Parlamento de José Domingo
Discurso de Pepe Domingo (Vicepresidente de la Asociación por la Tolerancia) en la entrega del XI Premio a la Tolerancia.
"LOS CONFEDERALES, LA LENGUA Y EL ESTADO".
La celebración del Premio a la Tolerancia se ha hecho esperar. Este es un premio al que prestigian sus galardonados y el año pasado fue otorgado a Antonio Muñoz Molina, acto seguido el Gobierno lo nombró Director del Instituto Cervantes en Nueva York. No está descartado que exista relación causa-efecto entre los dos acontecimientos. La toma de posesión del nuevo cargo le impidió acudir a recoger nuestro premio. Ya se le ha hecho llegar, y Muñoz Molina ha prometido que uno de sus primeros actos públicos cuando regrese de Estados Unidos, será reunirse con nosotros. Hoy sí está Arcadi Espada, de manera que aquellos que creíais que era un blog virtual, podéis comprobar que, a pesar de que su capacidad de trabajo pudiera hacer pensar lo contrario, es humano. A la vista de los antecedentes, ahora debe estar un poco inquieto, a la espera de saber cual es el nombramiento que le tocará en suerte una vez tome contacto con el premio a la Tolerancia. Arcadi, que sepas que, como mínimo, tienes garantizada una estancia larga en Nueva York, como nuestros últimos premiados, consulta al respecto con Baltasar Garzón y con A. Muñoz Molina.
En estos dos años de ausencia, hemos vivido y sufrido mucho. España fue desestabilizada con el zarpazo terrorista más grave de su historia, el Gobierno del PP naufragó y en el ámbito "més casolà" CiU fue forzada a dejar el poder en Cataluña. Ahora, son los republicanos catalanes, los del burro que dice no, quienes condicionan la política nacional y autonómica. Tantas cosas han pasado que es imposible resumirlas ni siquiera sumariamente, por lo que me ceñiré a los problemas de más reciente actualidad que nos tienen ocupados y encandilados.
La Asociación por la Tolerancia, a partir de la ruptura de la tregua de ETA se comprometió activamente en la lucha cívica contra el terrorismo. Su grado de implicación le llevó a suscribir, como integrante de la Plataforma Libertad, el Pacto por las Libertades y contra el terrorismo. Lo hicimos por convicción, creyendo firmemente que la unidad de los demócratas era el mejor antídoto contra los violentos y ha quedado probado que la reducción del campo de acción de los asesinos y de sus avalistas y el rechazo a las "salidas dialogadas" ha sido realmente eficaz. De ahí que consideremos que la discrecionalidad política no lo permite todo y defendamos que la utilización de la coacción sobre los ciudadanos y España en su conjunto no debe nunca resultar rentable.
Quede claro, por lo tanto, que en este frente por lealtad y por sentido común estamos con nuestro Gobierno, al igual que también lo estuvimos con el anterior. Y por eso, porque queremos ayudarle a liberarse de las ataduras y aflojar las presiones de aliados que sabemos poco fiables -los conocemos muy de cerca- recorreremos el cuatro de junio las calles de un Madrid que no queremos ensangrentado.
Hablando de aliados poco fiables, la piedra de toque del cambio de rumbo de la política española es el nuevo Estatuto de Cataluña. Otra vez la pesadilla nacionalista pegada a nuestras vidas como una segunda piel. A diferencia del cuento infantil del pastor y el lobo, hemos dado muchos gritos de aviso: "!Qué vienen los confederales!". No bromeábamos pero se nos ha tomado poco en serio. La persistente lluvia fina nacionalista, acompañada a veces de impetuosas tormentas, amenaza con desbordar el consenso constitucional con Declaraciones suscritas en diversas localidades (Barcelona, Estella, Vitoria, Santiago...) y conceptos que se incorporan al Boletín Oficial del Estado plurinacional, plurilingüístico y plurinosequemás. La Confederación, como aquella canción que hablaba de la televisión, pronto llegará sino se pone remedio. Parecía fruto de la evanescencia de políticos obsesionados con la identidad y empieza a adquirir consistencia en un espectro con aspecto de norma que de aprobarse con la colaboración de aquellos otros en los que alguna vez hemos confiado, hará caer a Cataluña en la cárcel de la insolidaridad y de la desigualdad y pondrá los cimientos para acabar con la España de los ciudadanos.
Son tiempos de encrucijada, algunos los llaman de segunda transición, y "els nostres polítics" están errando el camino. La cantinela del Estatut con la añagaza de la financiación comienza a hipnotizar a la sociedad catalana. Para evitar caer en el sueño profundo, que en este caso no va a ser reparador, es necesario que los amagos de reacción que se advierten en su seno -algunos de sus protagonistas están hoy con nosotros- cuajen con fuerza y unidad y sirvan de verdad de despertador de conciencias.
¿Cómo permanecer impasibles ante un texto que retuerce como una bayeta la legalidad constitucional para definir a Cataluña como Nación? ¡Ojo!, no estamos ante un recurso retórico o ante un debate nominalista. Se trata del cambio absoluto de escenario. Los independentistas han sido muy claros: la próxima estación -el Estatuto con o sin financiación- no es el final del trayecto. La locomotora está arrastrando a todos los vagones hacía el precipicio y ante lo evidente del peligro, los ciudadanos tendremos que tirar de la alarma para frenar el tren.
¿Cómo seguir mudos ante un cuerpo normativo que quiere incorporar como deber ciudadano la obligación de conocer el catalán, un idioma que es tenido como primera lengua por cuatro de los cuarenta y dos millones de españoles? El modelo lingüístico propuesto proclama que la lengua catalana es la única lengua oficial de facto en el territorio y pretende amoldar la sociedad bilingüe a ese imperativo. ¿Por qué lo hace? Porque la lengua única es el instrumento necesario para allanar el camino hacía la confederación. Que nadie se confunda, no se trata de fomentar el conocimiento de la lengua catalana, sino de levantar muros lingüísticos entre los españoles. De aprobarse ese Estatut sólo serán formal y completamente catalanes los que sepan la lengua catalana y es necesario recordar que adquieren la condición política de catalanes los españoles a partir del empadronamiento en Cataluña. Si en sede parlamentaria y sin norma que lo ampare, "els nostres polítics" han considerado al idioma catalán como "el identificador único de la literatura catalana", - repárese en que han acentuado el único- , de forma que sólo los escritores que escriban en esta lengua representarán a la Generalitat en la Feria de Frankfurt, ningún inconveniente tendrán para que esta cualidad se convierta en el condicionante que limitará la vida de muchas personas. Parece imposible que el cumplimiento del deber lingüístico sea requisito para elegir o ser elegido en procesos electorales, para trabajar en el espacio laboral catalán, para la consecución de subvenciones o el reconocimiento de prestaciones sociales. No lo descartáis, está en la mente de los que quieren incluir preceptos de este tenor. Si han sido capaces de tanto sin contar con el amparo de la norma, qué no serán capaces de hacer cuando tengan el precepto-talismán que tanto han perseguido. El instrumento de la coacción se convertirá en práctica usual. ¿Es qué alguien cree que preocupados como están por la "desnacionalización que conlleva la inmigración" no se atreverán a expulsar o a impedir la entrada de aquellos que no cumplan con sus deberes lingüísticos.
La solución al problema territorial español no pasa por construir los espacios estancos que persiguen nuestros confederales "sudistas", sino por la España aireada, la de la libertad para sus pobladores, cohesionada y solidaria, en la que prima el valor de la ciudadanía.
En este contexto, quiero decir que ya estamos echando en falta a Juan Ramón Lodares, nuestro lingüista de cámara, "a quien tanto queríamos" y que hace poco más de un mes cometió la insensatez de dejarnos huérfanos, tan joven. Arcadi lo definió bien, era "uno de los nuestros" y en su memoria, cuando llegue el cárdeno otoño le rendiremos un homenaje con el estudio de su intensa obra. Estáis invitados.
En fin, ya lo dijo el poeta, "!Qué difícil es cuando todo baja no bajar también!" En estos tiempos de resistencia, no debemos dejarnos arrastrar por la corriente, sino también intentar subir.
Muchas gracias,
José Domingo, Barcelona, 28 de mayo de 2005.








