Segunda parte del parlamento del coronel Diego Pérez de los Cobos
Intervención del Coronel Pérez de los Cobos
Acto de entrega del XXXI Premio a la Tolerancia
Barcelona, 10 de octubre de 2025
Parte 2
Ese sistema fue puesto a prueba en esta tierra el 1 de octubre de 2017. Aquella jornada no fue una anécdota: fue el intento de que la fuerza de la masa —organizada y dirigida desde las propias instituciones públicas— arrollara el imperio de la ley que aquéllas habían prometido cumplir y hacer cumplir. Se pretendió suplantar el marco constitucional por un simulacro plebiscitario que desatendía las resoluciones judiciales y la más elemental prudencia democrática, y todo ello organizado y promovido por los más altos representantes de esta Comunidad Autónoma, pero no pagado de sus propios bolsillos, sino a costa de los impuestos de la totalidad de los ciudadanos.
Frente a esa prueba, la respuesta de las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado fue la que debía ser en un país serio: serena, profesional y absolutamente proporcionada. Miles de guardias civiles y policías nacionales cumplieron escrupulosamente con su deber y con los mandatos judiciales que habían recibido, y lo hicieron en un clima de hostilidad que no necesito describir en esta ciudad. Lo hicieron con la serenidad de quien sabe que, cuando un servidor público hace lo correcto, está protegiendo incluso a los que le increpan: protege su derecho a seguir discrepando mañana, pero a hacerlo siempre bajo el imperio de la ley. Porque lo ilegal no se hace legítimo por la fuerza de las masas ni por la elocuencia de los eslóganes; solo la legalidad convierte la voluntad en derecho.
Quisiera detenerme aquí para hacer un reconocimiento personal. Un reconocimiento a todos y cada uno de aquellos agentes, alguno de ellos nos acompañan hoy aquí. Sé que muchos pagaron un precio que va mucho más allá de las exigencias cotidianas de su ejemplar servicio: han sufrido persecución, desprecio, campañas de señalamiento, y —lo digo con dolor— la peor de las heridas, la traición de quienes, por acabar siendo sus jefes, deberían haberlos defendido siempre, y más cuando lo único que habían hecho era, en circunstancias extremas, algo tan sencillo de decir como difícil de ejecutar: cumplir con su deber. No hay mayor acto de lealtad que obedecer la ley cuando arrecia la presión. No hay mayor acto de injusticia que dejar solo al que obedeció. Una injusticia que se transforma en traición envuelta de cobardía cuando el que los deja solos es nada menos que su propio jefe. Ante la traición y el abandono del que han sido objeto, vaya para aquellos policías nacionales y guardias civiles mi permanente reconocimiento y gratitud por haber conseguido defender el imperio de la ley en estas tierras y, por qué no decirlo, también la libertad.
Aquella jornada no fracturó España porque prevaleció la Constitución y el Estado de Derecho, la vigencia de la ley común se impuso a la tentación de imponerse por vías de hecho. Cataluña sigue siendo de todos también por aquél silencioso servicio de miles de buenos servidores públicos.
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Permítanme ahora una apelación que me sale del alma. Quisiera dedicar este premio a los millones de catalanes que cada día, con discreción y coraje, sostienen la convivencia: padres y madres que piden para sus hijos una escuela abierta y no un aula de trincheras; funcionarios que cumplen la ley aunque el ambiente invite a mirar hacia otro lado; docentes que enseñan a pensar y no a obedecer consignas; periodistas que informan a pesar del ruido; empresarios, sanitarios, comerciantes, jóvenes que sueñan su futuro aquí sin pedir permiso para seguir siendo quienes son.
A todos ellos quiero decirles algo sencillo: NO ESTAIS SOLOS. Cuando uno se enfrenta a un clima hostil —y muchos de ustedes lo saben bien—, la tentación de la indiferencia puede parecer razonable. Pero ustedes han elegido la dignidad, que es la forma más alta de libertad. Y ese ejemplo no solo honra a Cataluña; fortalece a España entera.
Cataluña no es una etiqueta ni una consigna; es una realidad viva, plural, trabajadora, con acento propio y vocación universal. La Cataluña que admiro —la de la industria, la universidad, la cultura, el comercio, la ciencia, la familia— no cabe en el molde estrecho del sectarismo. Esa Cataluña seguirá siendo faro si la dejamos ser lo que siempre ha sido: un lugar de encuentro.
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Todos los que vestimos el uniforme de la Guardia Civil conocemos de memoria el artículo primero de la Cartilla que dictó el Duque de Ahumada allá por 1845, tan solo un año después de haber fundado el Cuerpo: «El honor ha de ser la principal divisa del Guardia Civil; debe, por consiguiente, conservarlo sin mancha. Una vez perdido no se recobra jamás». Este precepto no es retórica; es un mandato que nos exige y nos juzga, pero es sobre todo un modo de vida. Nos recuerda que, a veces, servir significa incomodar; que la lealtad primera es para con la Constitución y la ley; y que mientras los cargos son contingentes, el deber es permanente.
No ignoran ustedes que mi carrera profesional se cruzó hace unos años con una decisión que supuso mi cese como jefe de la Comandancia de Madrid y truncó al mismo tiempo mi futuro profesional. No traigo este asunto para ajustar cuentas; traigo este recuerdo para subrayar una enseñanza: cuando el deber y la conveniencia chocan no cabe discusión posible, el servidor público debe elegir el deber, incluso si el precio es personal. En mi caso elegí respetar la separación de poderes y la obediencia debida en un procedimiento judicial a una juez de instrucción a la que ni siquiera conocía, por encima de las ansias de saber de un responsable político, por muy alto que éste se sentara. Y no les quepa ninguna duda de que, a pesar de la implacable persecución sufrida y del coste profesional padecido, volvería hoy a hacer lo mismo.
Acudí a los tribunales como corresponde en un Estado de Derecho, desoyendo por cierto la recomendación de algunos, los timoratos de siempre que defienden aquello de “déjalo estar, no lo muevas más que nunca conviene enfrentarse a los poderosos”. Como les respondí en aquella ocasión, en mi caso el recurso a los tribunales era mucho más que un derecho, era una obligación para impedir que después de a mí pudieran hacerle lo mismo a otros compañeros. La justicia resolvió como debía y puso a cada uno en su sitio, aunque algunos, los culpables de aquella ilegalidad, pretendan aparentar que no se han enterado. Con aquellas victorias reiteradas en todos los recursos presentados ante el Tribunal Supremo -ganamos por 8 a 0- quedó correctamente cerrado ese capítulo. ¿Y qué permanece de aquello? Permanece la tranquilidad de conciencia, la serenidad de mirar a los ojos a los tuyos, a tus hijos, a tus subordinados, a tus conciudadanos, y poder decirles: hice lo que debía y cumplí con mi deber. Porque ningún entorchado merece el precio de la indignidad. Los cargos pasan; pero el honor permanece.
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No sería honesto ocultar que España vive tiempos complejos. Se discuten los límites del poder, se tensan las costuras de la separación de poderes y se producen tentaciones de colonizar espacios que deberían permanecer neutrales. Aparecen discursos que relativizan la ley, o que llaman mandato popular a lo que no es sino conveniencia coyuntural.
Frente a esa complejidad, yo contemplo dos realidades. La primera, los desafíos: el ruido, la polarización, o la fatiga que induce a muchos a retirarse al ámbito privado. La segunda, nuestras reservas morales: millones de españoles que madrugan, educan a sus hijos, pagan sus impuestos, respetan las normas y quieren un país previsible, razonable y decente. En esa mayoría silenciosa reside la fuerza tranquila de nuestro sistema. Ahí está el Estado de Derecho: en las leyes, sí; en los tribunales, por supuesto; pero sobre todo en el hábito cívico de una ciudadanía que se sabe responsable.
Nuestra tarea —y aquí me permito incluirme entre ustedes— es reactivar ese músculo cívico: no delegar exclusivamente en los partidos lo que es tarea de todos; exigir a los representantes respeto por las formas; apoyar a quienes, desde dentro de las instituciones, actúan con profesionalidad y valentía; respaldar a los docentes que enseñan en libertad, a los periodistas que informan con rigor, a los jueces que sentencian sin miedo, o a los servidores públicos que cumplen su deber sin mirar colores.
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Permítanme terminar como empecé: con gratitud pero también con esperanza. Gratitud a la Asociación por la Tolerancia por haber sido faro cuando la bruma era espesa; por haber defendido el bilingüismo, la dignidad de las víctimas, la libertad de los ciudadanos y la pluralidad de Cataluña. Y esperanza, porque el Estado de Derecho en España es fuerte. Ha resistido embates más graves que los actuales y lo ha hecho gracias a una combinación simple: leyes claras, instituciones que —con sus errores— han sabido corregirse, y una ciudadanía que, cuando ha sido llamada, siempre ha respondido.
La libertad no es un don que se acepta y se guarda en un cajón; es un oficio que se practica cada día. Les invito a sostenerlo juntos. Les invito a defender la unidad que nos iguala, la separación de poderes que nos protege, la ley que nos ampara, la neutralidad que nos garantiza, el bilingüismo que nos enriquece y la convivencia que nos humaniza.
Muchas gracias por su atención, por su confianza y por su ejemplo. Gracias, Barcelona, por acoger este acto, y gracias a la Cataluña plural y valiente, por recordarnos cada día que la libertad y la tolerancia no se proclaman: se ejercen.
Muchas gracias.









