas y eslogans minoritarios: y ha sido una muy desagradable sorpresa que uno de los grandes opinion makers haya decidido apoderarse de sus argumentos. La razón de que lo haya hecho es simple: para The Economist la verdad no está sometida al poder nacionalista. La propia Generalitat, fruto de su incomparable tosquedad y de su burda obsesión dirigista, ha acabado dando la prueba del nueve de todo lo que la revista inglesa ha escrito y de lo mucho que se ha dejado por escribir. El periodista Reid se mostraba estupefacto ante el hecho de que se le hayan exigido disculpas. La estupefación sólo puede ser retórica: ni siquiera a un caballero inglés, por poco que haya investigado las formas y contenidos del gobierno nacionalista, debe sorprenderle esta reacción que tan bien describe uno de los adjetivos (copyright Muñoz Molina) del artículo de Reid. Caciquil, desde luego. ¿En qué otra fuente intelectual y moral que no sea el patético caciquismo puede inspirarse el gobierno nacionalista a la hora de negar frecuencias radiofónicas en nombre de Cataluña (así lo explicitó ayer en el parlamento don José Montilla ante la petición del diputado Rivera), o a la hora de protestar ante una empresa de comunicación privada en el mismo nombre de la patria mancillada? Brutos como caciques. No querría acabar sin darle al periodista Reid una información que acaso le interese. La razón de que don José Montilla no hubiese querido recibirle en su viaje a Cataluña no es la que la consejera de Justicia, en funciones de portavoz, expuso con el candor peregrino del que duerme en cárceles y palpa las sábanas de burdeles -ambas cosas ha hecho la consejera a fin de procurarse titánicas experiencias de lo real-. No es el trabajo, la razón. Entre las tareas obvias de don José Montilla está la de recibir al enviado de una de las grandes revistas universales, cuya difusión entre las élites rebasa el millón de ejemplares. No es el trabajo. Sólo es el miedo. A la calidad de las preguntas, pero, sobre todo, a la calidad de las respuestas. (Coda: «La mayoría de estas misiones [catalanas en el exterior de España] están mal organizadas y no han logrado nada, salvo una cobertura favorable de sus medios de comunicación cautivos». Mike Reid, The Economist, 6 de noviembre.) 15/11/2008 - Arcadi Espada, EL MUNDO |
|
ASEGURAN QUE LOS AUTORES DEMUESTRAN 'IGNORANCIA' SOBRE LA REALIDAD CATALANA La Generalitat exige disculpas a 'The Economist' por un reportaje 'insultante'Los responsables del reportaje tachan a Jordi Pujol de ser un 'cacique'. Denuncian el 'dogmatismo lingüístico' de las formaciones nacionalistasAGENCIAS | ELMUNDO.ES - 12/11/2008BARCELONA.- La consejera de Justicia de la Generalitat de Cataluña, Montserrat Tura, ha pedido en nombre del Ejecutivo catalán una "rectificación y disculpa" al semanario británico 'The Economist' por incluir en su última edición un reportaje en que el ejecutivo catalán ve afirmaciones "insultantes" sobre la realidad de Cataluña y la situación del catalán. Al preguntársele sobre el reportaje en rueda de prensa, Tura ha considerado "preocupante" el grado de "desconocimiento" sobre Cataluña y su lengua propia que demuestran los autores del texto, y ha lamentado que éste incluya "afirmaciones no sólo difamatorias, sino insultantes". El artículo en cuestión —un análisis de la España de las autonomías titulado '¿Cuánto es suficiente?'— aparece publicado en el último número de la publicación británica, que dedica su portada y una decena de reportajes a la situación económica española, bajo el título 'La fiesta ha terminado'. Tras publicarse este reportaje, el delegado del Govern en Londres (Reino Unido), Xavier Solano, ha enviado una carta al director del semanario en que explica el "sentimiento" que ha producido el texto, "dando una información detallada de lo que es hoy Cataluña y de su papel en el mundo", en palabras de Tura. En la misiva, Solano califica de "desafortunada" e "inaceptable" que la revista británica tilde al ex presidente Pujol de "cacique" y rechaza asimismo que hable de "obsesión nacionalista" por la lengua catalana. 'Obsesión' por la lengua'The Economist' dedica buena parte de su número actual a abordar la economía española en la crisis. Tras considerar que el Estado de las Autonomías ha comportado "beneficios" y "ha solucionado algunos problemas", constata que "ha creado otros". Entre ellos, el "renacimiento de un viejo fenómeno político español, el cacique o jefe político provincial, como dice Antonio Muñoz Molina, un destacado novelista", tras lo cual se cita a tres veteranos presidentes autonómicos: al andaluz Manuel Chaves y los ex presidentes Jordi Pujol y Manuel Fraga. Tura ha lamentado también al trato que recibe el ex presidente catalán en el texto. El reportaje también analiza los nacionalismos en Cataluña, Galicia y el País Vasco. De estos afirma que no están satisfechos con la descentralización porque "nunca quisieron 'café para todos'[sic]: sólo lo querían para sí mismos, en un reconocimiento de que eran diferentes". Según la publicación británica, "la lengua se ha convertido en una obsesión para los nacionalismos", que practican "dogmatismo lingüístico". "En Cataluña la política oficial de la Generalitat, tanto bajo los nacionalistas como ahora los socialistas, es la del 'bilingüismo'. En la práctica, esto significa que todas las clases de primaria y secundaria se imparten en catalán, mientras el castellano se enseña como lengua extranjera", prosigue el artículo que ha ofendido a la Generalitat. Impresiones (EL MUNDO 12/11/2008)De la Cataluña real a la oficial que toca la liraDifícilmente podrá encontrarse un contraste mayor entre la Cataluña real y la oficial que el que se pudo visualizar ayer. Mientras los trabajadores de Nissan salían a la calle para protestar por los 1.680 despidos que la compañía japonesa, controlada por Renault, pretende llevar a cabo entre este año y 2009, la Generalitat de Cataluña protestaba indignada por un artículo del semanario The Economist, en el que se criticaba su política lingüística. La consejera y portavoz Montserrat Tura pidió «una rectificación y una disculpa» de la revista por unas afirmaciones que considera «insultantes». Mientras, el delegado de la Generalitat en Londres enviaba una carta a The Economist, calificando de «intolerable» el contenido del reportaje. La reacción de la Generalitat no sólo es paleta y provinciana. Muestra además una intolerancia frente a la libertad de expresión. Y revela también que al PSC y los nacionalistas les molesta cuando alguien dice la verdad y refleja como un espejo lo que está sucediendo en Cataluña. Montilla y sus socios no sólo persiguen el castellano sino que, por añadidura, pretenden que nadie lo cuente. Podrían dedicar más tiempo, recursos y trabajo a fomentar el empleo en Cataluña y a evitar que una multinacional como Nissan reduzca drásticamente su plantilla. Eso sí que es importante, aunque probablemente alimenta menos la demagogia que los asuntos identitarios que tanto les preocupan. "La protesta de la Generalitat és penosa"Unanimitat a Els Matins de TV3 en criticar la queixa del Govern contra 'The Economist'La protesta oficial del Govern de la Generalitat al diari The Economist arran del reportatge sobre Catalunya ha provocat unanimitat de crítiques a la tertúlia d'Els Matins de TV3. El presentador de l'espai, Josep Cuní, que ha apuntat que "a The Economist deuen estar rient tots", ha preferit inicialment "estalviar-me el comentari", però finalment ha lamentat que "no em consta que la Generalitat hagi protestat contra ràdios o diaris espanyols que diuen el que diuen de Catalunya". Per la seva banda, el periodista Joan Tàpia ha afirmat que "la protesta de la Generalitat és penosa. Els diaris fan les informacions que volen". "Sembla que la Generalitat hagi volgut censurar el The Economist", ha afegit, a més de recordar que "és queixen perquè diuen que Pujol va ser un cacic. Els diaris critiquen els polítics que volen". "És penós, és penós. Els Governs no estan per queixar-se als diaris. He escoltat algun lloc que el Govern no va tenir temps per a rebre The Economist. Doncs aquestes coses passen. Segurament a Madrid els van rebre més i els hi van fer més cas", ha lamentat. També Juan José López Burniol ha criticat la protesta. "Catalunya és un país sense autoestima ni sentit institucional. Per què s'ha d'enfadar un país perquè el The Economist publiqui un reportatge? Un Govern segur de si mateix en això no ha d'entrar. Això demostra la inseguretat de Catalunya", ha lamentat. Finalment, Eulàlia Vintró, ha acusat directament el president Montilla, en expressar que "hi ha una responsabilitat de la presidència de la Generalitat. És una qüestió d'inseguretat". e-notícies - 12/11/2008El honor ultrajado del Govern«Confiamos en España» dice el Tesoro Público en «The Economist»I. ANGUERA - ABC - 12/11/2008BARCELONA. El Gobierno catalán, a través de su delegado en el Reino Unido, ha presentado una queja formal al prestigios semanario económico «The Economist» por el trato que este medio otorga al autogobierno catalán en una edición especial sobre España. Así lo anunció ayer la consejera de Justicia, Montserrat Tura, tras la primera reunión del Consell Excutiu desde la publicación del polémico especial titulado «Spain. The party is over» uno de cuyos artículos cuestiona el desarrollo del Estado autonómico, crítica la política lingüística de la Generalitat y tacha de caciques a Jordi Pujol, Manuel Fraga y Manuel Chaves. Especialmente dolida por esta grave falta de respeto institucional hacia el que fuera 126 presidente de la Generalitat, Tura, en nombre del Govern, consideró «preocupante el grado de desconocimiento que tienen de nuestra nación». El reportaje tiene «afirmaciones difamatorias e insultantes respecto a la lengua propia y a presidentes escogidos democráticamente» denunció la consejera antes de anunciar la entrada en juego del «embajador» catalán en el Reino Unido, Xavier Solano. «Cuando un reportaje ralla el insulto debe haber una reacción por parte del Govern», insistió Tura, que calificó de «increible» el tono y contenidos del reportaje. El texto de la polémica se cuestiona el alcance del Estado de las autonomías, señala que no ha servido para satisfacer las aspiraciones de los nacionalistas catalanes, vascos y gallegos y apunta que ha multiplicado el gasto burocrático por diecisiete, aunque también reconoce que la descentralización ha permitido mejorar muchos servicios y dar un salto adelante a las comunidades más pobres, como Andalucía. «Una nación pequeña»«Cataluña es una nación pequeña pero con una larga historia» se defiende Solano en la misiva enviada al semanario y publicitada ayer por la Generalitat en respuesta a los supuestos insultos de «The Economist». «En los últimos mil años -prosigue Solano- hemos mostrado una clara voluntad de autogobierno. El nuevo Estatut, por tanto, en ningún caso va demasiado lejos, como sugiera el reportaje. Va tan lejos como se ha acordado democráticamente entre los ciudadanos y sus instituciones». La misiva rechaza también las críticas a la política lingüística, que «The Economist» tilda de «obsesión nacionalista» y defiende con ímpetu el honor del ex president Pujol, tachado de cacique. «Es un término políticamente incorrecto que se utilza para describir el abusopolítico por parte de alguien en posición de poder. Esto es totalmente inaceptable cuando se está haciendo referencia a quien fuera democráticamente elegido presidente de Cataluña durante 23 años». 'The Economist': "que diguin quines dades estan malament"El periodista Michael Reid defensa que "vam intentar aportar idees" amb el reportatgeL'editor sud-americà de The Economist, Michael Reid, ha manifestat en declaracions a Els Matins de TV3 que el reportatge sobre Catalunya "és un informe ampli". "Que em diguin quines dades estan malament", ha demanat, a més de puntualitzar que quan va utilitzar el terme "cacic" es referia a "gent que ha estat en el poder durant molt de temps".Reid també ha confirmat que "vaig demanar una entrevista amb Montilla, no tenia temps i jo ho entenc, no tenia ressentiment per això". Respecte a la carta enviada pel delegat de la Generalitat a Londres, Xavier Solano, el periodista ha argumentat que "les cartes de tots costats estan benvingudes. Intentem aportar idees, sé que hi ha gent que pot protestar i tenen tot el dret del món". Montilla qüestiona la "solvència" de 'The Economist'Rivera creu que "el que diu és la pura realitat vista des d'Europa"El líder de Ciutadans, Albert Rivera, ha aprofitat una pregunta sobre el CAC durant la sessió de control al president de la Generalitat, José Montilla, per a exhibir un exemplar de la revista The Economist durant el ple. "Miri -ha afirmat- jo tinc aquí sobre una revista que espero que el CAC no segresti ni mani segrestar, The Economist, ja que sí que el seu Govern està intentant fer gestions perquè això no es publiqui. Aquí el que diu és la pura realitat vista des d’Europa, la realitat que Catalunya, com diu aquest The Economist hi ha una obsessió nacionalista i una situació totalment contraria. Per tant, senyor Montilla, espero, em guardaré la revista, guardada ben guardada... ". El president, en el seu torn de resposta, ha replicat que "escolti, el que diu aquesta revista té molt poc a veure amb la realitat que vostè diu i que es viu a Catalunya, i, per tant, tingui molt present això, una mica més d’informació, de documentació i de solvència a l’hora de parlar, ningú ha perdut una concessió que legalment tingués atribuïda". E-NOTICIES - 12/11/2008“Uno se pregunta si no se está empezando a formar un espejo de lo que eran esas políticas intolerantes de la dictadura frente al uso público del castellano en Cataluña y su papel en el sistema educativo”Michael Reid, autor del reportaje de The Economist sobre España en el que se acusa a los nacionalistas catalanes de estar obsesionados con la lengua, el 11 de noviembre de 2008 en una entrevista realizada en RAC1:
LA VOZ DE BARCELONA - 12/11/2008'The Economist' denuncia "dogmatismo lingüístico" en CatalunyaEl semanario asegura que "la lengua se ha convertido en una obsesión para los nacionalistas"El semanario The Economist denuncia, en su opinión, el "dogmatismo lingüístico" en Cataluña en el suplemento dedicado a España ("The party's over") de su número de esta semana (8-14 de noviembre del 2008). El semanario británico asegura que el Estado de las autonomías "ha sido beneficioso para España, pero quizás ha ido demasiado lejos" y, entre otras afirmaciones, explica que "la lengua se ha convertido en una obsesión para los nacionalistas". La revista recuerda que Franco prohibió el catalán, el vasco y el gallego y que ahora estas lenguas son oficiales "en sus respectivos territorios". "En Cataluña, la política oficial del Gobierno de la Generalitat (el gobierno regional), bajo los nacionalistas -algunos de los cuales eran realmente localistas- o ahora con los socialistas, es de 'bilingüismo-". "A la práctica -continúa- eso significa que toda la enseñanza primaria y secundaria se hace en catalán con el español como lengua extranjera. El catalán es también la lengua del gobierno regional. Un español que no habla catalán casi no tiene ninguna posibilidad de enseñar en la universidad en Barcleona. Una película en español no recibirá subvenciones públicas". El semanario lo contrapone con unas declaraciones de Artur Mas, de CiU: "si no hacemos un gran esfuerzo para preservar nuestra lengua, corre el riesgo de desaparecer". The Economist recuerda también, sin embargo, que Fernando Savater, Plácido Domingo, Iker Casillas y otros han firmado "un Manifiesto defiende del derecho de los ciudadanos a ser educados en español". 09/11/2008 - E-NOTICIES
15/11/2008 - EL MUNDO, ABC, E-NOTICIES.com, vozbcn.com |
El caso "The Economist"LA reacción de la Generalitat frente al reportaje de The Economist -que constata la obsesión identitaria del nacionalismo catalán y tilda de cacique a Jordi Pujol- brinda un ejemplo del oportunismo y escasa calidad democrática del Govern. Para empezar, cabe indicar que resulta sorprendente que un gobierno proteste oficialmente por la publicación de un reportaje que no cree ajustado a la realidad. ¿Por qué la «embajada» de la Generalitat en Londres -sí señor, para eso sirve una «embajada»»- tramita una queja que, a buen seguro, viene del despacho de un President que, por cierto, no tuvo a bien recibir el reportero del semanario británico? Un doble oportunismo: el de quien se siente muy cómodo en el papel de víctima y necesita criminalizar al Otro que no nos entendería o querría laminar nuestra identidad y autogobierno; y el de quien, después de haber criticado por activa y por pasiva a Jordi Pujol, necesita salir en su defensa para reafirmarse a sí mismo. Vaya oportunismo que quienes no respetaron en exceso la imagen de Jordi Pujol, reconozcan ahora su figura institucional. Y para oportunismo, el del Vicepresident que asegura que el caso The Economist demuestra la necesidad de que Cataluña tenga una estructura estatal para defenderse. Del oportunismo a la escasa calidad democrática. ¿Desde cuándo un gobierno democrático se permite el lujo de corregir la opinión libremente expresada de un semanario? ¿Desde cuándo un gobierno democrático manda una queja formal porque la opinión publicada no corresponde con la oficial? ¿Desde cuándo un gobierno democrático critica la crítica con el argumento de que es «políticamente incorrecta»? ¿Desde cuándo la crítica razonada y bien educada implica desconocimiento, difamación e insulto? ¿Desde cuándo un gobierno democrático exige disculpas a un semanario por enjuiciar la situación según su libre entender? A quien pregunte por qué la Generalitat reacciona como reacciona, le respondo que el secreto de tal comportamiento, que la razón de la baja calidad democrática del Govern, se encuentra en la falta de costumbre. Me explico. Si es cierto que la Generalitat está acostumbrada a las críticas que provienen del resto de España -críticas que, en la mayoría de los casos, le van de perlas al permitir la cohesión nacionalista a su alrededor-, no es menos cierto que no entiende que, por ejemplo, un semanario británico de prestigio -de orientación progresista, dicho sea de paso- lance críticas idénticas a las del denominado españolismo rampante. ¿Cómo es posible que los demócratas británicos hablen del dogmatismo lingüístico y las exigencias sin límite del nacionalista catalán? ¿Cómo es posible que los demócratas británicos hablen -se trata de una manera de decir: pero, ni eso entienden- de caciquismo en Cataluña? Ni comprenden, ni aceptan, ni asumen. Ese es el resultado de tantos años de pensamiento oficial, de tantos años -ahora sí- de pensamiento único nacionalmente correcto que descalifica cualquier crítica. ¿Qué hacer frente a The Economist? Descartado el cordón sanitario, sólo queda el ridículo. Ni siquiera pueden hacer pedagogía: nadie les cree.
14/11/2008 - Miquel Porta Perales, ABC |
SPAIN, How much is enough?Nov 6th 2008, From The Economist print editionDevolution has been good for Spain, but it may have gone too farTHE hardest problem for the authors of Spain's democratic constitution was to strike a balance between the central government and the claims of Catalonia, the Basque country and Galicia for home rule. The formula they came up with was known as café para todos, or coffee for all: Spain was divided into 17 “autonomous communities” (plus the enclave cities of Ceuta and Melilla on the Moroccan coast), each with its own elected parliament and government. This estado de las autonomías seemed a neat solution. Over the past 30 years more and more powers and money have been devolved. The regional governments are now responsible for schools, universities, health, social services, culture, urban and rural development and, in some places, policing. But it is becoming clear that even as it has solved some problems, decentralisation has created others. The estado de las autonomías has several clear benefits. First, as Mr Zapatero says, “it spreads power and impedes its concentration,” and in that way reflects “the best liberal thinking”. Second, by bringing decisions about services closer to the people it has improved them. Third, it encourages competition between regions. The rivalry between Barcelona and Madrid may have acquired an edge of mistrust, but it is in essence a creative tension. And fourth, the system has reduced regional inequalities, or at least stopped them widening. To get a sense of the success of decentralisation, head not to Catalonia or the Basque country but to the south. In the 1970s Andalucía seemed much closer to Africa than Europe—and not just geographically. Rural labourers lived in semi-servitude and one adult in five was illiterate. Now it has narrowed the gap with the rest of Spain in many ways. The south is still poorer than the north, but Spain no longer has anything like Italy's mezzogiorno. In other parts of the country Valencia and Zaragoza have become thrusting cities with an economic and cultural life of their own, and Bilbao's metamorphosis from a centre of declining heavy industry into a cultural and tourist magnet, started off by its Guggenheim Museum, has become a textbook case of urban regeneration. All this has come at a political price. First, it has led to a renaissance of an old Spanish political phenomenon, the cacique or provincial political boss, as Antonio Muñoz Molina, a leading novelist, points out. Mr Pujol ran Catalonia for 23 years; Manuel Fraga, a former minister under Franco who founded the forerunner of the PP, ran Galicia for 15 years; and Manuel Chaves, a Socialist who has headed Andalucía's regional government since 1990, is said to reign rather than govern. These modern princes have their courts. “Every regional government wants its own universities, contemporary-art museum and science museum,” says Josep Ramoneda, who heads the Centre for Contemporary Culture in Barcelona. “In the United States there's only one Hollywood. Here they want 17.” In Andalucía the regional government is by far the biggest employer, and the biggest advertiser in the regional press. Every regional government has its own television station. Mr Zapatero has taken to holding regular “presidents' conferences” with his regional counterparts. The latest one attracted 600 journalists. “It looked like the UN General Assembly, with six or seven satellite trucks outside,” notes Enric Juliana, a journalist for La Vanguardia, a Barcelona newspaper. The regional governments even get involved in foreign policy. Some have aid budgets. Mr Muñoz Molina, who was the director of the New York office of the Instituto Cervantes, a body to promote Spanish culture, recalls that regional presidents would turn up in the city with vast entourages. Most of these missions were badly organised and achieved nothing except favourable coverage in their captive media. Coffee just for usBut this panoply of decentralisation has not placated the politicians in Catalonia, the Basque country and Galicia. That is because they never wanted café para todos: they wanted it just for themselves, as a recognition that they were different. They still want that, no matter that Spain is now an extraordinarily decentralised country in which the Basques, for example, enjoy a greater degree of home rule than any other region in Europe. Their demands make it difficult to draw up a stable and permanent set of rules. Catalan and Basque “nationalists” argue that unlike, say, La Rioja or Murcía, their territories are nations, not regions (nor “nationalities”, in the tortuous formulation of the constitution), and invoke history to support their claim. “Here the conflict dates from 1836,” insists Joseba Aurrekoetxea, a leader of the Basque Nationalist Party (PNV), referring to the Carlist war after which the central government revoked the Basques' fiscal privileges (restored in 1979). “Catalonia was always distinct,” says Artur Mas, who replaced Mr Pujol as leader of CiU. It descends from the medieval kingdom of Aragón, and rebelled against Madrid in 1640 and in 1701. But Catalan and Basque nationalism are creations of the late 19th century. They stem from industrialisation, which made these the richest regions in the country, taking in migrants from elsewhere in Spain. At the time the Spanish state, unlike its French counterpart, lacked the resources to integrate the country, says Antonio Elorza, a Basque political scientist at Madrid's Complutense University. Otherwise Catalonia and the Basque country would have been as content within Spain as Languedoc and Brittany are within France. Perhaps because the historic claim to nationhood is shaky, language has become an obsession for the nationalists. Franco banned the public use of Catalan, Euskera (Basque) and Gallego. The constitution made these languages official ones alongside Spanish in their respective territories. In Catalonia the official policy of the Generalitat (the regional government), under both the nationalists (some of whom are really localists) and now the Socialists, is one of “bilingualism”. In practice this means that all primary and secondary schooling is conducted in Catalan, with Spanish taught as a foreign language. Catalan is also the language of regional government. A Spaniard who speaks no Catalan has almost no chance of teaching at a university in Barcelona. A play or film in Spanish will not be subsidised from public funds. “If we don't make a big effort to preserve our own language, it risks disappearing,” says Mr Mas. Catalan and Spanish are more or less mutually comprehensible. Not so Euskera, which does not belong to the Indo-European family of languages. The Basque government allows schools to choose between three alternative curriculums, one in Euskera, another in Spanish and the third half and half. But in practice only schools in poor immigrant areas now offer the Spanish curriculum. Despite these efforts, Basque and Catalan are far from universally spoken in their respective territories: only around half of Catalans habitually use Catalan and about 25% of Basques speak Euskera. The nationalists' linguistic dogmatism is provoking a backlash. Earlier this year Mr Savater, the philosopher, together with a diverse group of public figures ranging from Placido Domingo, a tenor, to Iker Casillas, Real Madrid's goalkeeper, signed a “manifesto” in defence of the right of citizens to be educated in Spanish. They were denounced as “Castilian nationalists” in the Socialist press. But they touched a nerve. Many thoughtful Catalans believe that Catalan would be safe if it remained the language of primary schools, but that Catalonia would gain much by allowing a choice between Catalan and Spanish in secondary schools. The power of languageThe argument about language is really about power. “The problem with nationalists is that the more you give them, the more they want,” says Mr Savater. What some of them want is independence; all of them use this as a more or less explicit threat to gain more public money and powers. The polling evidence suggests that no more than a fifth of Catalans are remotely tempted by the idea of independence. The figure for Basques is around a quarter, despite 30 years of nationalist self-government and control of education and the media, and despite the departure of around 10% of the population because of ETA's violence, points out Francisco Llera, a (Socialist) political scientist in Bilbao. ETA's political support is declining, though not vanishing. The PNV is split between a pro-independence wing led by Juan José Ibarretxe, the president of the regional government, and home-rulers in the party leadership. Mr Ibarretxe wants to hold a referendum on the right of Basques to self-determination. Mr Aurrekoetxea argues that ETA should not have a veto over whether Basques can peacefully express a view on the future. The government, parliament and the courts have all blocked the referendum plan “because it is against the constitution”, says Mr Zapatero. “It would make ETA right in fighting on the basis that this is an oppressed people,” says José Antonio Pastor, a Basque Socialist. He and many other non-nationalist politicians and their families must live with round-the-clock bodyguards. In parts of the Basque country, in the tight rural valleys on the borders of Vizcaya and Guipúzcoa, non-nationalists cannot campaign freely. The Socialists hope to win a Basque regional election due in March. To improve their chances, they are following their Catalan peers in embracing cultural nationalism. Buying off the Basque and Catalan nationalists with more money has become harder. The central government now accounts for just 18% of public spending; the regional governments spend 38%, the ayuntamientos (municipal councils) 13% and the social-security system the rest. But under the new Catalan autonomy statute more money has to be devolved. Over the next seven years Catalonia will have to be given a share of public investment equivalent to its weight in the Spanish economy, which will amount to an extra €5 billion a year. Previously Catalonia, although Spain's fourth-richest region, received less public spending per head than several others. It complains that its commuter trains, in particular, have been starved of funds. The Basques have no such worries: each Basque province and Navarre collect their own taxes and hand over less than 10% to the central government in Madrid. But they benefit from central-government defence spending, and they are net recipients from the social-security system. As a result, public spending per person in the Basque country is the highest in Spain. The new Catalan statute requires the government to strike a new regional financing deal, even though the one in 2001 was supposed to be final. But it is to the central government that Spaniards will look for unemployment benefits and for spending to alleviate recession. Local governments are likely to suffer budget cuts by 2010, if not next year. The government's ability to carry out economic reforms is also compromised by decentralisation. As regional governments acquire more and more power to regulate, businesses face higher compliance costs. Now that the government employment service has been decentralised, José María Fidalgo, the general secretary of the Workers' Commissions, the largest trade-union federation, worries that jobseekers have to look at 17 different websites. It would have been easier for all concerned if Spain had adopted federalism in 1978. That would have set clear rules and aligned responsibilities for taxing and spending. The Senate could have become a place where the regions were formally represented and could settle their differences, akin to Germany's Bundesrat. But the Catalan and Basque nationalists will only accept a confederation of several “nations”. The PP also opposes federalism. In the meantime Spain must muddle on. “The great Spanish project is not in danger, but it's like a plant that requires constant tending,” says Narcís Serra, who used to be Mr González's vice-president and now runs Caixa Catalunya, a savings bank. “It's important that Catalonia is comfortable in the project.” The government in Madrid could make some gestures to the regions, such as moving some regulatory agencies or other national bodies out of the capital. And would it really be the end of Spain if the Basques, like the Welsh, had their own national football team? Elsewhere in the country anti-nationalism is starting to stir. Mr Savater and Rosa Díez, a former Basque Socialist leader, have set up a new party of the radical centre called Union, Progress and Democracy (UPyD), in an effort to combine social liberalism with a defence of the idea of Spain. They hope to profit from the rising disillusion with both the main parties. Even though it lacked money and access to the media, it won 1.2% of the vote in the March election, the same as the PNV. But because the electoral system disproportionately rewards geographically concentrated votes, the UPyD secured only one deputy, Ms Díez, against the PNV's six. It hopes to do better in an election to the European Parliament next June, for which the whole country will count as a single constituency. artículo original "How much is enough?" >> el "special report on Spain" completo >>
14/11/2008 - The Economist |
Carta al director enviada por la AT a "THE ECONOMIST" con motivo de la publicación en su número de Noviembre de 2008 (semana del 8 al 14) de un especial sobre España donde se comenta la situación lingüística en Cataluña:To the editor: Our association "Asociación por la Tolerancia" ( www.tolerancia.org ) has been defending for more than 15 years the linguistic rights of not only more than half of the population in Catalonia who are Spanish speakers, but also of many Catalan-speaking people who do not agree with the exclusion of Spanish, our common language, from the public sphere: regional and local offices, schools, universities,… In spite of the criticism that you have received from the regional Catalan government, we can assure you that unfortunately the situation in Catalonia is even worse than that recently (November, 8 to 14) depicted by journalist Michael Reid. For instance, it is not possible to use Spanish in the classrooms where children are compulsorily immersed in Catalan language. Spanish is taught in schools only 2 hours a week; that means, less than foreign languages. All the communications, books, exams, exercises have to be in Catalan. Furthermore part of the contents of history and social books is manipulated in order to foster resentment against Spain in children's minds. Private shops and businesses can be denounced and fined if their signs and lettering are not in Catalan. The aim of the so-called "Oficines de Garanties Lingüistiques" is to receive anonymous accusations and complaints against the shops whose lettering is only in Spanish. You can also fill out an accusation form through internet, where they even give you examples of how to do it (we are sorry everything is written in Catalan only). It is almost impossible to get documents in Spanish at the regional and local public administrations. Because for too long no one brought this discrimination to light, the situation is actually rotten. All efforts are needed to reverse it. That's why we are deeply grateful to "The Economist" for denouncing this absolutely illogical and unconstitutional policy that we have been suffering for many years. Asociación por la Tolerancia. Sr. director: Nuestra asociación, Asociación por la Tolerancia, lleva 15 defendiendo los derechos lingüísticos de no sólo de los ciudadanos castellanohablantes sino también de los catalanohablantes que no estan de acuerdo con la política de exclusión del español de la esfera pública: oficinas autonómicas y locales, escuelas, Universidades, etc. A pesar de la crítica que Uds. han recibido del Gobierno autonómico catalán, podemos asegurarles que la situación en Cataluña es incluso peor que la descrita en su reciente número (8 al 14 de Noviembre) por el Sr. Michael Reid. Por ejemplo, es imposible usar el español en las clases donde los niños son obligatoriamente inmersionados en el idioma catalán. El español se enseña en las escuelas sólo dos horas a la semana, menos que los idiomas extranjeros. Todas las comunicaciones, libros, exámenes, ejercicios tienen que ser en catalán. Además, parte del contenido de historia y sociales es manipulado para sembrar en la mente de los niños resentimiento hacia España. Tiendas y empresas privadas pueden ser denunciados si sus rótulos y cartas no estan en catalán. El objeto de las Oficinas de Garantías Lingüísticas es recibir acusaciones anónimas y denuncias contra las tiendas cuyos rótulos estén únicamente en español. Los ciudadanos pueden rellenar un formulario a través de internet, donde incluso facilitan ejemplos de cómo hacerlo en el siguiente enlace: Sentimos que esté únicamente en catalán. Es casi imposible conseguir documentos en español en las administraciones públicas autonómicas y locales. A causa de que durante demasiado tiempo nadie sacara a la luz esta discriminación, la situación está actualmente corrompida. Todos los esfuerzos son necesarios para revertirlo. Es por ello que estamos profundamente agradecidos a The Economist por denunciar esta política absolutamente ilógica e inconstitucional que llevamos sufriendo muchos años. Asociación por la Tolerancia 14/11/2008 - Asociación por la Tolerancia |
«¿Cómo va a instalarse alguien en Cataluña si sabe que sus hijos serán educados en catalán?»Entrevista a Mike Reid, periodista de 'The Economist', autor del artículo 'How much is enough?', que ha desencadenado una protesta formal de la Generalitat por el relato que hace de los efectos perniciosos de la política lingüística en Cataluña.En los textos del semanario The Economist no hay firma, pero Mike Reid no tiene nada que esconder. Por eso hace un hueco en un atareado día de cierre para atender a EL MUNDO. El es el autor del artículo 'How much is enough?', que ha desencadenado una protesta formal de la Generalitat por el relato que hace de los efectos perniciosos de la política lingüística en Cataluña. El texto forma parte de un exhaustivo informe sobre la política y la economía españolas, que Reid escribió tras viajar por España durante tres semanas. El periodista confiesa que le eligieron para hacer el informe porque no hay mucha más gente en la redacción que hable español. Periodista de The Economist desde 1990, actualmente es el responsable de la sección latinoamericana del semanario. Pregunta.- ¿Le ha sorprendido la polémica? Respuesta.- Un poco, sí. Básicamente, porque no he escrito nada que no hayan aireado antes los medios españoles. Me ha sorprendido la intensidad de la reacción del Gobierno catalán, pero he recibido mensajes de españoles dentro y fuera de Cataluña que están de acuerdo. P.- A la Generalitat no le ha gustado que usted llame «cacique» a Pujol. ¿Por qué se molestan tanto? R.- Porque es verdad. P.- ¿En qué sentido? R.- No quiero decir que Pujol no sea una figura importante. Esto sale a partir de una conversación con Antonio Muñoz Molina, que expresó su preocupación ante el resurgimiento del caciquismo. El cacique es una persona que ejerce el poder durante mucho tiempo, ayudado por todo un andamiaje en torno a ese poder. Pujol es un ejemplo de eso, pero cito otros. P.- A la Generalitat no le ha gustado tampoco que usted se refiera a la lengua como «una obsesión nacionalista». R.- No es algo que se me haya ocurrido a mí. Llego a esa conclusión después de leer los periódicos españoles y después de hablar con distintas personas. Muchas de ellas, quiero subrayarlo, viven en Cataluña. P.- ¿Y cuál es su visión del problema de la lengua en Cataluña? R.- Me parece válido el deseo de preservar el catalán, un idioma que ha conformado una cultura muy respetable. Sin embargo, creo que los nacionalistas han ido demasiado lejos. Han sido demasiado inflexibles al regular el uso público del catalán, en un extraño mimetismo con la política de la dictadura. Varios catalanes me dijeron que, para resguardar el catalán, basta con que sea el idioma en que se den las clases en la Educación Primaria. No en la Educación Secundaria ni en la Universidad. P.- ¿Es la política lingüística un lastre para la economía catalana? R.- Sí, en dos sentidos. En primer lugar, laboralmente: ¿cómo va a instalarse un profesional en Cataluña si sabe que sus hijos tienen que recibir su educación en catalán? Un economista catalán me decía que los trabajadores que llegaron de Andalucía y Extremadura para trabajar en el siglo XIX elegirían hoy cualquier otra región de España. En segundo lugar, los catalanes desperdician la ventaja comparativa que supone un idioma como el español, que hablan más de 400 millones de personas. P.- ¿Cuál es su percepción de la política catalana? R.- El debate político se está restringiendo a asuntos muy locales. Los catalanes están perdiendo de vista que el mundo está cambiando a una velocidad de vértigo. P.- ¿Le echa la culpa a Zapatero? R.- No necesariamente. Me parece que es fruto de la dinámica a la que he referido antes. El debate político se ha reducido a asuntos parroquiales y me da la impresión de que hay mucha gente en Cataluña que lo lamenta. 13/11/2008 - EL MUNDO |
¿Dónde estaba el embajador?Según Carod-Rovira, el informe de The Economist, no está bien hecho porque no habló con el 'embajador' catalán. Argumento peregrino dónde los haya.El Gobierno catalán ha gastado este año 1,3 millones de euros en oficinas, embajadas y misiones exteriores y en 2009 el departamento de Vicepresidencia piensa dedicar a tal capítulo 2,2 millones. Pese al coste que supone para el erario público el mantenimiento de una pseudodiplomacia catalana, no hay de momento indicios esperanzadores sobre la trascendencia de las gestiones de unos «embajadores» que cobran más de 80.000 euros al año. El reportaje publicado por la revista británica «The Economist» -en el que pone a caer de un burro la política lingüística de la Generalitat y se tacha de «cacique» al ex president Pujol- no deja en buen lugar ni a la diplomacia catalana ni a su «embajador» en Londres, Xavier Solano, cuyas gestiones (si es que las hubo) no impidieron que la publicación se despachara a gusto con Cataluña. Claro que el vicepresidente de la Generalitat y artífice de la política exterior catalana, Josep Lluís Carod-Rovira, no se ha detenido a reflexionar sobre este particular y, en una lectura interesada del asunto, ha concluido que el reportaje de Michael Reid -que, por cierto, no fue recibido ni por Montilla, ni por Carod, ni por Saura- justifica la «necesidad» de que Cataluña se dote de delegaciones en el extranjero. En un artículo publicado ayer en su blog, Carod subraya que el reportaje de «The Economist», que «tergiversa y manipula la realidad lingüística y social de Cataluña, ha servido «para visualizar de forma clara y evidente la necesidad de que Cataluña se dote de una estructura propia en el exterior, capaz de defender sus intereses como país en todo el mundo». Decidido a caer en cuantas contradicciones haga falta, Carod, independentista confeso y partidario de la autogestión diplomática, echaba a faltar ayer que «ninguna otra autoridad o ente administrativo del Estado español ha hecho llegar ninguna observación» a la revista. «Sólo el Govern», mediante su delegado en Londres, sostiene Carod, ha enviado una carta «desmintiendo las falsedades y exigiendo una rectificación». Una carta, breve y algo ingenua, que ha sido acogida con una mezcla de rubor e hilaridad por la oposición. «Cataluña es una nación pequeña, pero con una larga historia. En los últimos mil años, los catalanes han mostrado una clara voluntad de autogobierno. El nuevo Estatuto, por tanto, en ningún caso va demasiado lejos», ha improvisado Solana a modo de protesta ante «The Economist». Esa ha sido la aportación del «embajador» de la Generalitat en Londres. «Anticatalanismo»Según Carod, «a la hora de la verdad el Govern es quien defiende internacionalmente los intereses de los catalanes». «De la misma manera -añade en su página web- sólo el Institut Ramon Llull promueve la lengua y la cultura catalana», mientras que el Instituto Cervantes «sólo promueve la lengua y la cultura castellanas», pese «a pagarse entre todos». Conclusión: «En Cataluña, pues, pagamos dos veces». El vicepresidente catalán lamentó que «la mayoría» de los corresponsales extranjeros en España «viven y beben del clima político y mediático que se respira en la capital del Estado, impregnado permanentemente de anticatalanismo». Preguntado sobre el asunto en la sesión de control, el presidente de la Generalitat, José Montilla, sostuvo que el reportaje de «The Economist» tiene «muy poco que ver» con la realidad de Cataluña. Montilla calificó de «absolutamente infundadas e impresentables» las críticas de la publicación, después de que el líder de Ciutadans, Albert Rivera, le preguntase si el Govern plantea «secuestrar» la publicación.
13/11/2008 - M. A. Prieto, ABC |