La indignación de las viudas de los agentes de Tráfico de Navarra asesinados por ETA
La indignación de las viudas de los agentes de Tráfico de Navarra asesinados por ETA
Entre las 42 víctimas mortales que ETA se cobró en Navarra, hay dos agentes de la Guardia Civil de Tráfico, asesinados el 21 de agosto de 1988. José Antonio Ferri Pérez y Antonio Fernández Álvarez pertenecían al cuerpo que tendrá que abandonar Navarra la próxima primavera tras el pacto del Gobierno con EH Bildu para transferir las competencias de Tráfico a la policía foral.
«Ha sido como volver 40 años atrás, estoy con un ataque de ansiedad, esto no se puede consentir», dice sobre la noticia Pilar Hernández, la viuda de Antonio, quien nos atiende unos segundos y nos emplaza a hablar más tranquilamente media hora después . No vuelve a descolgar el teléfono. Desde Anvite, la Asociación Navarra de Víctimas del Terrorismo de ETA, quienes nos han facilitado su contacto, nos trasladan que se ha puesto muy nerviosa, que no tiene fuerzas para hablar.
Manoli Resa, la otra viuda, también dice «dos días con el cuerpo revuelto». Cuando le preguntamos cómo se ha tomado que la Guardia Civil de Tráfico tenga que abandonar Navarra, nos lee la frase que se ha preparado: «Es indignante esta concesión a una minoría de Bildu, herederos de ETA, mancillando la memoria de los guardias civiles asesinados». Lo ha escrito anticipadamente, explica, porque quiere medir sus palabras, ser comedida. «Por decir, imagina lo que yo diría, pero no podemos perder la calma. Hablo demasiado suave para lo que se merece el Gobierno».
Los etarras apretaron el botón a las 07.30 horas del domingo 21 de agosto de 1988 al pasar el vehículo en el que patrullaban los dos guardias civiles de Tráfico por el número 47 del Paseo de la Inmaculada de Estella, donde habían estacionado el coche bomba. Estaba cargado con 25 kilos de explosivos y 40 de metralla. Antonio Hernández –salmantino de 35 años, dos hijos de 10 y 6 años– y José Ferri –natural de Ibi (Alicante), 34 años, tres hijos de 10, ocho y tres años– fallecieron en el acto.
Tres días antes, ETA había emitido un comunicado que proponía una nueva negociación. Tendía la mano un jueves para el viernes cometer dos atentados, en Vergara (Guipúzcoa) y Aracaldo (Vizcaya), y el domingo este de Estella. Todos contra la Guardia Civil.
Manoli cuenta que su marido, José Ferri, sabía que lo iban a matar. «Él me lo comentó una semana antes: 'Sé que me van a hacer algo'. No fue claro, quería ocultarme su preocupación, pero su actitud cambió. Yo decía: 'Hay una barba que me sigue que no me gusta'. El día antes de morir no cenó y se tiró toda la noche sin dormir. Sabía que lo iban a matar. Fue valiente de ir a trabajar, otro se hubiera dado de baja».
Más tarde supo de la conversación que Antonio y él mantuvieron en la gasolinera donde pararon poco antes de morir. «Antonio fue a comprar un número de los ciegos [de la ONCE] y él le dijo: 'No lo comprimir, porque ni tú ni yo vamos a estar más en esta vida'. Esa fue la clave para armar yo el rompecabezas».
Mientras Manoli –29 años entonces– y Pili –31– velaban los cadáveres en el salón de plenos del Ayuntamiento de Estella, la corporación municipal se reunía para condenar el atentado. Así lo hicieron todos los concejales, con la excepción de Patxi Lage, de HB, que sólo dijo que se sintió apenado. Rosa López, alcaldesa entonces por la Agrupación Independiente de Estella, de centro derecha, lo destituyó.
Al día siguiente, 5.000 personas se manifestaron bajo el lema «Estella por la paz». Las crónicas de la época recogen que el atentado utilizó un enorme impacto, no sólo porque era el primero que sufría la localidad, sino porque los desaparecidos eran muy apreciados por los vecinos. «Estos dos guardias civiles arriesgaron recientemente sus vidas en el incendio que se declararon en una discoteca, cerca de donde cayeron asesinados», recogió la prensa.
Tras el atentado, Manoli y sus tres hijos se marcharon a su pueblo, Linares (Jaén), para regresar un año después a Navarra. «El presidente Urralburu [Gabriel Urralburu, PSNPSOE] me ofreció buenas condiciones, ayudaba con los estudios de los niños, vivienda, y me marché. Pensé que los niños tenían allí mejor futuro que en el pueblo», cuenta.
«Pero a los dos años, a Herri Batasuna le dio por amenazarme al niño, que tenía cuatro años, y me vi que marchar. Me llamaban al timbre y me decían: 'Vamos a matar a su hijo, usted tiene un hijo con los ojos azules, rubio...'. Iba escoltada al colegio, tenía el teléfono pinchado... Dije: 'No se va a repetir, no le va a pasar lo mismo al niño que a su padre'». Ese niño, de 36 años hoy, viaja todos los 21 de agosto a Estella y pone flores en el lugar donde mataron a su padre.
En 1992, Germán Rubenach, miembro del comando Nafarroa, fue juzgado en la Audiencia Nacional y absuelto por falta de pruebas.
«Hay que pensar en las familias que han hecho su vida allí, que han echado raíces allí, que tienen hijos mayores...», dice Manoli sobre los 200 compañeros de su marido que tendrán que dejar Navarra.
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