Asegura la Forcadell que tiene ideas
Asegura la Forcadell que tiene ideas
Carme Forcadell, erre que erre, le asegura a Pilar Urbano que fue condenada por sus ideas, como si sus ideas importaran, no ya a la justicia, sino a alguien en particular. Esa buena mujer, abuelita ya, debería saber que sus ideas -en caso de tener alguna, algo que parece más improbable a medida que abre la boca- no son ni las de Einstein ni las de Newton ni me temo, siquiera, las de mi gato. Sus ideas son morralla, señora, déjenos en paz, que a nadie interesan.
En el bar Cuéllar, hablo a veces con uno que estuvo en la cárcel a la vez que los líderes lacistas. Al hombre le pillaron conduciendo sin carnet no una ni dos veces, sino veintiuna, si algo no se le puede negar es perseverancia. Acabó en el trullo, claro. Aparte de lamentar que se tiró él más meses de cárcel que nuestros políticos, y que las condiciones de estos nada tenían que ver con las de los demás presos, me explicó que allí le daba clases una de las condenadas del procés . Y como Forcadell, venga repetir que estaba en prisión por sus ideas. Hasta que, supongo que harto de la tabarra, nuestro intrépido conductor le contó:
- No, señora, usted no está aquí por sus ideas. Si yo sólo hubiera pensado en conducir sin carnet, no estaría ahora en prisión, pero es que, además de pensarlo, lo hice. Usted no estaría aquí si se hubiera limitado a pensar en la independencia.
Podría parecer asombroso que un chaval sin estudios muestre así de fácil la cruda realidad a políticos expertos. No en Cataluña, dónde a la incapacidad de nuestros gobernantes, todos ellos analfabetos funcionales, se añade el victimismo inveterado. Tan fuera de la realidad viven, que no son pocos los que de verdad se han acabado creyendo que sus ideas les llevaron a prisión. Es lo que tiene habitar en un mundo onírico: confunden lo que imaginan con la realidad -léase republiqueta-, y a veces también toman por simples ideas lo que son hechos tangibles, léase delitos. Todo al revés.
Yo mismo, sin ir más lejos, pienso cada día en darle una paliza a más de uno y en tocarle el culo a más de una, actos más que justificados en uno y otro caso, al menos según mi criterio. Y la justicia no ha iniciado ningún procedimiento en mi contra. Si los Forcadell, Junqueras, Romeva y compañía se hubiesen limitado a mirar a una urna con deseo procaz, no habrían pisado la cárcel. Tomen ejemplo de mí, que no meto mano ni para pegar ni para palpar, y de esta manera tan sencilla he vivido feliz y en libertad mientras ellos purgaban las penas en la sombra. La imaginación es libre, al menos hasta que se ponga en marcha la ley que nos prohibirá las miradas impúdicas, es decir, que va a castigar los pensamientos. Entonces sí que se poblarán las cárceles de reclusos por sus ideas, me temo que yo el primero.
En la película El declive del imperio americano, un maduro homosexual confiesa a sus amigos -mientras preparan el almuerzo- que lo que de verdad le gusta son los niños de ocho años, «que es cuando tienen un culito más apetitoso» . A continuación, añade que no está loco, sabe que esto está mal y nunca lo llevará a cabo. Aplíquese el cuento Forcadell, que aún no tiene edad de confundir pensamientos y hechos consumados, y comente -preparando la cena- cómo le gustaría la republiqueta. Verá cómo la policía no derriba la puerta de su casa para entrar a detenerla.
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