Falso perdón e impunidad

04 - 05 - 2026 / ROGELIO ALONSO - ABC

En política el perdón constituye un poderoso símbolo. Por ello. requiere unos requisitos que demuestren su autenticidad, pues en ausencia de ellos cobra otra intencionalidad; pedir perdón sin pe­dir realmente perdón. Lo hizo ETA en 2018 y Otegi en 2021 con un hipócrita y cínico reconocimiento del daño causado que ahora los presos repiten. Ese falso perdón fue muy valorado por la iz­quierda y el nacionalismo, legitimando así el PSOE su alianza con Bildu, socio en la imposición de una memoria sesgada sobre nues­tra historia. Lo mismo ocurre con esas cartas de presos de ETA a las que las autoridades penitenciarias, la Fiscalía y los jueces con­ceden un significado diferente del que se desprende de su conte­nido. el contexto en el que se redactan y la personalidad de sus au­tores.

Los etarras eluden la necesaria rectificación moral del juicio sobre los crueles crímenes perpetrados. No puedo cambiar lo sucedido, recitan criminales que sí pueden modificar la interpretación de ese pasado que, sin embargo, explican y contextualizan para acabar justificándolo. Para reinterpretar su historia de te­rror y admitir su responsabilidad deberían asumir de manera ine­quívoca su culpa por las injusticias que infligieron sin rebajar su ilegitimidad, su absoluta inmoralidad humana y política. En su lu­gar, solo ofrecen evasivas escondiendo el terrorismo bajo eufemis­mos que exculpan a la organización por su violencia y su lu­cha. La ideología nacionalista por la que asesinaron queda indem­ne ignorando, como reclamó Aurelio Arteta, que las víctimas de ETA demandan una justicia penal y. además, política por el profundo daño causado a la comunidad, a la democracia.

El falso perdón validado por nuestro sistema penitenciario representa, como alerta Mac Lachan, un modelo performativo para eludir la responsabilidad política y legal. Se minimiza el terrorismo nacionalista al evaluar como una evolución favorable de los reclusos simples lamentos con nula credibilidad. Ello en un contexto en el que se rehúye exigir a los representantes políticos de ETA responsabilidades por una violencia que. dicen, ya no existe, como si sus víctimas y las consecuencias del terror no pervivieran. El falso perdón de los presos facilita así poner el contador a cero, ignorando las implicaciones de la violencia tras décadas de coacción, premiando a Bildu para que el actual Gobierno mantenga el poder. Además, se resignifica la violencia de ETA, como persigue la Ley de Memoria Democrática de Sánchez apoyada por PNV y Bildu. Ambas expresiones del nacionalismo vasco tienen pendiente una auténtica contrición tras deslegitimar nuestro sistema democrático mientras legitimaban el terrorismo etarra. Esquivan la deuda contraída con nuestra democracia y las víctimas del terrorismo instrumentalizando el perdón con el fin que Ana Iríbar, viuda de Gregorio Ordóñez desenmascaró.

“Esa parte de la sociedad que dio la espalda al problema del terrorismo entiende que, si la victima perdona al asesino también perdona la parte de culpa colectiva que subyace en el subconsciente de cada individuo del que veía en los informativos o leía en los periódicos la noticia de un atentado más sin inmutarse. Ese perdón puede difuminar la sombra de silencio y de indiferencia que construye la parte nacionalista de la sociedad. Es ésta la que necesita resucitar a la víctima, hacerla de carne y hueso, dotarla de identidad, rendirle homenajes, no porque despierte solidaridad o empatía, no para defender sus derechos, o para buscar al culpable y trabajar para que se haga justicia: resucitan a la víctima para exigirle que perdone, y a través del perdón que redima de su culpa al terrorista a través del perdón de un familiar: de la esposa, la madre, la hermana, el huérfano. Así que el problema de tantas conciencias tiene solución: el residuo familiar que deja la víctima del terrorismo va a perdonarle: para muchos significa un cierto alivio al comprobar que ese sentimiento escondido de culpabilidad queda disuelto en un mal sueño. Y sin haber movido un dedo. Desde el sillón de su casa”.

Y en el caso de los etarras, desde la celda que dejan anticipadamente porque con una mera carta trivializando el dolor de sus víctimas logran aquello sobre lo que Sandrine Lefranc previno: apoderarse del léxico del perdón con el fin de embellecer una política de impunidad.

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