Una DANA lingüística
Tantas veces se dice que el sonsonete produce hastío, el cansancio de la frase manida, del topicazo. Me refiero a esa “gran riqueza cultural” que suponen los diferentes idiomas hablados en España, sin olvidar, va de suyo, el curioso lenguaje tonal, el silbo, usado desde Dios sabe cuándo por los pastores de las quebradas gomeras. La muletilla la encuentra uno hasta en los discursos navideños de Felipe VI. Qué fatiga, entre otras cosas porque los idiomas más o menos locales, regionales, hablillas, “bables” o “fablas”, se utilizan por lo común, fenómeno potenciado por la centrifugación que habilita el modelo autonómico, a guisa de vectores de fragmentación política e identitaria. También para la creación de chiringuitos generosamente subvencionados a cargo del contribuyente y excusa para la instauración de derechos diferenciados al amparo siempre del Tribunal Constitucional (con mayoría “progre” o conservadora, que lo mismo da). Y para otras mil amenidades. Esa pretendida “riqueza cultural” sirve para levantar barreras entre territorios, y dentro de ellos. Y para separar y anteponer a unos ciudadanos en relación a otros. El multilingüismo cooficial vigente deviene un tóxico elemento que socava la igualdad civil y política de la ciudadanía. Y la “riqueza cultural” de marras obra en favor de la “pobreza civil”, que castiga más a unos que a otros, va de suyo, y aminora la calidad de la democracia española. Un bodrio “legalizado” chapuceramente y un negocio ruinoso para la mayoría (y una bicoca para una minoría).
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