28 años del asesinato de Eugenio Olaciregui, el vendedor de bicicletas
Su viuda explicó una vez cómo funcionaba la maquinaria del terrorismo abertzale en este país: "ETA te mataba dos veces, primero con sus mentiras y luego con un balazo en la cabeza". Es un buen resumen. Un trágico resumen. Pero en muchos casos no fue la banda quien hizo el trabajo sucio, fue su entorno, el mismo que jaleaba los crímenes y señalaba a las víctimas con el dedo acusador del chivato que se sentía orgulloso de prestar un servicio a la causa. La organización terrorista dispuso de todo un ejército en la sombra formado por cientos de colaboradores. La mayor parte de ellos ha escapado a la justicia. Nunca empuñaron un arma ni se mancharon las manos de sangre, y jamás pagarán por lo que hicieron. Tampoco tendrán el más mínimo remordimiento por ello. Y luego estaba el resto de la sociedad, los propios vecinos de las víctimas, personas "normales" (alemanes comunes y corrientes si se me permite la licencia histórica), gente que se encogía de hombros mientras se llevaban a los judíos de sus casas de noche y les daban la espalda. Algo habrá hecho. Mejor no meterse en líos.
El caso de Olaciregui y la red de acusaciones que extendió el entorno de ETA sobre él constituyen uno de los capítulos más negros de nuestra historia. Su asesinato fue también un aviso a navegantes, un mensaje dirigido a cualquiera que tuviera la más mínima intención de colaborar con la Policía. Matar a uno para amedrentar a cien. Ese era el objetivo. Y se cumplió a rajatabla. El fragmento que les adjunto a continuación forma parte del tercer y último tomo de nuestra trilogía sobre el terrorismo en el País Vasco que publicamos hace dos años.
"Tan solo tres semanas después del atentado mortal que costó la vida a Ramón Doral, sus compañeros de la Ertzaintza lograron detener a uno de los terroristas más buscados en los últimos meses: Valentín Lasarte. La operación tuvo lugar en Oyarzun, la tarde el 25 de marzo de 1996, después de que un comunicante anónimo llamase a una comisaría de este cuerpo para alertar de la presencia de un sospechoso que respondía a las características del sanguinario pistolero. Lasarte y una mujer, que posteriormente resultó ser Idoia Arrieta Eizaguirre, habían hecho varias compras en un hipermercado de esta localidad. A pesar de ser uno de los terroristas más buscados el pistolero pasó tranquilamente la tarde como un ciudadano más en el centro comercial, cruzándose con cientos de personas y sin tomar la más mínima medida de seguridad para evitar ser identificado. Tras ello la pareja abandonó el hipermercado en una furgoneta Fiat Fiorino de color granate. Para entonces un operativo policial había localizado el vehículo y esperaba apostado en el aparcamiento a que ambos terroristas volvieran para cargar en él sus compras. Varias unidades de la Ertzaintza siguieron a la pareja hasta Oyarzun, donde el vehículo fue finalmente interceptado. Al saberse acorralado Lasarte salió de la furgoneta corriendo. Los agentes que le perseguían ya habían bloqueado cualquier vía de escape e hicieron un disparo de advertencia. El terrorista se arrojó al suelo y gritó: “¡Valentín Lasarte naiz!” (soy Valentín Lasarte). Con ello, el pistolero trató de llamar la atención de los vecinos del pueblo, uno de los feudos de HB, buscando desesperadamente su ayuda para evitar ser capturado. No hubo respuesta. Nadie salió a socorrerle ni abrió el portal de su casa para que se refugiase en ella. Los gritos del terrorista fueron acallados por los agentes y una vez neutralizado el pistolero fue detenido.
El gesto impotente e inútil de Lasarte reflejó de algún modo la consideración que de sí mismos seguían teniendo algunos terroristas de ETA. [ Sigue …]
La grandeza de las víctimas frente a la miseria de los asesinos.
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