El cinismo de Arnaldo Otegi
Decía estos días Arnaldo Otegi que vivimos rodeados de monstruos y no somos conscientes de ello. El comentario venía a cuento del lamentable capítulo en que se ha visto envuelto Iñigo Errejón. No se puede ser más cínico. Lo dice un tipo que, como recordaba ayer mismo, secuestró a un hombre y jugó con él a la ruleta rusa. Ocurrió en 1979. Fue uno de los peores años del terrorismo, cuando la organización en la que militaba Otegi por entonces y otras de su espectro llenaron de cadáveres las calles de Euskadi sembrando el terror. Los hechos que recuerdo hoy por aquí ocurrieron poco después, en 1980, el año más sangriento de nuestra democracia, cuando ETA acabó con la vida de casi cien personas.
Es difícil imaginar lo que siente un hombre cuando es consciente de que va a ser asesinado simplemente por defender las ideas en las que cree. Juan de Dios Doval supo semanas antes de perder la vida que su suerte estaba escrita y a pesar de ello tuvo el coraje de seguir en su puesto. Tal día como hoy, el 31 de octubre de 1980, dos pistoleros de ETA lo asesinaron a sangre fría. En el primer tomo de nuestra trilogía recordamos su caso y las circunstancias que rodearon aquel terrible crimen.
(Por cierto, echen un vistazo a la portada de El Diario Vasco. Desoladora)
Los miembros de la UCD apenas tuvieron tiempo de enterrar a Jaime Arrese, asesinado una semana antes por los Comandos Autónomos Anticapitalistas. ETApm cumplió las amenazas que había lanzado y acabó a tiros con la vida de Juan de Dios Doval. Ocurrió el 31 de octubre. La víctima ocupaba el segundo puesto en la candidatura por Guipúzcoa que encabezaba el secretario general de este partido en el País Vasco, Jaime Mayor Oreja. Unas horas antes un comando de ETAm había secuestrado y asesinado en Hernani a un abogado, José María Pérez López de Orueta, a quien aquella organización acusó, como a tantas otras víctimas, de estar relacionado con el tráfico de drogas. A primera hora de la mañana dos individuos dispararon «por error» en Rentería contra un trabajador de una fundición, Enrique Aguirre Pozo, provocándole graves heridas. Tres cuartos de hora más tarde de aquellos hechos, sobre las 8:45 horas, dos pistoleros de la rama político militar de ETA abordaron a Juan de Dios Doval cuando acababa de entrar en su coche para dirigirse a su trabajo en la Facultad de Derecho y le dispararon a quemarropa. Uno de los proyectiles impactó directamente en el lado derecho del tórax y le provocó la muerte al instante. La ambulancia de la DYA que se desplazó para tratar de socorrerle solo pudo trasladar su cadáver a la Residencia Sanitaria de Nuestra Señora de Aránzazu. Aquel nuevo asesinato provocó una gran conmoción en la comunidad universitaria, especialmente en la Facultad de Derecho de San Sebastián, donde Juan de Dios Doval era profesor adjunto. Compañeros y alumnos del centro celebraron una manifestación de forma espontánea en muestra de repulsa por aquel crimen.
Doval estaba convencido de que iba a sufrir un atentado de ETA. Su temor se incrementó tras el asesinato de su compañero Jaime Arrese, cometido una semana antes y así se lo había confesado un día antes de ser tiroteado a un alumno de la Facultad, con quien tenía amistad. También se lo manifestó a su secretaria. «Reza por mí», le dijo. Ella le pidió que abandonase el País Vasco, pero Juan de Dios Doval era un hombre de principios: «No quiero que mis hijos piensen que soy un cobarde». Así lo contó unos días más tarde su compañero de Facultad, Antonio Beristain, en la revista Gaceta Universitaria. Sí, Doval estaba casado y tenía dos niños pequeños, de siete y cuatro años de edad. El terrorismo había vuelto a destrozar tra familia en el País Vasco. La cacería de ETA continuaba. En una fotografía tomada en Zumárraga en 1977 aparecían Marcelino Oreja y Jaime Mayor Oreja, acompañados por José Ignacio Ustaran, Jaime Arrese y Juan de Dios Doval. Los tres últimos habían sido asesinados en un mes. Ese mismo día el Lehendakari Garaikoetxea leyó un duro comunicado en Televisión Española, donde denunciaba la situación que estaba sufriendo el País Vasco, acosado por aquella ofensiva terrorista, pero los militantes de la UCD en el País Vasco estaban profundamente decepcionados y necesitaban hechos que sirviesen para constatar verdaderamente el compromiso de los nacionalistas en la lucha contra el terrorismo y en su deslegitimación política, más allá de las palabras de condena y solidaridad. Jesús Viana lo dejaba bien claro en unas declaraciones:
«Estamos profundamente defraudados por el PNV». El dirigente centrista manifestaba su decepción por la abstención de los jeltzales en el Congreso de los Diputados en la votación de la Ley de Bandas Armadas. Viana entendía que los nacionalistas estaban especulando de algún modo con el terrorismo para conseguir mayores cotas de autogobierno sin comprometerse realmente en la lucha contra ETA.
«Estamos dispuestos a hacer lo que sea para que se vea una luz. Una luz que cada día es más difícil de ver, porque un partido como el PNV se abstiene en la votación de la ley de bandas armadas en el Parlamento Español [...] Que el PNV se abstenga en una medida como esta y que luego pida ayuda a la cámara vasca y diga que sin trasferencias nada puede hacer, nos anima a pensar que para qué le vamos a dar transferencias, si luego, cuando tenga que aplicar una ley como esta no lo va a querer hacer. La verdad es que estamos enormemente angustiados por la posición del PNV» [...] El comportamiento del PNV ha logrado que los hombres de la UCD no confíen en este partido. Pensamos que sería una irresponsabilidad por parte de los poderes del Estado el dejar en manos de un partido que tiene este comportamiento en temas de la gravedad del terrorismo».
El resto de los partidos democráticos, liderados por el EPK y el PSE, se solidarizaron con la UCD y denunciaron la gravísima situación que se estaba viviendo en el País Vasco, al tiempo que abogaban por llegar a un acuerdo entre todas las fuerzas políticas para lograr la «pacificación» de aquel territorio. Especialmente gráfico fue el senador socialista navarro Víctor Manuel Arbeloa cuando sentenció, tajante: «En Euskadi ya no se puede vivir». Manuel Fraga pidió expresamente la intervención del Ejército, la declaración del «Estado de sitio» como una medida para poder afrontar aquella situación que consideraban de extrema gravedad. Florencio Aróstegui, parlamentario de Alianza Popular, lo reclamaría unas semanas más tarde en uno de los últimos plenos celebrados en la cámara vasca a finales de aquel año. «Cuando digo lo del estado de guerra no me estoy alejando de la realidad. El pueblo está viviendo una situación de guerra que debe combatirse con las armas de la legalidad, como puede ser el Estado de excepción».
El día 2 de noviembre, el PNV, PSE-PSOE, UCD y PCE convocaron una manifestación en San Sebastián para expresar su rechazo por aquellos atentados. La marcha de protesta consiguió reunir a miles de personas, conmocionadas por la brutalidad de los últimos asesinatos. La convocatoria de esta manifestación sorprendió al mundo abertzale y provocó la reacción violenta de unos trescientos o cuatrocientos simpatizantes. Estos últimos, molestos por aquella disputa del espacio público que habían monopolizado sin oposición en los últimos años, arremetieron con violencia contra los manifestantes y profirieron gritos de: «vosotros fascistas, sois los terroristas», «Gora ETA militarra» y «PNV traidor», amenazando e incluso agrediendo con piedras a varios participantes a la altura del puente del Kursaal.
Al día siguiente la prensa destacó el carácter unitario de aquella manifestación. Pero también puso de relieve algunas destacadas ausencias. Pilar Urbano publicó un artículo titulado gráficamente: «Suárez, te esperaban». La periodista subrayó la enorme decepción que había provocado la ausencia del presidente del Gobierno en los funerales por el alma de Juan de Dios Doval, una decepción que afectó profundamente a una militancia que vivía acosada y cercada por el terrorismo.El malestar y la decepción de los centristas vascos era evidente. El mismo día del funeral celebraron una reunión en Ezcaray a la que asistieron también otros importantes hombres de la dirección del partido a nivel nacional, como Gabriel Camuñas, Rodríguez Sahagún, Francisco Fernández Ordóñez, Abril Martorell y Óscar Alzaga. El encuentro tuvo lugar en medio de una gran tensión. Unas semanas antes el Consejo Provincial de Vizcaya de esta formación había mostrado su malestar por los doscientos cincuenta millones de pesetas que había aprobado el Gobierno de España como adelanto de la devolución de parte del patrimonio incautado durante la guerra civil al PNV. Los centristas vascos entendían que ese tipo de concesiones por parte del gobierno no estaba sirviendo para lograr un mayor compromiso de los jeltzales frente al terrorismo de ETA y pidieron la formación de una comisión interna que investigase aquella operación. Aunque esta última no prosperó, la ausencia del presidente del Gobierno en los funerales de Juan de Dios Doval incrementó el malestar y ahondó en la herida que estaba desangrando a los hombres y mujeres de la UCD en el País Vasco. Todo ello terminó por enrarecer la relación que mantenían con la dirección, cuando manifestaron la incompatibilidad de Adolfo Suárez para presidir el partido y el Gobierno de la nación. La propuesta fue apoyada por los sectores liberal y democristiano. La violencia terrorista contribuyó de este modo a profundizar en la crisis que ya vivía internamente el partido. El malestar que había provocado la ausencia del presidente en los últimos funerales ahondó aún más en la lucha que se había desatado dentro de la UCD entre las diferentes familias que lo componían y que lo estaban deshaciendo por momentos.
Mientras tanto, ETA seguía asesinando. Ni los comunicados de condena de los partidos democráticos ni los actos de repulsa que se organizaron para mostrar el rechazo contra aquellos atentados hicieron mella en la organización terrorista.
Unas horas después de la manifestación celebrada en San Sebastián el 3 de noviembre de 1980, que contó con la participación de 15.000 personas, un comando de ETA militar cometió un brutal atentado en el bar Haizea a las afueras de Zarauz y asesinó a cinco personas, cuatro guardias civiles fuera de servicio y otro cliente. El consejero de Cultura del Gobierno Vasco, Ramón Labayen sentenció al día siguiente: «Esta espiral de violencia nos lleva a la catástrofe».
Hace un par de años el Ayuntamiento de San Sebastián puso una placa con el nombre de Juan de Dios Doval en el lugar donde fue asesinado. El acto, sencillo y emotivo, contó con la presencia de su familia. El hijo del profesor asesinado se dirigió a los presentes y pronunció unas palabras que dan la medida de la altura moral de este hombre.
"Estamos aquí hoy como le hubiera gustado a mi padre, unidos y sin odio (...) si lo que buscaban al matarle, era que se les odiara, por lo menos en esta familia no lo han conseguido. Hemos seguido viviendo como a él le habría gustado. Intentamos ser la clase de personas que él habría querido que fuéramos y si en algo puedo contribuir a que la gente entienda que algo tan sencillo como que uno defienda la idea que le de la gana pero teniendo en cuenta que nadie merece ser asesinado, algo habremos avanzado".
La grandeza de las víctimas frente a la maldad y el cinismo de los monstruos. De los reales, de los que siguen viviendo entre nosotros y a quienes se blanquea cada día.









