Sin competencia

20 - 10 - 2021 / ARCADI ESPADA - EL MUNDO

Sin competencia

Cuando en los años 80 un grupo de militantes del PSOE organizaron un grupo terrorista para combatir a ETA no lo dotaron de un discurso político. El GAL fue mera mafia. Nunca tuvo su Batasuna. Ni su Partido Unionista Democrático, para decirlo en términos irlandeses. El que al margen de su limitada actividad asesina no hubiera una respuesta criminal a ETA evitó, probablemente, que la tragedia se multiplicara. Cabalmente, los españoles, al contrario que los irlandeses unionistas, delegaron en el Estado la defensa armada de su nación. Quizá pensaron que la unidad de España no merecía añadir más sangre, lo que parece altamente razonable. Por el contrario, los llamados gudaris consideraron que la patria vasca sí merecía su propia sangre y, destacadamente, la de los otros. Esta actitud es la propia de la psicopatía política a la que puede llevar el nacionalismo. Pero, indudablemente, los convirtió en héroes a ojos de una parte considerable de la comunidad.

Esta asimetría entre los defensores del Estado democrático y los terroristas ha producido, hasta hoy, sus peculiares resultados. Si Otegi hubiera tenido enfrente su Ian Paisley no podría hoy seguir desempeñando en exclusiva su papel de hombre de paz. Bajo los focos habría dos fanáticos desarmados que habrían llegado a un acuerdo, celebrado por la paternal mirada del Estado. Se repartirían, en alguna medida, el aura heroica y el asentimiento de la comunidad. Pero nunca hubo esa precisa competencia y no puede haberla hoy. El enemigo reconciliado sería hoy el líder del brazo político, supongamos, de aquel GAL: lo que nunca existió. Los españoles que ETA mató no murieron matando. No es lo mismo morir como un funcionario que como un guerrillero. No es lo mismo ir por la calle con una pistola que protegido por alguien que la lleva. En el imaginario de los jóvenes radicalizados vascos había unos heroicos patriotas y enfrente una burocrática bota extranjera. Nunca otros jóvenes heroicos patriotas, ocupando la otra parte del monte. Afortunadamente, cabe insistir. El extremo de crueldad al que llegaron los irlandeses -incomparable al vasco- quizá se explique también por la competencia de patriotas armados. Pero una oveja cumplidora, leal y paciente es mucho menos sexy que un lobo.

De ahí que sea puro wishful thinking eso de la reconciliación entre vascos. Entre la mayor parte de los vascos, Otegi fue un heroico patriota -aunque cometiera errores: ya dictaminó ayer El País de Viva la Pepa que ETA fue un error- y hoy es un heroico patriota desarmado. Doble heroicidad. No hay vascos con los que reconciliarse. Los que no murieron están muertos. Cuando Otegi, en son de reconciliación y futuro, tiende al frente su mano derecha se la coge al vuelo su mano izquierda para estrechársela gustosamente.

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