Las esporas del mal

03 - 09 - 2017 / MAITE PAGAZAURTUNDUA - MAGAZINE DE EL MUNDO

Las esporas del mal

En la Casa de Campo se encontraron corros de champiñones este mes de julio. Ocurrió tras las fuertes lluvias. Las esporas de las setas pueden permanecer latentes meses, incluso años, solo toman cuerpo cuando las condiciones son las apropiadas. Con los fanáticos creo que pasa algo parecido. El escritor israelí Amos Oz escribió que el fanatismo es más antiguo que el cristianismo, judaísmo o el islam. Más antiguo que los sistemas políticos. Este escritor decía que es una especie de gen del mal, pero a mí me parece más adecuada la imagen de las esporas, porque personas sin comportamiento sicopático pueden ser arrastradas a ejercer la crueldad más estúpida y sin límites en compañía de otros, por el poder del grupo.

A la hora de escribir estas líneas sabemos que cientos de neonazis desfilaron legalmente por Berlín para honrar a un lugarteniente de Hitler, Rudolf Hess, en el aniversario de su fallecimiento en la cárcel hace 30 años. Las autoridades no encontraron motivos para impedir la marcha encabezada por una pancarta que decía así: «No nos arrepentimos de nada». Hubo una contramanifestación. Hace muy pocos días en Charlottesville, en Estados Unidos, como es tradición, los supremacistas se manifestaron con esvásticas y con símbolos del Ku Klux Klan con la excusa de defender la estatua de un general sudista de la guerra civil americana. Podrían haber encabezado la marcha con la misma pancarta de los de Berlín. En la contramanifestación fue asesinada una mujer muy joven, de 32 años, arrollada por un fanático todavía más joven, de 20. No podré despegar de la memoria en mucho tiempo la cara de asco con la que el presidente norteamericano leyó un comunicado calculadamente equidistante en que culpaba a ambas partes, en el fondo, de la violencia desatada.

Durante este verano los que tampoco se arrepienten de sus crímenes se han manifestado y han recibido como héroes a terroristas nacionalistas vascos que salen de nuestras cárceles. En las fiestas de los pueblos no faltan fotos de terroristas en los lugares centrales de las plazas y los niños y niñas vascos y navarros interiorizan inadvertidamente que «los suyos» son los asesinos. La justicia también tiene problemas para prohibir esos homenajes. Sin contramanifestaciones.

Es cosa sabida y publicada que hay mezquitas que son tóxicas en toda Muropa y que existen imanes fanáticos que envenenan las mentes explicando que es pecaminoso el estado de derecho y el sistema democrático. Desean la dictadura de las leyes que ellos se arrogan como divinas. Por las ideas tóxicas muchos pierden la vida y muchos más les lloran sin consuelo. Pienso en la rabia, que no es un gen, que es otra espora que puede activarse cuando las instituciones no aciertan a dar justicia. O cuando no impiden, sabiéndolo, que inoculen el fanatismo en mentes y corazones. O cuando no impiden que haya manifestaciones que se jactan de horrores cometidos. Y sé que fallar a la memoria o a la justicia de las víctimas en Berlín, en Charlottesville, en Lasarte o en Barcelona no es una grandeza de la democracia.