Una ventana abierta a la esperanza
Se ha hablado mucho, y tendremos que seguir haciéndolo, de aquellos que dieron un paso al frente y decidieron movilizarse por la paz. Su papel nos reconcilia cada vez que miramos a nuestro pasado. Pero hoy, trece años después, quiero reivindicar también el papel de la minoría anónima que se negó a agachar la cabeza. Personas que, cada una desde su papel ciudadano, decidieron renunciar a caminar al ritmo que nos imponía el miedo. Personas que no cerraban sus ventanas al paso del cortejo fúnebre de un policía o un concejal asesinado; las dejaban abiertas, con la luz encendida para mostrar su apoyo y su hastío. Mínimo mensaje anónimo que arropaba a las víctimas en su duelo. Pequeños gestos que pretendían romper el atronador silencio de una sociedad anestesiada.
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