| El mite de la sociedad civil (Ir a versión en español) |
Amb freqüència se sent reclamar, tant des de la dreta com, sobre tot, des de l’esquerra un protagonisme
més gran de la societat civil. Per a mi resulta una reivindicació sorprenent, que no m’acabo d’explicar,
si no és des de la profunda decepció que un sector molt important de ciutadans (i ciutadanes, naturalment)
experimenta en relació a l’acció política dirigida pels partits. La cosa mereix una petita
reflexió. |
| El mito de la sociedad civil |
Con frecuencia se oye reclamar, tanto desde posiciones de derecha como, sobre todo, de izquierda, un mayor protagonismo de la sociedad civil. Para mí resulta una reivindicación sorprendente que no me sé explicar, si no es desde la profunda decepción que un sector muy importante de ciudadanos (y ciudadanas, claro está) experimenta en relación con la acción política encauzada por los partidos. El asunto bien merece una pequeña reflexión. Rousseau, en el siglo XVIII, empleaba la expresión sociedad civil como contrapuesta a sociedad política. La primera constituía, según él, una agrupación de personas sin estructura de poder y era previa –en el proceso de un hipotético origen de la sociedad humana– a la segunda. Una vez que los individuos, libres e independientes, se pusieron de acuerdo para "reunir sus voluntades" en un poder separado que actuara de árbitro para limar sus diferencias, la sociedad civil desapareció subsumida en la estructura política, es decir, en la jerarquía del poder. Fueron Hegel, y más tarde Marx, quienes dieron a la expresión un sentido parecido a aquel con que la usamos hoy en día. La sociedad civil es aquella parte de la sociedad o de la cultura independiente del gobierno o de sus instituciones. Ambos pensadores coincidían en considerarla, con connotaciones sensiblemente diferentes a las actuales, como un territorio donde gobernaban intereses rastreros y el más absoluto egoísmo, mientras que, contrariamente, el Bien se encontraría siempre en el plano de "los intereses generales". Por ello, Hegel consideraba que el estado moderno reunía en su seno las libertades individuales y que "los intereses de los individuos, de la familia y de la sociedad civil" debían encontrar su acomodo en él. En nuestro contexto inmediato –abandonemos la pedantería histórica para volver al sabor local–, la fórmula ha sido utilizada hasta la saciedad por el nacionalismo, que parece ver en ella el símbolo de la defensa de lo pequeño frente a lo opresión de lo grande, la opresión del poder –small is beautiful–. Todo ello entendido, claro está, desde la óptica sesgada que le es habitual (por ejemplo, somos una nación en el seno de un Estado diverso). Durante el franquismo, la falta de libertades hizo que no hubiera otra vía de manifestación de la disidencia que la agrupación en sociedades folklóricas, centros excursionistas, esbarts dansaires o coros, ámbitos en los cuales, bajo el paraguas de lo cultural (y el amparo de una Iglesia con un reino muy claro en este mundo), se hacía país con la condescendencia cada vez más indolente de un poder en descomposición. El advenimiento de la democracia debiera haber modificado esta situación, pero en las autonomías "históricas" no fue así. Por un lado, el fantasma del "poder central", del que el nacionalismo se valió (y se vale) para alimentar el victimismo, que tantos dividendos le ha reportado, ha provocado que se siga utilizando el antiguo poder alternativo como una especie de "resistencia civil", que no sólo se ha preservado, sino que se ha intentado exacerbar. Tomemos el ejemplo de los llamados "proyectos de normalización lingüística" en los centros escolares. Se trataba, en su momento, de hacer que los claustros de profesores, con las manos mucho más libres que el gobierno de la Generalitat, por su lejanía del poder estatal, tomaran iniciativas pseudolegislativas que fueran mucho más allá de aquello a lo que podía llegarse desde las instituciones. Cuando se hubiera conseguido una presión suficiente de la sociedad civil, habría llegado el momento de plantar cara al Estado. La Ley permitía avanzar un paso, los Reglamentos dos y la sociedad civil, convenientemente azuzada, remata el círculo dando nuevos bríos para cambiar la Ley, en una especie de carrusel permanente. También desde la izquierda, sin embargo, se canta a la sociedad civil y es posible que por querencias históricamente parecidas (basta substituir esbarts por ateneos). Frente a la rigidez y el paquidermismo de las instituciones estatales, aquejadas por naturaleza de conservadurismo, la liviana y libre sociedad civil sería mucho más ágil y progresiva, sería capaz, como la mosca, de estimular al pesado percherón silbándole agudamente en los oídos. Por otro lado en España, como sabemos, los partidos políticos han caído en un descrédito espectacular. A mi juicio, todos comparten la responsabilidad de ello en porciones semejantes, el PSOE por haber ejercido el poder de la mayoría absoluta de manera timorata en lo referente a las reivindicaciones de izquierda y de manera arrogante en cuanto a sus propios errores; el PP por haber practicado una oposición absolutamente indigna en la que, manifiestamente, el afán de poder lo disculpaba todo; Izquierda Unida por su política errática y sus alianzas "contra natura"; los nacionalismos por la corrupción moral permanente que supone su doble lenguaje. Todos ellos, por el descaro con el que pueden prometer y prometen, para olvidar acto seguido sus promesas. ¿Tal vez lo que se pretende con el llamado a la sociedad civil es substituir o "doblar" a los partidos políticos? Perdida la credibilidad de estos últimos, perdida la confianza de los ciudadanos en su capacidad de gestión, en la nobleza de sus ideales o en su representatividad, ¿habrá que buscar otras formas de encauzar la opinión pública, de "devolver la soberanía al pueblo"? ¿Acaso no es eso lo que todo el mundo ve en las ONGs? A pesar de que en algunas de las anteriores afirmaciones debe haber un poso de verdad, la hipótesis básica según la cual la sociedad civil, por el hecho de que el término suena parecido a pueblo, es más democrática que la sociedad política (incluyendo en ella el sistema de partidos) dista mucho de estar probada. Cuando vemos una manifestación multitudinaria solemos quedar impresionados y puede parecernos que es la sociedad civil que habla. Pero, ¿cuántos eran? ¿qué proporción representaban respecto al conjunto del electorado? Las asociaciones son un componente fundamental del tejido civil de que hablamos. ¿Representan mejor que los partidos políticos la opinión de la mayoría? ¿Habría que atender a las reivindicaciones de "La Crida", "La Flama de la Llengua" u "Omnium Cultural" (o la A.T., por supuesto) antes que a las organizaciones que, pese a todas sus deficiencias, cuentan con el respaldo cuantificable de los votos? ¿No son ciertas asociaciones que representan alternativas políticas (como las mencionadas anteriormente) una especie de partidos encubiertos o de lobbies (o intentos de serlo)? ¿No ocurre con la sociedad civil como con la prensa, cuya apariencia de poder democrático (aunque nunca sometido al control de las urnas) puede encubrir intereses inconfesables? El reciente caso de la concentración en Barcelona por el asesinato de Ernest Lluch constituye una muestra palpable de la ambigüedad de ese ente que llamamos sociedad civil que espero que aun esté viva en la memoria colectiva. La manifestación había sido convocada por todos los partidos políticos e instituciones. Como suele ocurrir en estos casos, los convocantes tuvieron grandes dificultades para alcanzar el consenso sobre las palabras que debían pronunciarse para cerrar el acto. Se encargó a una periodista; Gemma Nierga, la lectura del manifiesto resultante. Con una señalada falta de ética profesional (no puedo concebirlo de otra forma y me admira y alarma el aplauso de la Asociación catalana de Periodistas), la Sra. Nierga se valió del amplificador que la confianza de los convocantes había puesto frente a su boca para salirse del texto pactado y lanzar su propio mensaje político. En el más optimista de los recuentos, el número de sus lectores u oyentes no debe sobrepasar los cien mil y se encontró de pronto con una audiencia de varios millones, contando con el eco que la convocatoria había de tener. ¿Con qué autoridad contaba para ello? ¿Qué la hacía diferente o más representativa que el resto de las más de novecientas mil personas que habíamos acudido a la cita? ¿Por qué su opinión debía convertirse en el lema implícito de la manifestación y no la mía ("El victimismo es la espoleta de la goma-2") o la de los que gritaban: "¡Pena de muerte ya!"? ¿Por qué su "espontánea" elucubración debería considerarse más valiosa o más representativa de la voluntad colectiva que el documento trabajosamente elaborado por quienes sí cuentan con un mandato de representación y están sometidos al instrumento de verificación de las elecciones democráticas? Si bien estoy convencido de que nuestras instituciones políticas padecen un déficit democrático, especialmente en la medida en que existe un divorcio considerable entre la cúpula y las bases (y uno aun mayor entre la cúpula y el electorado), no creo que la solución sea el recurso a la sociedad civil en el sentido aquí apuntado. Este recurso se halla aun más huérfano de control democrático que el sistema tradicional de partidos y el nacionalismo lo ha utilizado sistemáticamente para tratar de sortear los obstáculos institucionales a sus pretensiones. Es cierto que hay que buscar nuevas alternativas para implicar a los ciudadanos en las tareas colectivas, pero me parece que, de momento, la única manera de hacer de la civilidad la clave de la acción política es el camino de la militancia. Tal vez todos debiéramos asociarnos a un partido, dejar oír en él nuestra voz y tratar de ajustar sus metas a las nuestras propias. Por el momento, fuera de las estructuras institucionales, sólo hay grandes, y honrosos ideales, pero ninguna garantía democrática. Antonio Roig Ribé, Diciembre 2000
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| Cada generación lo ha de aprender todo |
Lo que sea el mundo hoy, para bien o para mal, lo debe el hombre a su afán por conocer los secretos de la naturaleza y ponerlos a su servicio. Apasionante tarea, a veces peligrosa, no siempre fácil o divertida. La riqueza, el arte, la salud, la libertad son consecuencia directa del conocimiento acumulado de generación en generación. Nunca nadie disfrutó como nosotros de sus frutos, pero tampoco existió antes generación menos avisada de sus trampas. Y aún peor, el sistema educativo que habría de evitarlo es precisamente el máximo culpable. Día a día, nuestros centros escolares se desmoronan como universidades del saber y se convierten en patio de recreo y contención con graves problemas de convivencia donde cada vez es más difícil la tarea imprescindible y primera: impartir conocimiento. Se podrían describir los relatos al uso que conforman esta realidad. Tarea de muchas páginas, encuestas y estudios que no deben demorar ni un minuto más nuestros responsables políticos. Yo sólo quiero apuntar la responsabilidad de este sistema educativo en la deconstrucción de los valores ilustrados que fueron y aún son causa de nuestro bienestar. Lo intuyó ya Ortega y Gasset a principio de siglo: «La civilización (...) permite al hombre medio instalarse en un mundo sobrado, del cual percibe solo la superabundancia de medios, pero no las angustias. Se encuentra rodeado de instrumentos prodigiosos, de medicinas benéficas, de Estados previsores, de derechos cómodos. Ignora, en cambio, lo difícil que es inventar esas medicinas e instrumentos y asegurar para el futuro su producción...» Ortega encontró en su rechazo de «el señorito satisfecho» la imagen de su crítica. No es culpa de nuestros alumnos confundir la sociedad del bienestar con la naturaleza de las cosas. Es lo que han visto siempre. Sus padres, sus abuelos tuvieron carencias claras y si no las tuvieron las vieron en la mayoría de la sociedad española. Esforzarse en un mundo así, era tan natural como no hacerlo en el mundo regalado que ellos han heredado. Sus mayores encontraban en el estudio una conquista personal y, los más progresistas, una utopía social. Hoy nuestros adolescentes van a la escuela como antes se iba al servicio militar, obligados. Rechazan la memorización de las tablas de multiplicar porque son incapaces de adivinar los innumerables peldaños que deben ser recorridos para llegar a la magia de un puente sobre el abismo. Nadie tiene por qué comprender un proceso sin recorrerlo. Posiblemente les ocurrió lo mismo a sus abuelos, pero estos no encontraron en el sistema escolar disculpas, ni en sus padres cobijo para la pereza. Todo lo contrario del universo psicológico que impregna hoy el sistema educativo. En nombre de aspiraciones humanas incontestables nos han enredado con palabras mágicas, como «integración», «atención a la diversidad» etc. que desintegran del saber a quienes tenían predisposición a hacerlo y alimentan la desintegración de quienes se niegan a estudiar. No es una cuestión de medios, sino de fundamentos teóricos: en cuanto padres y alumnos se han percatado de que nadie puede obligarles a repetir curso aunque suspendan todo, la apatía, el desinterés y la irresponsabilidad se han adueñado de nuestros escolares.¿Por qué habrían de hacer los deberes, estudiar fórmulas enrevesadas o leer y comprender a Shakespeare? La TV, el discman, el teléfono móvil y mil oportunidades más y mucho más interesantes, adulan su vida y no les piden nada a cambio; ni siquiera el dinero para comprarlo o alimentarlo, de eso se encargaron sus padres. En cuanto se han dado cuenta que desobedecer, faltar a clase, mofarse del profesor o maltratar a otro compañero no tiene efecto punitivo inmediato a causa de un sistema burocrático de infinidad de derechos y escasos deberes, tienden a repetir la insociabilidad y a contagiarla al resto, pues a menudo encuentran en ella su autoestima. Huelga decir que una vez el profesor ha perdido la autoridad, se hace imposible la transmisión del conocimiento y la clase queda a merced del despotismo cruel de quienes aún carecen de la socialización mínima para prever el alcance de sus actos. (Pidan ejemplos a maestros y profesores.) ¿De quién es la culpa? ¿Cuáles las soluciones?. El actual sistema educativo ha marginado los contenidos y desautorizado el esfuerzo, en nombre de la integración y la diversidad de los ritmos de aprendizaje. El resultado ha sido el desprecio del saber y la generalización de la irresponsabilidad. De tanto querer proteger al alumno de baremos cognoscitivos que pudieran humillarlo y marcarlo fatalmente a edades inadecuadas han logrado convertirlo en un discapacitado psíquico, incapaz de realizar tarea alguna o de enfrentarse al más mínimo revés o sacrificio. Sabemos que la frustración es mala, pero su ausencia absoluta nos impide madurar. Y es evidente que la adquisición del conocimiento ha sido el primer sacrificado. «Imaginemos -dice K.Popper- que nuestro sistema económico, incluyendo toda la maquinaría y todas las organizaciones sociales fuera un día totalmente destruido, pero que el conocimiento técnico y científico se conservase intacto. En este caso, no cuesta concebir la posibilidad de una rápida reconstrucción a breve plazo. Pero imaginemos ahora que desapareciese todo conocimiento de estas cuestiones, conservándose, en cambio, las cosas materiales. El caso sería semejante al de una tribu salvaje que ocupara de pronto un país altamente industrializado, abandonado por sus habitantes. No cuesta comprender que esto llevaría a la desaparición completa de todas las reliquias materiales de la civilización». Convenzámonos, cada generación lo ha de aprender todo, desde el conocimiento técnico a la defensa de la libertad. Pero si bien el fracaso del primero sólo perjudica a quien no lo adquiera, el olvido de la segunda pone en peligro la libertad de todos. Porque la libertad, la autonomía personal, el respeto a las normas cívicas o la convivencia democrática no se compran en los supermercados, se adquieren desde la infancia y deben ser sostenidos por todos cada día. En los años 60 valía todo porque nos sobraban valores heredados. Quizás debamos volver a poner límites si no queremos acabar con policía en nuestras aulas. Eso sí que sería el fin de la educación y a lo que jamás debiéramos llegar. Todavía estamos a tiempo: den al sistema escolar, al profesor y al saber el respeto que se merecen. |
| Kultura nacionalista |
| Desde una perspectiva no ya de izquierdas sino mínimamente democrática, muchos ciudadanos estamos
agotando cada vez más nuestra capacidad de asombro ante los reiterados ejemplos de degeneración del
lenguaje y las continuadas muestras de desprecio a la sensibilidad y a los intereses de la mayoría con que
nos bombardean cada día los dirigentes de los nacionalismos periféricos, instalados en las cúspides
de instituciones, partidos, sindicatos y demás organizaciones o entidades de la sociedad civil. Esta omnipresencia, transversal y cuasi obligatoria, no guarda demasiadas diferencias respecto de aquella que se practicaba por los nacionalistas en la época de Franco. Si acaso una cobertura apenas formalmente democrática y la sustitución de un solo nacionalismo por otros muchos de similar contenido xenofóbico, auténticos semilleros del totalitarismo, alguno de ellos incluso ya granadito y en plena cosecha de sufrimientos y sangre como es el caso vasco. Efectivamente, cada día tenemos la ración cotidiana de despropósitos, excesos verbales y declaraciones propias de lo que coloquialmente llamamos de juzgado de guardia o cuando menos, de aquello que la heroica revista La Codorniz titulaba «La Cárcel de Papel» cuando luchaba en peores condiciones que nosotros ahora, por la erradicación del discurso único. Y he hablado de degeneración del lenguaje y del agotamiento de nuestra capacidad de asombro al que voy a añadir con toda contundencia la indignación que siento como socialista de los de siempre y no como socio-listo de muchos de los de ahora ante las declaraciones que en algunos medios de comunicación se atribuyen a Pasqual Maragall en el sentido de que le ha pedido al Presidente de la Comisión Europea «que Europa adopte el Pais Vasco como problema cultural». Pero no me voy a limitar a expresar esa indignación sino que exijo públicamente al Presidente y a la dirección de un Partido Socialista del que soy co-fundador, militante y no súbdito, a desmentir los términos de esas declaraciones, a explicarme y decirme si lo mantienen ante miles y miles de socialistas con y sin carnet, simpatizantes y votantes o ante la mayoría de los ciudadanos demócratas, que son un problema cultural los asesinatos continuados de la ETA, los miles de actos de terrorismo callejero de sus cachorros fascistas o la indefensión de los ciudadanos no nacionalistas en el Pais Vasco ante la complicidad de los mandos políticos nacionalistas de la policía autonómica. Que alguien nos explique si es una cuestión cultural el exilio de miles y miles de empresarios, intelectuales, periodistas y políticos que se han visto forzados a dejar el Pais Vasco para salvar su vida, sus patrimonios, sus trabajos o los de sus familias. Que mis representantes me expliquen, nos expliquen si es una cuestión de cultura que la universidad y la escuela han sido reducidos en el Pais Vasco a laboratorios donde se alambican, sintetizan y producen en gran escala los peores ejemplares de la raza humana, donde los nacionalismos llamados moderados han ido cargando las escopetas que dispara dia si y dia también el diablo de los nazionalistas radicales en beneficio de sus parientes más santurrones. Pues mientras me lo explican, yo me atrevo. Mejor dicho, yo presumo de decirles, con la Constitución y los Estatutos en la mano, que todos esos desmanes que he puesto como ejemplo y otros muchos que me callo, no son una cuestión de cultura sino una cuestión de vergüenza. Son cuestiones relacionadas con la sinrazón que empieza por la insaciable reivindicación y mercadeo permanente de muchos nacionalistas, que sigue con las guerras de las banderas, cualesquiera que sean esas banderas, al fin y al cabo, todas manchadas de sangre. Que también empiezan con las batallas de las placas de la E de España o del CAT de Catalunya, que empiezan con la deslealtad de ampararse en las Leyes, en los Estatutos y en la Constitución para violentarlos sin someterse a las normas democráticas exigidas para modificarlos. Son cuestiones que sabemos como empiezan y que no sabemos como acaban o si lo sabemos y en algunos casos estamos viendo como acaban: como en el ejemplo vasco. Y ojalá que muchos otros ejemplos, de «baja intensidad» no terminen acabando lo mismo. |