Iván Tubau nació en Barcelona. Hijo de republicanos españoles refugiados en Francia, vivió cerca de Toulouse hasta 1951. Después volvió a su ciudad natal, se fue a Madrid, estudió arte dramático y se doctoró en Filología francesa, pero ha trabajado más que nada como periodista en prensa y televisión. Ha escrito en todos los diarios barceloneses que ahora se publican y en bastantes que ya no existen, tanto en Barcelona como en Madrid. Ha presentado y dirigido en TVE los programas "Viure els 80", 1981; "Cinc cèntims de cultura", 1982-83; "Hablemos de amor", 1984 y "El diván d´Ivan", 1988-89. Ahora es catedrático de periodismo cultural en la Universidad de Bellaterra y columnista de la edición barcelonesa de El Mundo donde publica artículos lúcidos y acerados. Él y Francisco Umbral y Raúl del Pozo y Martín Prieto y Gabriel Albiac parecen haberse conjurado contra la prohibición porque, por esa vía, se llegará a prohibir "la música y el mar y los atardeceres" porque dan placer.
De entre sus libros de periodismo, ensayo o investigación, los más conocidos son De Tono a Perich, Madrid, Guadarrama, 1973; Teoría y práctica del periodismo cultural, Barcelona, Mitre, 1982; Crítica cinematográfica espeñola, Barcelona, 1983 y varios más que culminan en Periodismo oral, Barcelona, Paidos, 1993.
Su obra narrativa publicada son una veintena de cuentos -dispersos en periódicos y revistas- y dos novelas: Abans no arribi l´hivern, Barcelona, 1986 y Omobono y Etelbina en el país de los beatniks, Barcelona, 1994 (cuatro ediciones).
Como poeta ha publicado Domicilios transitorios, 1984; Les ostres i el vi blanc, 1986; Vendrán meses con erre, 1991 y La quijada de Orce, 1991. Con Quatre exercicis físics de metafísica, obtuvo el Premio Enric Ferran de Poesía Catalana, 1991. Y en 1998, Plaza y Janés publicó una antología de sus 25 años de poesía en español. Lleva el título de Poesía impura.
El poema que abre este último libro citado se titula "Patria". Dice:
"Nací
en un tiempo triste y en un triste país
donde las cosas bellas tenían nombres feos
donde pecado
era el nombre que daban al amor y donde
tristes gentes hablaban de la guerra y se tocaban
el sexo en las tinieblas y con prisas furtivas
en la noche del sábado tras haber contraído
matrimonio buscando
patrimonio y remedio
a la concupiscencia o a la sífilis.
Nací en un tiempo triste
y en un triste país
donde la gente iba vestida
de negro casi siempre
y llevaba bigotes cuadrados en el alma. Donde
ya no servían los nombres de las cosas
porque las cosas estaban prohibidas
o eran obligatorias: levantar el brazo
con la mano extendida
para que los brazos no pudieran
abrazar y las manos
llegaran siempre tarde a la caricia
...
En Poesía impura hay un poema titulado "La piel" que dice:
Cuán terrible la vida
de un hombre cuya piel
nadie toca jamás.
Si esto es terrible, no lo es menos el pensamiento con el que cierra el libro arriba citado:
Prohibid
la música y el mar y los atardeceres:
dan placer.
Acaba de publicar el ensayo Abajo España, cuyo subtítulo La construcción periodística de Catalunya resulta muy explícito respecto de su contenido.
Por todo lo dicho, y particularmente por la lectura del fragmento del poema que acabamos de ver, se deduce que estamos ante un hombre poeta, ensayista y articulista que rema y rema contra corriente. Por eso, Pedro Gimferrer lo califica de "poeta incómodo" y, efectivamente, sus poemas conmueven o irritan al lector, pero no le dejan indiferente.
Otras publicaciones:
Invitación a la lectura de un libro de Iván Tubau (revista Tolerancia número 21)
Nos encontramos ante un texto que es, básicamente, una recopilación de un buen número de artículos, creación de este brillante catedrático de periodismo cultural (entre otros innumerables oficios). La mayoría fueron publicados en distintos rotativos en la década de los noventa. Entre los artículos, resalta una entrevista interesantísima a Josep Tarradellas, aparecida en Diario 16 en 1982.
El libro trata de remover el cotarro «nacional» suscitando como siempre la polémica con el lanzamiento de acerados dardos verbales. Sus críticas se dirigen, fundamentalmente, contra el poder omnímodo del nacionalismo, contra una oposición, supuestamente de izquierda, totalmente domesticada y contra la actitud solícita y cómplice de los medios de comunicación (que bien conoce desde dentro). Según Tubau estos son los tres principales factores que han aniquilado el progresismo en Cataluña.
Para enhebrar los artículos entre sí, utiliza un relato autobiográfico que le sirve para describir cáusticamente ciertos acontecimientos de la historia de la transición. Inevitablemente, eso nos lleva a ver ese período desde el eje conductor de ios medios (puesto que, profesionalmente, sus últimos años han estado intimamente ligados al periodismo). Tal como evidencia el subtítulo de la obra, la prensa catalana es el objeto principal de sus análisis.
Parte de la convicción de que «la objetividad periodística es apariencia, como la coartada científica: en uno y otro caso se trata de rebozar opciones con datos expuestos en tono neutro o con responsabilidades reverenciadas (a pie de página o entre paréntesis). Ser culto es saber disimular, esconder tras argumentos de autoridad-cuestiones de gusto.» Sentada esta premisa, nos es fácil entender que a los «gustos» personales se añadan las presiones, directas o indirectas, del poder. «¿Por qué [los periodistas] no dicen todo lo que saben? Porque no les dejan, porque el espacio de que suelen disponer es insuficiente, porque se imponen a sí mismos silenciar ciertas cosas y amplificar otras. Porque en la parte de atrás de su cabeza, viejo Saroyan de ítaca, reside un predicador solapado, un hacedor de patrias, un iluminado gris que se disfraza de ilustrado cuando puede y abandona ios pensamientos para abrazar creencias,"un astuto inocente convencido de que en el fondo informar es el seudónimo que conviene ponerle al verbo formar, tan explícito y por tanto imprudente. Esta descripción, aplicable a todos los periodistas del mundo mundial, accede a cimas caricaturescas cuando se refiere al periodismo catalán del tardofranquismo, la santa transición y el nacionalpujolismo, es decir al de la Catalunya y el suc de Arcadi Espada, es decir al de los boiescuts, al de los lacayos teclistas al servicio de los que siempre han mandado."
Resulta difícil escapar a esa especie de gran conjuro por el que un mismo concepto es aceptado; como bueno o malo según el usuario y/o el grupo sobre el que se aplica. Iván Tubau no ha conseguido desvelar el misterio. «El nacionalismo español es malo, incluso parece admisible que alguien suelte
un exabrupto como que todos los nacionalismos son malos y conducen al fascismo, pues resulta evidente sin necesidad de demostración, es obvio como decía González o axiomático como prefiere Delgado, que el nacionalismo catalán queda excluido de esa malformación común a los demás nacionalismos, dado que e¡ nacionalismo catalán está más allá del bien y del mal, es natural como el sol y la nieve y el fluir del agua y la rueda de las estaciones. Ningún medio digno de tal nombre ha cuestionado que desde que el mundo es mundo, es decir no ya desde Pujol sino desde Torras i Bages y Prat de la Riba o el conde Borrell o el Homo Antecessor de Taltavull, Catalunya es una realidad intangible, anterior a todos nosotros y que enterrará a nuestros más remotos descendientes, se llamen Puigdemolins o Campuzano.»
Tal vez el origen de todo el embrollo «nacional» esté en el hecho de que el poder político no representa los intereses de los ciudadanos.
«Decir que nadie en Cataluña desea el monolingüismo catalán sería sin duda exagerado. Resulta por completo veraz, en cambio, afirmar que los partidarios de ese monolingüismo son - como los defensores del monolingüismo español o castellano -una Ínfima minoría. [...] ¿Cómo se ha logrado impedir que miles de castellanohablantes nacidos en Cataluña - la mitad de la población total y dos tercios de la urbana - salieran a la calle exigiendo que sus hijos tuvieran en la escuela los mismos derechos lingüísticos que los hijos de puertorriqueños recién desembarcados en el Bronx neoyorquino?»
No existe más que una forma de nacionalismo, ni más ni menos moderado. La verdadera moderación está en el guante de seda con que, increíblemente, se tratan estas cuestiones dentro y fuera del jardín pujolista. ¿Cómo puede sobrevivir y extenderse tanto esta especie de tácito consenso? «[...] Impresiona que ese éxodo promovido por el puro terrorismo - que el tiro fuera en la rodilla [de Jiménez Losantos] y no en la nuca establece un matiz pero de ningún modo diluye el carácter terrorista de la acción - fuera contemplado con satisfacción implícita o explícita por una parte de los catalanes, con indiferencia o miedo por los más y con aparente impavidez por eli resto de los españoles. Impresiona que mediante el terror pueda obligarse a un segmento de la población de un país sin estado propio a cambiar de casa y de vida, a exiliarse, y que eso se produzca en una democracia parlamentaria.»
Son sólo unos mordisquitos que, a fuer de aperitivo, esperamos que preparen el apetito lector para mayores bocados, que, en cualquier caso, garantizamos que no han de decepcionar a los amantes de las emociones fuertes y de la crítica mordaz y algo asilvestrada (justo lo que merece la corte aduladora y reverente del virrey).
E. Rorro