Ante el atentado a Salman Rushdie
Rushdie y los cocodrilos
CUANDO Jomeini pidió la cabeza del escritor Salman Rushdie muchos de sus colegas lo trataron como a un apestado. Un aguafiestas, que obligaba a cachear a los invitados y a pasear chuchos para olfatear bombas entre los canapés. Después de recibir varios avisos de muerte una de las principales cadenas de librerías de EEUU retiró Los versos satánicos de los estantes. Como demuestra nuestra complicidad con el mundial de Qatar, un fiestón impresentable a mayor gloria de unos bandidos, el mercado es perfectamente compatible con las violaciones de los derechos humanos. Pero la indiferencia y la falta de coraje no son patrimonio exclusivo de los empresarios. Entre los intelectuales, que tanto gustan de presentarse como campeones de la bondad universal, abundan los reyes de la adversativa, comemierdas sin aditivos. Hay excepciones, claro: en 1989, en un acto del Pen Club y el Sindicato de Escritores, Norman Mailer pidió que todos los actos literarios comenzaran con la lectura de unos párrafos de Los versos satánicos. Si los fanáticos querían colocar una diana entre las cejas de los escribas resultaba imperativo emular a los colegas de Kirk Douglas en Espartaco y dar la cara. El autor de Los desnudos y los muertos temía que los grupos fundamentalistas en Estados Unidos, envalentonados por el silencio del gremio, ensayaran los mismos métodos con el resto de escritores, periódicos, librerías, etc.
Respecto a los cómplices, recuerden los siniestros comentarios de Saramago cuan-
do desde los Himalayas al Sáhara pedían el asesinato de unos dibujantes daneses. O el papelón que hicieron Junot Díaz, Peter Carey, Rick Moody, Joyce Carol Oates o Wallace Shawn cuando el Pen Club honró a los supervivientes de Charlie Hebdo con el premio Toni and James C. Goodale a la Libertad de Expresión. Para Díaz y el resto de luminarias celebrar a los irreverentes dibujantes fomentaba la islamofobia y era un insulto para los musulmanes de París o Marsella, «una población de por sí marginada, golpeada y victimizada, víctima del legado colonial francés».
Las veces que vi a Rushdie en Nueva York, en dos saraos literarios, me sorprendió su aparente despreocupación. Ahora sabemos que no iba con escolta. Había recuperado su vida en la ciudad de las libertades, con la estatua de los desposeídos y los prófugos que brilla a los pies de Ellis Island. Pero el fanatismo nunca descansa, mientras los pastores del rollo multicultural, enemigos de la palabra sin bozales, derraman ahora sus asquerosas lágrimas de cocodrilo.
JULIO VALDEÓN - EL MUNDO (PREMIUM)
Salman y Bridget
MIENTRAS Salman Rushdie se desata del respirador con un ojo polifémico y cicatriza sus heridas que pronto serán símbolo de vida y no de muerte, son muchos los artículos que recuerdan el triste papel de tantos intelectuales, desde conservadores hasta marxistas, que consideraron al escritor culpable de ofender a los musulmanes cuando en 1989 fue condenado a muerte a cobro revertido por Jomeini. Sin embargo, nadie incide en la cuestión capital, que trasciende al atentado en sí, del asunto: ¿Alguien publicaría hoy Los versos satánicos?
Los antecedentes invitan al pesimismo, por no decir al no rotundo. El caso Rushdie es tan importante para nosotros porque con él empezó la censura preventiva a gran escala. Desde entonces la industria cultural y los poderes políticos y económicos actúan con una cobardía creciente, que hoy se llama «extrema prudencia», ante el integrismo islámico. No es que ahora las grandes editoriales se pensarían mucho la publicación de esta novela, sino que, como diría Christopher Hitchens, el más fiel amigo que tuvo Rushdie, es que ni siquiera se lo plantearían.
Por eso estamos hoy peor que en 1989. Occidente, ya rendido a la amenaza de la violencia, jamás volverá a asumir un riesgo así. Por eso Occidente cada día pinta menos.
Estamos peor que en 1989 porque hoy ninguna editorial publicaría 'Los versos satánicos' de Salman Rushdie.
El viernes a Rushdie no le apuñaló un joven, le apuñaló el miedo a la imaginación. Quizás por eso cuando supe de la noticia lo primero que pensé no fue en el escritor perseguido, sino en su meme de ficción. Rushdie hizo un divertido carneo en El diario de Bridget Jones (2001) en el que aparece en una fiesta de presentación de un libro. En sus pocas líneas de diálogo se suelta un par de frases pedantes ante Bridget y unos intensitos del círculo cultureta. Atorada, a ella lo único que se le ocurre para salvar su incomodidad es preguntar dónde está el baño. Pero lo mejor del sarao editorial sucede cuando fuera de plano y bajo el ruido de distintas conversaciones alguien pregunta al escritor cuánto hay de autobiográfico en su obra. «¿Sabe? Eso no me lo había preguntado nadie», responde.
Lo maravilloso del carneo no es que Rushdie interprete a Rushdie, sino que lo haga con unas palabras que no son suyas, sino del guionista Richard Curtís. La ficción, que lo había condenado por escribir una novela, es la que lo libera cuando se ríe de sí mismo, de lo absurdo de su castigo y de aquellos que lo desampararon.
Luego quizás estos mismos para ocultar la falta de valor en su defensa le darán el Nobel. Y aún así seguirán sin enterarse de lo que realmente importa.
JORGE BENÍTEZ - EL MUNDO (PREMIUM)
2022-08-15

La soledad de Rushdie
HAY QUE lamentar que un joven zelote lograse acuchillar a Salman Rushdie; hay que celebrar que Salman Rushdie haya sobrevivido. Se diría que ese día la muerte, como en aquella obra de teatro de Alberto Casella que Mitchell Leisen llevó al cine en 1934, estaba de vacaciones. Y pudiera ser que, como sucede en esa agridulce comedia del viejo Hollywood, se las hubiera tomado para averiguar por qué los seres humanos se aterran tanto a la vida. De ser el caso, habría encontrado en el propio Rushdie un enigma desconcertante: alguien que se ríe de sus verdugos en lugar de someterse al negro influjo de sus siniestras maquinaciones.
Yo mismo estaba de vacaciones cuando saltó la noticia y lo primero que pensé fue que habían atentado contra alguien que desde hace más 30 años no puede concederse ese vulgar placer anónimo; el escritor británico nunca ha dejado de oír la salmodia de unos muecines que no llaman a la oración sino al crimen. Pero enseguida le recordé -sublime burlón- haciendo de sí mismo en un episodio memorable de Curb Your Enthusiasm, la serie creada por Larry David, donde le ofrece consejo tras haberse dictado una fatua también contra él. Rushdie le recomienda que pierda el miedo y disfrute de las ventajas asociadas a su condición, entre ellas el «sexo de fatua» que llega por sí solo debido a la atracción que provoca el sujeto marcado por un peligro.
Ahora bien: en una sociedad occidental que con tanta frecuencia culpa a las víctimas reales de las agresiones que sufren y pierde el tiempo creando víctimas imaginarias de daños inexistentes, solo a Rushdie corresponde el mérito de su coraje. ¡Qué solo está! Recordemos la tesis que Houellebecq -otro valiente a su pesar- expone en Sumisión: el primer impulso del individuo es convertirse en súbdito plegándose a una certeza absoluta capaz de regir su vida. Esa certeza puede ser religiosa, pero también ideo-lógica; la pasión por encontrar un fundamento inamovible precede a religión y a la ideología: por eso nos sirve para explicar ambas.
Por suerte, las democracias liberales imponen la tolerancia; por desgracia, el fanatismo no desaparece. No hace falta ir a Twitter para encontrarlo: basta con fijarse en ese independentismo catalán que ha dado un espectáculo inolvidable durante la conmemoración del atentado yihadista de la Rambla. Y es que ayatolás -vistan túnica o no- hay en todas partes. ¡Aquí hasta les votamos!
MANUEL ARIAS MALDONADO - EL MUNDO (PREMIUM)
2022-08-20








