Parlamento de Rosa Díez
"La libertad no es nada cuando se convierte en un privilegio".
Rosa de Luxemburgo
Quiero empezar por mostrar mi gratitud ante el honor que supone para mí recibir este Premio a la Tolerancia de manos de la Asociación por la Tolerancia, precisamente aquí en Barcelona, capital de una Comunidad Autónoma que acaba de pasar por una campaña electoral en la que la intolerancia violenta ha sido protagonista destacada. Sean mis primeras palabras de rechazo de esa violencia y de denuncia ante la pasividad con la que han sido acogidos esos ataques por la clase política y mediática dominante. Los vascos sabemos bien del silencio de los cobardes; sabemos bien como empiezan estas cosas; y, desgraciadamente, también sabemos como acaban. Por eso hemos de alzar nuestra voz no sólo contra los culpables, sino también contra los responsables políticos. Y lo mismo que en Euskadi hay culpables y responsables de que allí aún no se aplique la Constitución, aquí en Cataluña existen responsables, además de culpables, de este clima de intolerancia que empieza a ser verdaderamente preocupante. Y muy grave.
Acepto este galardón como un reconocimiento que se hace a través de mi persona a centenares, a miles de ciudadanos anónimos que en toda España, pero particularmente en el País Vasco, siguen resistiendo ante el fanatismo terrorista, a la par que denuncian la cobardía y la intolerancia del nacionalismo cómplice u oportunista. En su nombre, en nombre de todas esas mujeres y hombres de bien, lo recojo y les doy las gracias de todo corazón.
Pertenezco a una generación de vascos que nunca han vivido en libertad. Nací en un pueblo de Bizkaia por azares de la vida, puesto que mi padre, un joven socialista suboficial de la República, fue trasladado a la cárcel de Larránaga, en Bilbao, desde un campo de concentración de Santander, una vez finalizada la Guerra Civil Española. Mi madre fue tras él y se instaló en el pueblo donde vivimos. Desde allí le cuidó lo que pudo mientras estuvo preso; y allí lo esperó. Cuando mi padre salió de la cárcel, tras seis años y medio y felizmente conmutada la pena de muerte que pesaba sobre él, decidieron quedarse en el País Vasco. Allí nacimos mis dos hermanos mayores y yo. Allí aprendimos a vivir. Allí nos casamos. Allí nacieron nuestros hijos. Allí están enterrados nuestros padres. Y allí seguimos, como tantos y tantos vascos que emigraron a lo largo del último siglo, bien por razones económicas o bien por causas políticas. Generaciones enteras que han contribuido a que la sociedad vasca sea una de las más mestizas de España y a que Euskadi haya sido durante décadas uno de los motores del desarrollo económico español.
En esa sociedad vasca, desarrollada, plural y mestiza, hoy, veintisiete años después de que se aprobara la Constitución Española, miles de ciudadanos siguen viviendo sin libertad. Es verdad que ETA lleva tres años sin cometer atentados mortales; pero es igualmente cierto que seguimos viviendo sin libertad. Paralelamente, en los últimos diez años, más de 200.000 vascos, -un 10% de la población-, ha emigrado o se ha exiliado en otros lugares de España. Ante esta situación tan inusual en la Europa y en la España democrática muchas veces nos interrogan sobre las razones que nos empujan a quedarnos allí, a no tirar la toalla. Quieren saber si merece la pena "seguir aguantando". Responder a esa pregunta, ante este auditorio, puede ser una manera de describir nuestra realidad y de mostrarles hasta qué punto agradecemos su demostración de complicidad al otorgarnos este premio. Por si ustedes lo han pensado alguna vez, déjenme decirles en primer lugar que aguantar es una palabra que no está en nuestro vocabulario. De la misma manera que no es lo mismo tolerancia que indiferencia (de eso hablaremos luego), no es lo mismo aguantar que resistir. Les aseguro que si la expectativa fuera aguantar, ya nos hubiéramos ido de Euskadi. Precisemos pues que lo que hacemos los vascos constitucionalistas es resistir. Resistir supone estar activo, actuar, dar la cara, combatir a los intolerantes, desarmar sus estrategias, denunciar las complicidades del poder instituido. Y defender el derecho de las víctimas a la memoria, la dignidad y la justicia. Resistir es, sobre todo, confiar en la victoria. Creer, como decía Camus, que los resistentes tienen la última palabra.
Vivimos en una sociedad mediática, en la que las verdades se acuñan a través del lenguaje; pero éste no es unívoco y las mismas palabras suelen terminar significando cosas distintas según quien las pronuncie o según sea el objetivo con el que se invocan. Como señal Tomás y Valiente en un magnífico ensayo sobre la Tolerancia, "las palabras son a menudo como peces dentro del agua: se nos escapan de las manos cuando creemos haberles atrapado". Hasta el extremo de que no es raro observar cómo alguna de ellas, de tanto utilizarlas de forma torticera o para fines inapropiados, terminan pervirtiéndose y perdiendo su verdadero sentido. Así es cómo se construyen "falsas verdades", esa historia falsa que está siempre en el origen del totalitarismo y el odio entre semejantes.
Por no referirme a otros debates de actualidad nacional, -otra palabra sometida a todo tipo de interpretaciones-, podría poner decenas de ejemplos, decenas de trampas semánticas en las que hemos caído a lo largo de estos últimos años. Una muy común es hablar de los vascos- o de los catalanes-, cuando se quiere hablar de los nacionalistas vascos o catalanes. Pero otras simplificaciones resultan ser más peligrosas. Y en este caso no utilizo el término "peligroso" en el sentido figurado, sino en el más real que cabe hacerlo. La perversión del lenguaje, ha sido un instrumento utilizado históricamente para intentar manipular a las sociedades, para cambiar la realidad, para instituir una verdad que nada tenía que ver con la VERDAD. Se ha pervertido el lenguaje para pervertir la política. Y para justificar lo que de otro modo hubiera sido absolutamente rechazable.
Los nacionalistas vascos- aunque no son los únicos, son los que mejor conozco-, tanto los violentos como los institucionales, han sido unos magos en esa materia. Merced a su estrategia de comunicación, durante años -y aún hoy-, demócratas convencidos, periodistas y políticos, han calificado a ETA como una "organización independentista vasca". El uso mendaz del lenguaje, el no llamar a las cosas por su nombre, ha contribuido a "lavar" la imagen de los terroristas y a que aparezcan ante los ojos de espectadores lejanos como una organización política y no como una banda terrorista y totalitaria. Si ese mensaje subliminal ha calado es porque los terroristas han hablado siempre del "conflicto vasco" para justificar sus crímenes, y porque los nacionalistas institucionales, aunque condenan al menos de palabra los métodos de ETA, siempre declararon compartir sus ideas y abrazaron ese mismo término para justifican su insaciabilidad y su proyecto independentista y disgregador. "Superar el conflicto vasco" fue para Ibarretxe la disculpa para plantear una iniciativa -su famoso Plan-, que no tiene otro objetivo que institucionalizar la división de los vascos entre distintas categorías, con derechos también diferentes. Claro que en el lenguaje nacionalista y de algunos políticos memos, ese era "el precio de la paz..." Otra mentira más. Ese sería el precio de la indignidad; y la garantía del regreso del crimen.
Por eso, para seguir con los equívocos sobre el significado de las palabras, algunos apelan a la necesidad de "normalizarnos". Normalizar la sociedad vasca ha llegado a ser una apelación tan extendida que nadie piensa en su verdadero significado. Normalizar, según el diccionario, es regular, ordenar, encauzar. Pero, ¿Cómo se regula una sociedad democrática que ya tiene sus normas? Se suele decir que para aplicar bien una norma hay que conocer la intención del legislador. Vayamos pues a las fuentes. Para los nacionalistas "la normalización de la sociedad vasca" significa que asumamos sus postulados ideológicos quienes no somos nacionalistas y no estamos dispuestos por ello a renunciar a ser vascos. Por eso para mí, porque conozco el contexto, les digo que conozco el contexto, estar normalizado, en términos políticos, es lo contrario que ser normal; porque lo normal en una sociedad democrática es la pluralidad y no la homogeneidad. La sociedad vasca, como toda sociedad democrática, no quiere estar normalizada; lo que quiere es ser normal. La mayoría de los vascos no reivindicamos los derechos de un pueblo o una tribu pleistocínica, por muchas apelaciones históricas en las que se puedan envolver tales delirios. La mayoría de los vascos sabemos que lo que caracteriza, en pleno Siglo XXI, una sociedad moderna y democrática es el hecho de que en ella convivan ciudadanos con orígenes y sensibilidades diversas, tanto en el cultural como en el ideológico. Pero todos iguales en derechos. La mayoría de los vascos sabemos que eso es lo que significa formar parte de una sociedad normal.
Pero lo que hoy me preocupa, sobre manera, es que en esa misma trampa de pervertir el lenguaje hayan caído algunos de los que más han sufrido por ello. Cuando, por ejemplo, escucho hablar de "proceso de paz", no puedo sino recodar que a lo largo de estos treinta años de lucha contra ETA nunca ningún demócrata salió a la calle bajo ese slogan. Solo los nacionalistas- y los terroristas-, recurrieron a esas pancartas. Los perseguidos, las víctimas, los constitucionalistas, siempre reivindicamos la libertad. Por eso cuando oigo hablar de "paz"pienso que se están llamando a las cosas por los nombres que no son, en acertada expresión de la matrona de los Pagaza. Salvo que- y esto sería mucho más grave-, hayan renunciado a conseguir la libertad, que es el objetivo por el que llevamos toda la vida luchando.
Lo mismo me ocurre cuando oigo hablar de "pactar con ETA" el fin de la violencia. El procedimiento suele condicionar los resultados. Y no es lo mismo derrotar al terrorismo que pactar con los terroristas un "final dialogado". Por eso me pregunto si estamos asistiendo a una perversión del lenguaje o a una perversión de la política, si hemos caído en la trampa de los nacionalitas, de quienes siempre hablaron del "conflicto", o estamos utilizando unas palabras, un lenguaje, que pudiera producir un efecto narcotizante en la sociedad. Naturalmente esto último sería lo más grave. Y lo más peligroso.
Porque, como decía antes, el lenguaje nacionalista lo ha impregnado todo, ha construido una gran mentira que es el caldo de cultivo de la intolerancia y del odio, que lleva a ciudadanos nacidos y educados en democracia, a asesinar a sus vecinos. Ellos, los nacionalistas, sí han tenido una estrategia de comunicación y un notable éxito. Nosotros, los constitucionalistas, por pereza o por incapacidad, no hemos dado una verdadera batalla ideológica y no hemos hecho la suficiente pedagogía democrática, con lo que hemos contribuido a que las mentiras del nacionalismo se asienten en la sociedad. Por eso me preocupa la asunción casi generalizada de su lenguaje; no vaya a ser que tras el lenguaje, asumamos también sus mentiras.
Antes de finalizar, no puedo por menos que hacer una breve reflexión sobre la palabra con la que se designa este galardón: la tolerancia. Esta es también una palabra que a lo largo de la historia ha tenido varios significados. Tolerancia puede significar magnanimidad, condescendencia. Y puede, en el peor de los casos, devenir incluso en indiferencia. Pero sé que no es el caso, que ustedes reconocen a través de este premio la actitud cívica y comprometida con los valores democráticos. Es verdad que en democracia hay menos espacio para la tolerancia, entendida ésta como concesión graciosa de quien se cree superior. Cuando la igualdad y la libertad se proclaman como derechos fundamentales -como lo hace nuestra Constitución del 78-, ya no cabe pedir tolerancia: se exige respeto. Pero sigue habiendo necesidad de reivindicar la justa acepción del término. Ser tolerante no significa, como decía antes, ser indiferente. Porque somos iguales en derechos, sí. Pero no todas las ideas son igualmente respetables. Hay quien, -como suele decir Fernando Savater-, no tiene ideas, sino sólo malas ideas. Por eso hay que recordar siempre que la tolerancia tiene límites. En democracia ese límite está en el Código Penal. Con su aplicación se combate a aquellas ideologías o aquellos proyectos políticos que para triunfar requieren de la aniquilación física o política de sus oponentes. Aplicar esos límites forma parte de la obligación de los poderes públicos. Y no hemos de tener ningún complejo al hacerlo.
Ser tolerante en Euskadi es militar contra los intolerantes, contra los que nos quieren "normalizar" para después "tolerar que sigamos viviendo allí". Ser tolerante en el País Vasco es revelarse contra el fanatismo. Ser tolerante es no callar, exigir respeto, vivir nuestro compromiso sin complejos, exigir que se cumplan las leyes. Ser tolerante es ser un resistente, una conciencia critica, un insumiso. Así lo veo yo. Es lo que Hanna Arendt llamaba actuar.
Para finalizar quiero explicarles por qué seguimos allí. Me parece pertinente hacerlo ya que creo que tiene mucho que ver con las razones por las que han decidido otorgarme este galardón. Hay una explicación política que sería aplicable a todos los que desde el País Vasco resisten frente al terrorismo y al nacionalismo etnicista: sabemos que no podemos consentir que quienes no nos han permitido aún disfrutar de los derechos que la Constitución reconoce a todos los ciudadanos españoles, nos ganen la batalla. Y si nos vamos, si nos echan, nos habrán ganado. Y el sufrimiento de tantos años, el dolor de las víctimas, el miedo superado cada día para seguir, no habrá servido para nada. Déjenme decirles una cosa: no nos quedamos sólo por nosotros. Es por la memoria de las víctimas y es también por el futuro. La derrota de los culpables y de los responsables políticos de tanta ignominia- ETA nos mata, el nacionalismo nos excluye-, es la única herencia que aspiramos a dejar a las nuevas generaciones.
Hay otra explicación que es personal. Yo me quedo también porque tengo hijos. Sé que si nos vamos, si cedemos, no habrá barrera que frene la implantación y la extensión del nacionalismo etnicista y del terrorismo nacionalista. Los fanáticos comprenderían que el terror y el chantaje dan resultados y nunca renunciarían a volverlo a utilizar. Y ETA volvería a matar, porque es su única forma de vivir. No quiero que mi historia se repita en mis hijos.
Les expliqué las circunstancias que llevaron a mis padres a establecerse allí. Llegaron al País Vasco sin haberlo elegido. Pero sé que eligieron quedarse. Y en aquella tierra, que es la nuestra, María y Heraclio, formaron una familia. Una dictadura les llevó allí. Otra dictadura no nos va a expulsar de nuestra tierra. Es mi país. Me gustan sus bosques, su mar brava, sus pueblos blancos y rojos... Me gusta mi gente. Allí echamos raíces y allí las queremos mantener. En esa tierra vasca, que no es ni la peor ni la mejor del mundo, que es como los demás territorios de España, con sus virtudes y sus defectos. En una tierra, en fin, que es también la nuestra. Tenemos derecho a estar allí, a seguir viviendo en nuestra casa. Y allí nos quedaremos.
Les dije antes que formo parte de una generación que nunca ha vivido en libertad. Veinticinco años bajo la dictadura franquista, veintiocho años bajo el totalitarismo nacionalistas. En suma, 54 años viviendo en un país sin libertad, en un país de paradoja. Porque eso es Euskadi: Un país en el que defendemos la Constitución los que nunca hemos disfrutado de los derechos que en ella se nos reconocen. El único lugar del mundo, que yo conozca, en el que conviven terrorismo y democracia. El único lugar en el que habiendo terrorismo, sólo la oposición necesita llevar escolta. Estos son los verdaderos hechos diferenciales del País Vasco. Esos son los hechos que nos impiden ser una sociedad normal. Pero allí seguiremos hasta conseguirlo. Somos ya demasiado mayores como para cambiar el paso. Y hemos aprendido a ser pacientes. La paciencia es una virtud que mi padre me enseñó a practicar. El decía que si uno creía de verdad en algo, si la causa merecía la pena, había que pelear hasta el final, había que permanecer fiel a lo que consideráramos verdadero y no rendirse jamás. Nosotros sabemos que esta causa merece la pena. Nos mueve la indignación moral ante la injusticia. Nos mueve la memoria de las víctimas. Nos mueve la ambición de un futuro en libertad.
Quizá se pregunten por qué les explico estas cosas. Es para decirles, una vez más, que les necesitamos. Que aunque sabemos que no estamos solos, de vez en cuando necesitamos recordar que somos mayoría. Por eso les doy encarecidamente las gracias. Porque días y actos como el de hoy nos permiten confirmar que con nosotros está la mejor gente de toda España. Y que en esta lucha por la Libertad, que aún no ha terminado, estaremos siempre juntos.
Muchas, muchísimas gracias









