La «cumbre del horror» sanchista en Barcelona
Pedro Sánchez ha convertido Barcelona en el escenario de una maniobra de distracción masiva. Bajo el rimbombante nombre de cumbre progresista, el presidente del Gobierno busca desesperadamente un foco internacional que opaque la cruda realidad nacional. La corrupción que acecha a su entorno familiar, al PSOE y a los cimientos de su propio Ejecutivo es un ruido ensordecedor que Moncloa pretende acallar con una puesta en escena de cartón piedra.
La nómina de asistentes parece más una antología del populismo más trasnochado que un cónclave de estadistas serios. Contar con la presencia de Axel Kicillof, representante del peronismo más radical que ha llevado a Argentina a la deriva económica, es toda una declaración de intenciones. Sánchez se siente cómodo entre aquellos que entienden la gestión pública como un cortijo personal y la economía como un experimento de ingeniería social fallido.
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