A qué llamamos romper España

12 - 09 - 2024 / JUAN CLAUDIO DE RAMÓN - EL MUNDO (SUSCRIPTORES)

NINGUNA de las voces que han salido a la palestra a defender el traspaso al Gobierno catalán de la entera recaudación tributaria en Cataluña se priva de la habitual mofa autosuficiente: al pacto solo se oponen los agoreros que asustan al personal con la infundada y risible consigna de «España se rompe». El razonamiento, si cabe llamarlo así, es como sigue: si crees letal para el Estado -cualquier Estado, también uno federal- que deje de recaudar impuestos en el 20% del territorio, el problema lo tienes tú, que eres un exagerao y un rancio -adjetivo invariable- nacionalista español. En realidad, entre constitucionalistas, y aun entre quienes pueden con propiedad ser llamados nacionalistas españoles, rara vez se usa el sintagma. Más frecuente es leerlo en la prensa oficialista para escarnecer a aquel que exprese el temor de que el raquitismo competencial del Estado y la acumulación de poder en el nacionalismo subestatal deshagan cuanto es común español. (Y lo común es el fundamento de lo público, aunque esto parecen no entenderlo muchos).

Ciertamente, los que se ríen del «España se rompe» saben de qué está permitido reírse y de qué no. Supongamos que decir que «España se rompe» sea, en efecto, una exageración. No sería más tremenda que alegar que si gobierna la derecha las mujeres perderán sus derechos, los gais volverán al armario, la democracia se irá al garete o el planeta morirá. Exageraciones de curso corriente que el analista á la page se cuida mucho de ridiculizar, no porque no sean ridiculizables, sino porque sabe bien cuáles son los idolafon con los que es mejor no meterse. (Por la misma razón, las jeremiadas sobre la nación catalana o la vasca también quedan fuera de su sagaz escrutinio). Cabe preguntar, por otro lado, qué idea de país manejan los que quitan importancia a la erosión constante del gobierno común. ¿Creen que España es una sustancia irrompible y no la realidad histórica contingente que es? Aunque peor es su teoría del Estado: sería este como el bolso de Mary Poppins, del que se pueden sacar competencias para traspasar de manera indefinida sin que merme o desaparezca. Da lo mismo ocho que ochenta. ¡Aznar también lo hizo!

Es hora de aclarar a estos irónicos comentaristas que, cuando leen algo que a ellos les suena a «España se rompe», por lo general quien lo escribe no piensa en un trozo de mapa que se rasga con estruendo. Piensa en la desigualdad ante la ley, en los obstáculos a la movilidad y en la merma de solidaridad entre territorios. Piensa en la incapacidad autoinfligida de afrontar retos juntos. La España que se rompe es la que multiplica su potencial porque actúa unida, la que trata igual a todos sus ciudadanos y les permite escapar de los celadores de la identidad. La España que no se rompe es la ensalada aspérrima de pueblos que no creen tener nada en común y en riña perpetua por las migajas de una riqueza abortada: una España de tan poco valor añadido que, si un día se rompiese de verdad, no serían muchos quienes lo lamentasen.

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