Se ha muerto y era de los nuestros

06 - 04 - 2005 / Arcadi Espada

Lodares muerto encima de la mesa. Pasa pocas veces. La muerte sin vuelos de aproximación. Nada que ayer noche supiera, que alguien vagamente comentara, han dicho por la radio que ha muerto ese lingüista, no recuerdo ahora cómo se llamaba. Ni siquiera el índice de la muerte que hubiese aparecido en la portada del periódico de hoy, turbador, desde luego, pero producto del ojeo, en disputa con otros reclamos. Nada. En los arrabales del periódico, ya consumida hasta la indignación, echando para atrás la página 45, allí en el centro la foto, y ese título: "Juan Ramón Lodares, la inteligencia radical de un lingüista" Un estilo de titulación que sólo quiere decir dos cosas: premio o muerte.

Premio, naturalmente: ¿cómo va a morir Lodares? Y durante milésimas centellea la esperanza hasta que se apaga al pie del cercado. Necrológicas. El gesto instintitivo. Otras veces pasó. Volver la página, volver a la 45. La resurrección, según el periodismo. Pero ya estás de piedra, como esta mañana Nickjulia. De piedra ya no quiere decir nada, pero si uno decide meterse en las palabras que ya no quieren decir nada saca una verdad nueva y deslumbrante. Es de piedra como estoy. Es exacto. Rígido, paralizado y ensimismado en mi piedra. Lo que de inmediato se pondrá en movimiento será la resignación.

La lectura, que siempre es la resignación del primate. Resignadamente uno empieza a leer la última palabra sobre Lodares. Y empiezan las urgencias instrumentales. De qué murió, si era de mi edad. Quiero decir que empiezan las comparaciones. No es extraño que en cualquier necrología aparezca tan frecuentemente, y tan obscenamente, el yo. "La última vez que le vi..." Es que el yo está presente en el propio acto de recepción de la muerte ajena. ¿De qué ha muerto Lodares? Me interesa por mí. A ver si corro riesgos. La noticia, en el cuarto párrafo, del accidente de tráfico, resulta tranquilizadora. Ah, bien, un accidente. Terrible, claro. Pero puede evitarse. Uno se aferra a que, a diferencia del infarto o el cáncer, esa muerte puede evitarse.

Especialmente intranquilizador es que muera por infarto un coetáneo. Los periódicos dan la causa, pero raramente se extiende en si el muerto fumaba, tenía antecedentes, colesterol, estrés, eso que uno usa para irse descartando y poder cumplir el asombrado precepto de Bernanos, lo más extraño de la vida es que uno caiga al lado de uno y uno siga adelante. Sólo cuando las urgencias instrumentales están liquidadas se hace visible la compostura y el amor al otro del texto de José Andrés Rojo. Se da una breve transición al estado líquido. No, no hablo de lágrimas. Algo así como una compenetración entre átomos. Un intersticio delicado en que uno es Lodares, Rojo, todo lo que quise y que quiero y esta mañana. Dura un momento, pero es bueno. Luego ya vuelven las urgencias. Estratégicas. Se ha muerto y era de los nuestros. Estos cabrones nos han metido un gol, y a ver cómo remontamos ahora con uno menos.

Escrito en Barcelona, a las 10.52, bajo un sol radiante.


06/04/2005 - Arcadi Espada, www.arcadi.espasa.com