El espejo que nos favorece

12 - 10 - 2011 / Antonio Roig Ribé

 

El espejo que nos favorece

Aquellos que vimos transcurrir infancia y juventud en el ombligo del siglo XX construimos nuestra personalidad, en buena medida, en las salas de proyección cinematográfica. Como Alicia a través del espejo, la pantalla nos permitió penetrar en mundos que la cutre realidad de aquella España casi ni permitía fantasear. De allí tomamos prestado el material de nuestros sueños eróticos y revolucionarios. Con fotogramas modulamos nuestros sentimientos: tuvimos miedo, reímos, lloramos, aprendimos a besar y a amar,... Con películas tejimos los arquetipos con los que diseñar nuestro yo presente y futuro.

Pero la imagen en movimiento es, por más que extraordinario, un instrumento fruto del ingenio humano y las personas son capaces tanto de las más prodigiosas hazañas como de las maldades más degradantes. Como le ha ocurrido a todos nuestros artefactos, el cine se ha puesto a veces al servicio de la zafiedad y ha producido carnaza para alimentar las más bajas pasiones, pero a veces ha conseguido elevar el listón de lo que orgullosamente llamamos "cultura". Y, sin dejar de ser arte, ha servido tanto para aupar regímenes execrables (Leni Riefenstahl), como para dinamitarlos. Para lo que aquí nos concierne, ha entronizado el terror y la violencia como el objeto fílmico por excelencia, pero también los ha deconstruido para hacerlos aborrecibles.

Nosotros, que somos lo que somos por el cine, sabemos hasta qué punto puede cambiar las conductas. No se trata de una relación burdamente lineal, como gustaría a algunos "investigadores" (no creo que haya caso alguno de espectador que, tras ver La Naranja Mecánica, haya ido a comprarse una pistola). Pero siendo como somos animales esencialmente visuales, qué duda cabe de que las imágenes van dejando su poso en nuestro inconsciente y van tejiendo quedamente el entramado que organiza las pautas de nuestro proceder.

Pero somos también animales inteligentes. Por eso es tan importante este Ciclo, cuyo décimo aniversario hay que saludar a la vez con asombro y alborozo, porque el cine que aquí vamos a ver es, ante todo, buen CINE, con mayúsculas; porque retrata con conmovedora eficacia la realidad de las identidades que Maaluf llamó "asesinas", y porque, sin embargo, apela a nuestra razón (y no solo a nuestra pasión) para invitarnos a dejar expuestos en su desnuda obscenidad los mecanismos del adoctrinamiento, la sinrazón de la violencia y la maldición de las "ideas" cuando se convierten en herramienta para lanzarnos los unos contra los otros.

Disfrutemos de este arte, cuando persigue erradicar la crueldad y crear un mundo más justo, respetuoso, tolerante y amable.