La Tolerancia nunca ha tolerado el terror

10 - 11 - 2008 / Iván Tubau, EL MUNDO

La Tolerancia nunca ha tolerado el terror

Este último fin de semana el Institut Français de Barcelona (IFB) ha acogido el séptimo ciclo de cine organizado por la Asociación por la Tolerancia (AT). Un ciclo que es lo opuesto del ombliguismo institucional u oficioso del nacionalismo catalán y sus medios de incomunicación: la casa nostra, el mapa del temps de TV3, els Països Catalans, la Catalunya Nord...

En el IFB: Buda, de la iraní Hana Makhmalbaf (una niña de seis años acosada por el fundamentalismo religioso); Le mur (Bélgica destruida por los nacionalismos); Las voces de Antígona (madres, hijas y esposas vascas de víctimas del terrorismo); Persépolis (una chica que huyendo del islamismo es tomada por islamista en Austria); Grbavica (de nuevo el maldito nacionalismo, ahora en Bosnia); Agustín Ibarrola, entre el arte y la libertad, de Iñaki Arteta (el título es bien explícito); Sin destino, de Lajos Koltai (basada en la novela autobiográfica de Imre Kertész, deportado a Auschwitz en 1944)...

¿Tienen a estas alturas sentido la AT y sus ciclos de cine? El año pasado, al recibir el premio Tolerancia, Mario Vargas Llosa dejó muy claro que la AT tendrá pleno sentido mientras la tierra acogedora, cosmopolita, viva, creativa y alegre que en los últimos años del funesto franquismo fue Cataluña -y de modo especial Barcelona- siga convertida por mor del totalitarismo nacionalista en un ámbito hosco, excluyente y obsesionado con esa sandez llamada identidad nacional, es decir colectiva. Que, al igual que Dios, no existe -aquícito a Saramago-, lo cual no impide al factor Dios y al factor nación seguir haciendo daño.

En cuanto al ciclo, estaría plenamente justificado aunque sólo fuera por haber dado ocasión de ver -unos de nuevo y otros por primera vez- esa lección espléndida que es Todos estamos invitados. Lo que nos dice la película de Manolo Gutiérrez es que lo más grave del totalitarismo es que genera complicidades y por eso resulta tan difícil luchar contra él, extirparlo de la sociedad donde gobierna o se desarrolla.

En Cataluña el totalitarismo gobierna. En el País Vasco, mata.Evidentemente, matar es lo peor. Pero si ETA puede seguir matando es porque quienes gobiernan allí no hacen cuanto debieran para impedirlo. Y porque los ciudadanos -quienes constituyen excepción arriesgan mucho- vuelven la cabeza cuando ETA mata. Callan, mayormente por miedo. Miedo porque saben que parte de la población -pongamos el 10%- vota a quienes matan. Y quienes matan saben que esos les seguirán votando si siguen matando. Diez por ciento ya es mucho. Pero es que, además, los gobernantes comparten explícitamente con los asesinos y sus votantes la misma sandez: la presunta identidad colectiva, enemiga principal de la libertad y la democracia, por decirlo con palabras de Vargas Llosa. Será más tajante si me lo permiten: la identidad colectiva contraviene de raíz el Estado de Derecho, o sea, el logro principal de la razón civilizada.Gracias, AT, por este ciclo.

Iván Tubau, itubau@telefonica.net