Una habitación con vistas a la vida de los otros

10 - 10 - 2009 / Félix Ovejero, Asociación por la Tolerancia

 

Una habitación con vistas a la vida de los otros

No hay tolerancia si todo nos da lo mismo. Toleramos lo que nos molesta o lo que no nos parece bien.  No hay tolerancia sin prioridades. Quien la practica cree que hay cosas más valiosas que la satisfacción de sus deseos. Porque queremos tener una buena relación con los otros o porque consideramos importante que cada cual lleve su vida como quiera, toleramos acciones que nos molestan y que, desde luego, jamás realizaríamos nosotros.

El que se burla o desprecia a quienes no están cortados con su mismo patrón lo único que confirma es su provincianismo La tolerancia, como las demás virtudes, se cultiva y se entrena. Quien no se expone a distintos modos de ir por la vida no tiene ocasión de practicarla. No toleramos al idéntico a nosotros, sino al diferente. Es improbable que prospere en un convento o en un cuartel, como es improbable que los sedentarios desarrollen la musculatura. El que ha vivido en Nueva York sabe que hay modos bien diversos de estar en el mundo. Algo importante. Quien conoce otros modos de vida puede tasar mejor la suya. Ponderamos nuestras elecciones sobre el contraste de otras posibilidades. Incluso para saber que hemos decidido con buen criterio, para valorar exactamente el alcance de lo que elegimos y de aquello a lo que renunciamos.

Desgraciadamente nuestra posibilidad de conocer directamente otras vidas es muy limitada. No podemos andar de aquí para allá, tenemos recursos escasos y, desde luego, no podemos viajar en el tiempo. Nos queda, eso sí, la posibilidad de echar mano de la imaginación y del lenguaje, que nos permite hablar de realidades que no experimentamos. De la ciencia y del arte. La pantalla de una sala de cine ha sido para muchos de nosotros una habitación con vistas a Nueva York. Un pequeño laboratorio de tolerancia.  Un campesino que nunca había salido de su aldea conoció la triste vida de un oficinista neoyorquino al que su jefe le pide el apartamento para sus aventuras amorosas. Una mujer que no había visto el mar compartió la angustia de la tripulación de un submarino. Un anciano de la India supo lo que era la infancia de un adolescente parisino hostigado por su familia. Gentes rubias criadas entre gentes rubias vieron por primera vez a un negro.

El arte nos permite ampliar nuestras experiencias y, entre ellas, muy fundamentalmente nuestras experiencias morales. La tolerancia es una virtud que se nutre de nuestra capacidad imaginativa. Entendemos las fragilidades y las alegrías de personas que nunca podríamos conocer. Lo dijo Aristóteles para la tragedia y, sin cambiar una coma, sirve para el cine: al propiciar ciertas emociones, como la piedad y el temor,  nos acerca a los otros, nos recuerda que estamos expuestos a sus mismos infortunios y a sus mismos retos y que sus errores no son tan distintos de los nuestros. Hay placer, por supuesto, pero también enseñanza moral y ciudadana, herramienta provechosa para aclararse uno y entender a los otros. Y cuando no llegamos, cuando no somos capaces de acercarnos a los otros, es que rozamos los límites de la tolerancia, de lo que podemos compartir.

Félix Ovejero Lucas