El cine, las historias bien contadas, la libertad
El cine, las historias bien contadas, la libertad
En El redescubrimiento de América, Umberto Eco reflexiona sobre el influjo del mito americano, y en especial la novela hard-boiled, el cine y el jazz, en la cultura italiana del siglo XX, sugiriendo que esos elementos, importados y adaptados, suavizaron el carácter del PCI, el más grande y el menos estalinista de los partidos comunistas de Occidente (tal vez el más grande por ser el menos estalinista): militantes formados en la tendencia quijotesca, profundamente individualista, del protagonista de las novelas de Hammet, de Chandler y, antes que ellos, de Melville, estaban poco dispuestos a aceptar consignas sin elaborarlas a la luz de un sentido particular de la justicia.
Quizás Benito Mussolini haya sido el primer italiano en reparar en la trascendencia del cine para la conformación de las conciencias, mayor que la de la radio, convertida por Goebbels en un gran instrumento de propaganda, pero finalmente más adecuada para manipular información que para seducir como sólo seducen las historias bien contadas. De la obsesión de Mussolini, y de su hermano Vittorio, por el cine nacieron Cinecittà y la Mostra de Venecia, reconvertidas, tras la guerra y una gruesa capa de silencio sobre sus orígenes, en instrumentos de realización de un cine progresista y de alta calidad en los años sesenta y setenta, y de promoción del mejor cine mundial en un festival del que aprendieron posteriormente los demás. Cuando los Mussolini comprendieron la necesidad de contar con un cine nacional y, a ser posible --que no lo era, fascista, Vittorio viajó a los Estados Unidos, no a Alemania. Esa sola elección revelaba más de lo que ellos estaban dispuestos a reconocer sobre las características de la cinematografía, arte, industria y way of life enfocados a la libertad por esencia.
Relacionar el cine con la tolerancia parece, así, una obviedad. Pocos han sido los creadores en esta zona del arte que han conseguido producir materiales realmente reaccionarios, realmente exaltadores del racismo, del totalitarismo, del nacionalismo excluyente. QuizáLeni Riefenstahl sea la gran excepción, habida cuenta de que ni siquiera el Eisenstein de Iván el Terrible ni el Griffith de El nacimiento de una nación pueden excluirse por entero de una muestra didáctica enfocada a la tolerancia, aunque haya que verlas a contrapelo de su argumento principal, el de la barbarie implícita en todo proceso de construcción de Estado, y haya que aceptar que el respeto por los otros es, además de una virtud subjetiva, una posibilidad o una imposibilidad objetivas.
Horacio Vázquez-Rial
Curriculum de Horacio Vázquez Rial (web de la Universidad de Barcelona)>>









