Aniversario del asesinato de José Ignacio Ustaran
29 de septiembre de 1980. Imaginen por un momento la ilusión de una familia que prepara con mimo el cumpleaños de una de sus hijas pequeñas. Imaginen la tarta y las velas, los regalos y la alegría que reina en ese hogar. Ahora borren esa imagen de su mente. Llaman a la puerta y unos hombres malos entrar en casa para llevarse a papá por la fuerza. Unos hombres malos que lo meten en su propio coche, se alejan de allí, lo llevan a un lugar apartado, lo asesinan de dos tiros y abandonan su cadáver dentro del maletero en medio de la ciudad, delante de la sede partido en el que militaba. Sobrecoge sólo imaginarlo. Sobrecoge más aún pensar cómo tuvo que contárselo aquella madre a sus hijos. Quizás fue de esa manera. Unos hombres malos han matado a aita. Aquí ocurrieron cosas terribles que algunos tratan de olvidar. Los responsables de aquel crimen nunca fueron identificados. Y aunque hubieran sido detenidos habrían sido perdonados. Eso pasó con los crímenes que cometió ETApm. Se olvidaron cuando la organización terrorista decidió dejar de matar. El Estado miró para otro lado con la esperanza que aquella medida ayudase a que la otra rama de ETA siguiera sus pasos y abandonase las armas. No fue así. Continuaron matando durante cuarenta años más y destrozando familias en nombre de la libertad de Euskadi. Hoy es el aniversario del asesinato de José Ignacio Ustaran y les dejo por aquí un fragmento de nuestra trilogía donde recordarnos el crimen.
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La persecución que sufrieron los miembros de los partidos de centro-derecha en el País Vasco constituye una muestra del carácter intrínsecamente político de los crímenes cometidos por el terrorismo abertzale. Las diferentes ramas de ETA y los Comandos Autónomos Anticapitalistas arremetieron contra ellos como lo hicieron posteriormente contra otros partidos democráticos no nacionalistas, porque consideraban que eran «enemigos del Pueblo Vasco». Como ha recordado nuestro colega, el historiador Fernando Molina, la violencia que desplegaron contra la derecha pretendía acabar con aquellos a quienes consideraban herederos y continuadores del «fascismo español» y «anular las opciones políticas cuya tradición era negada por la memoria abertzale». Su objetivo final no fue otro que infundir el miedo dentro de un sector concreto de la sociedad vasca, coartar su libertad de expresión y evitar que pudiesen desarrollar y defender su proyecto político, contribuyendo con ello a extender la espiral del silencio.
El secuestro y asesinato de José Ignacio Ustaran sucedió el 29 de septiembre de 1980, mientras él y su esposa, Rosario Muela, concejal de la UCD en Vitoria, ultimaban los preparativos del cumpleaños de su hija de siete años. A las nueve de la noche, mientras daban los últimos retoques, unos desconocidos llamaron a la puerta de su casa. Tras irrumpir en la vivienda familiar se llevaron a José Ignacion Ustaran y lo metieron por la fuerza en su propio coche. Tan solo una hora y media más tarde su cadáver apareció con dos disparos, uno en la espalda y otro en la cabeza. El cuerpo sin vida estaba dentro del automóvil estacionado estratégicamente debajo de la misma sede de la UCD, en la céntrica calle de San Prudencio. La escenificación del asesinato reunía todos los componentes de un crimen político y era una clara amenaza que se confirmó unas horas más tarde, cuando un comunicante anónimo reivindicó el atentado en nombre de ETApm. El portavoz de esta organización señaló que el secuestro y asesinato de José Ignacio Ustaran se había producido por su pertenencia a la Unión de Centro Democrático, al tiempo que anunciaba que seguirían atentando contra otros miembros de este partido, culpabilizándolos de la situación que vivía el País Vasco. El recuerdo del secuestro y asesinato del líder democristiano Aldo Moro en mayo de 1978 a manos de las Brigadas Rojas, cuyo cadáver fue depositado en plena Vía Caetani, en el centro de Roma, entre las sedes de la Democracia Cristiana y del Partido Comunista, pesó como una losa entre los dirigentes de la UCD.
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