A la mierda los países de nuestro entorno
A la mierda los países de nuestro entorno
Hace unos años, Aurelio Arteta, uno de nuestros filósofos más íntegros, que es como decir más genuinamente filósofo, autor de Mal Consentido. La complicidad del espectador indiferente, la mejor anatomía moral de la obscena ciudadanía vasca, publicó Tantos tontos tópicos, un libro que debería formar parte de las lecturas obligatorias de políticos y opinadores. Arteta hacía un minucioso análisis de la vacua palabrería que por aquellos días circulaba en la política fungiendo como argumentos: todo es relativo; mi cuerpo es mío; todos queremos la paz; solo cumplo con mi deber; la vida es el valor supremo; todos somos culpables; respeto sus ideas pero no las comparto y otras baratijas similares.
Una nueva edición de aquel libro debería incluir otra imbecilidad cada vez más frecuentada: la apelación a cómo son las cosas en «los países de nuestro entorno». Apenas vale la pena entretenerse en sus variantes tramposas, como sucedió con la justificación de la eliminación del delito de sedición amparándose en la cochambrosa artimaña de su dispar denominación en los distintos países. Según este razonamiento, los ingleses ignoran las naranjas porque ellos comen oranges; y los franceses no disponen de redes ferroviarias porque ellos se han quedado en los chemins de fer. No mucho más tiempo cabe dedicar a recordar que no hay un promedio estadístico de los países de nuestro entorno o que las diferentes circunstancias entre países impiden las copias incondicionales: no parece sensato tomar Suiza como guía al elaborar nuestra ley de costas.
Lo peor del supuesto argumento es que incapacita para valorar y mejorar la vida compartida. Por un suponer, conjeturen sus implicaciones en los años treinta, cuando el fascismo y la violencia callejera señoreaban no pocos países europeos. Además, aplicado como principio, generalizado, que es lo debido con los principios, impide cualquier cambio o arreglo, esto es, niega la política, que, inevitablemente, tiene como objetivo intervenir en el mundo para ordenarlo cabalmente. Tomado en serio, todos cromañones a perpetuidad. La conquista de los derechos comenzó cuando un revolucionario se olvidó de los reaccionarios países de su entorno. De otro modo, no existiría el sufragio universal, la homosexualidad seguiría penalizada, las criaturas llenarían las fábricas y las jornadas de trabajo se extenderían al fin de semana.
Eso sí, lo que son las cosas, paradojas de la vida, sospecho que, cuando invoca «el principio», el déspota por una vez no miente: seguimos fielmente el modelo -cada vez más extendido- de eso que se da en llamar democracias iliberales. Por cierto, que ya puestos, y por dar ideas, con democracias iliberales, populismo, competencia, centrismo, neoliberalismo y otros sintagmas parecidos también se podría preparar un ensayo sobre sintagmas de escaso valor -y poca precisión- en la teoría social, que han alcanzado su irremediable degradación cuando han comenzado a circular sin control en los tóxico territorios de la opinión pública.
¡Cuántos Artetas nos hacen falta!
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