Intervención de Alejo Vidal-Quadras en Barcelona el 12 de octubre de 2026 para conmemorar en Barcelona la Fiesta Nacional y el Día de la Hispanidad
Intervención de Alejo Vidal-Quadras, presidente de la Fundación Foro Libertad y Alternativa y ex vicepresidente del Parlamento Europeo, en la manifestación celebrada en Barcelona el 12 de octubre de 2026 para conmemorar la Fiesta Nacional y el Día de la Hispanidad bajo el lema “Unidos por Ceuta”.
Muy buenos días a todos
Molt bon día a tothom
Hace ya quince años que las entidades convocantes de esta multitudinaria manifestación patriótica llaman a la ciudadanía catalana a celebrar el 12 de octubre, Fiesta Nacional de España y también Día de la Hispanidad. Esta mañana volvemos a encontrarnos en el centro neurálgico de Barcelona, en esta ocasión bajo el vibrante lema “Unidos por Ceuta”, sí, Ceuta, enclave de España al otro lado del Estrecho, del que afirmamos que ha sido, es y será siempre español. Lo repito, Ceuta ha sido, es y será siempre española. Lo repito para que lo oigan bien el sultán que vive en Rabat y el aspirante a sultán que habita, aunque ya le queda poco, en La Moncloa.
Estamos en Barcelona. ciudad natal de muchos de los que nos hallamos hoy aquí reunidos y recordamos que fue no hace tanto tiempo una grande y vibrante urbe española, lamentablemente en trayectoria descendente desde que ha caído en manos de los que han reemplazado sus características tradicionales, la apertura, la cordialidad, el talento, la creatividad, el vanguardismo, el dinamismo, el cosmopolitismo y el emprendimiento por la exclusión, la mediocridad, el rencor, el fanatismo, el revanchismo, la insolidaridad y el repliegue, en pocas palabras, la relevancia por el declive. Es bueno recordar la Oda a Barcelona de Pere Quart: “Barcelona, no cantis, ausculta aquest cor teu que s´escarrasa a batre”. Hoy el corazón de la Ciudad Condal ya no late como antes fuerte y alegre, se agita débil y arrítmico, encerrado en sí mismo y sufre los efectos de un nacionalismo separatista y golpista que la degrada y la envilece.
Por eso en esta hora amarga de nuestra venerable y atormentada Nación, es más necesario que nunca afirmar la verdad sobre España, su gigantesca obra global que configuró la historia del mundo tal como lo conocemos, que incorporó un continente entero a la civilización occidental, es decir, al cristianismo, a la ilustración y al pensamiento racional, que le dio una lengua y una literatura universales, que lo sembró de catedrales, hospitales, universidades, puertos y vías de comunicación y que erradicó la barbarie sangrienta de imperios opresivos para implantar el respeto a la dignidad humana tratando a los americanos precolombinos como súbditos de la Corona, con los mismos derechos que un natural de Valladolid, Toledo o Sevilla. España nunca tuvo colonias al otro lado del Atlántico, a diferencia de otras potencias europeas que jamás se mezclaron con los pueblos originarios, creó nuevas Españas en las que las distintas etnias se fundieron en un abrazo que generó un mestizaje fecundo y vital. Basta pasearse por las calles y plazas de Méjico, Venezuela, Colombia, Perú, Chile o Cuba para comprender que las acusaciones extemporáneas de algunos exigiendo que pidamos perdón por sucesos acaecidos hace cinco siglos no tiene más fundamento que la demagogia más burda y el electoralismo barato. Además, tiene guasa que estos absurdos requerimientos los formulase un presidente con nombre y apellidos inequívocamente españoles y que una presidenta cuyos padres llegaron a Méjico bien entrado el siglo XX procedentes de Lituania y Bulgaria hable en nombre de los aztecas. Esperemos que no le dé por imitar sus costumbres.
Conciudadanos catalanes, las naciones, como los seres humanos, nacen, se desarrollan, alcanzan su culminación, se debilitan y pueden perecer. La experiencia acumulada durante siglos ha demostrado que la base principal de la seguridad, la prosperidad, la convivencia armoniosa y el nivel moral de las sociedades humanas no depende ni de la abundancia de recursos naturales, ni del clima, ni de la geografía ni de la genética, las naciones tienen éxito o fracasan en función sobre todo de la calidad de su estructura institucional. Por eso las últimas dos décadas de nuestro devenir colectivo como españoles han sido tan decepcionantes, tan alarmantes, tan inquietantes y frustrantes. Hemos asistido impotentes a quince años de destrucción sistemática del legado de la Transición, del Estado de Derecho y de la armonía social y a siete de pasividad dolosa frente a tales desmanes.
Ninguna Nación puede sobrevivir si su Gobierno está en manos de sus enemigos interiores y exteriores y esta es, para nuestra gran desgracia, la situación en España actualmente. Un Gobierno de España y una mayoría parlamentaria sólo cohesionados por la voracidad y el odio sectario que trabajan contra la Nación por la que deberían velar, un Gobierno que desmiembra nuestra unidad nacional, que permite la invasión de nuestro territorio, que nos arruina endeudándonos irresponsablemente, que ataca a los jueces, que margina al Parlamento, que abre viejas heridas ya cicatrizadas para echar en ellas la sal de la división y el enfrentamiento, que construye muros y fomenta el desorden, que miente más que habla y se engolfa en la corrupción, un Gobierno únicamente atento a mantenerse en el poder aunque sea a costa de la paz civil, del bienestar, del futuro e incluso de la existencia misma de España. Ante este panorama desolador, cabe preguntarse qué espera la oposición para poner en marcha en el Congreso el procedimiento por traición previsto en el artículo 102 de la Constitución. ¿Qué más tiene que pasar para que llamemos a las cosas por su nombre? Digámoslo alto y claro, no es sólo pésima administración, saqueo del dinero público, vulneración de la Constitución, secuestro de las instituciones y maniqueísmo desatado, es mucho más dañino, es algo letal y despreciable, lo que este Gobierno está cometiendo es pura y flagrante traición.
Sin embargo, no debemos volver a nuestras casas presos de la desesperación y mucho menos de la resignación. Dentro de siete semanas tendremos la oportunidad de cerrar una etapa oscura de retroceso material, de resquebrajamiento social y desmantelamiento moral para iniciar un tiempo nuevo de recuperación, de reconstrucción y de cohesión. España, nuestra gran Nación, tiene un potencial inmenso en todos los órdenes que hemos de aprovechar al máximo y hacer florecer. Esa es nuestra misión y nuestra obligación como españoles. Como en otras ocasiones dramáticas de nuestra historia, estamos en el límite antes de caer en el abismo. Es en momentos de zozobra como los que atravesamos que conviene tener presente los versos de Borges: “Entre las cosas hay una de la que no se arrepiente nadie en la tierra. Esa cosa es haber sido valiente”. Seamos, pues, valientes. El 29 de noviembre no podemos fallar. Y no fallaremos.









