AT: ¿Rebelión en las aulas?
AT: ¿Rebelión en las aulas?
Ya he dicho alguna vez que mi mujer es monitora de transporte escolar. Ella cubre una línea que nadie quiere hacer porque recoge a alumnos de un municipio un tanto peculiar. Existe una amplia mayoría de familias castellanohablantes, algunas gitanas. De vez en cuando incluso sale en las noticias porque se ha llevado a cabo alguna redada. Los alumnos suelen ser díscolos, y de todos los que lleva, unos 25 de ese municipio, apenas dos o tres alcanzan cada año el Bachillerato. Los demás, o abandonan los estudios al acabar 4º de ESO, si es que se gradúan, o se van a hacer ciclos de peluquería, enfermería, mecánica. Insisto: es una línea que nadie quiere hacer porque siempre ha sido conflictiva.
Pero mi mujer nunca ha tenido demasiados problemas. Se lleva bien con los chavales. El resto de monitoras responde a un perfil muy determinado: mujeres de más de cincuenta años, catalanas de pura cepa, algunas de las cuales tienen la vida más que resuelta pero que trabajan unas pocas horas al día porque se aburren. Los chavales le han comentado a veces a mi mujer cómo los trataban aquellas monitoras. De la misma forma en que (en una escena que cuento en mi libro) los amigos maestros de un compañero de piso de mi tío trataban a los chavales de Font de la Pòlvora ya a principios de los 80.
Casi podría escribir un libro con todas la anécdotas que me cuenta mi mujer. Yo, por ejemplo, no puedo hablar de según qué cosas con los alumnos porque soy su profesor y porque tengo alumnos de todo el espectro social. Pero, repito, con mi mujer se sinceran, porque ella, además, les da confianza.
Hoy le han contado que en una clase de 2º de ESO la profesora de tecnología les ha dicho que podían hacer un trabajo sobre cualquier país. La profesora ha empezado a poner ejemplos: Rusia, Francia, Cataluña... Entonces uno de los alumnos le ha replicado: Cataluña no es ningún país. La profesora ha empezado a ponerse nerviosa y ha dicho: “perquè tu ho diguis”. Se da una circunstancia curiosa: estos alumnos, que ya han nacido y se han escolarizado aquí, cuando reproducen la intervención en catalán de algún catalanohablante repipi, imitan el acento catalán parodiándolo, con una dicción perfecta y acentuando cierto ademán engolado. Así se burlan de la obsesión de los docentes por la lengua. Y así ha sido también esta vez.
Al parecer, después de la contrarréplica de la profesora, un alumno ha dicho: Cataluña será un país en tu imaginación. Y esa intervención ha abierto la espita del gas, porque muchos alumnos han empezado a cantar: “que viva España”. Algunos, de hecho, incluso se han subido a la mesa. El momento ha debido de ser apoteósico, porque la profesora ha llamado al jefe de estudios, que se ha presentado allí a echarles el broncazo que correspondía ante semejante actitud herética. A todo esto, mientras los alumnos referían la anécdota a mi mujer, un chaval de origen magrebí, se le ha acercado orgulloso a decirle que él estaba en la clase y había cantado también “que viva España”.
Y, bueno, esta realidad, para los nacionalistas, para esa profesora que ha tenido que soportar los vítores a España, sería la prueba fehaciente de una de sus convicciones: que los que se sienten españoles en Cataluña son los asilvestrados e ignorantes. Para mí está claro que esto no hace sino corroborar lo que intento analizar en mi libro: que en Cataluña el castellano y la idea desacomplejada de España pertenece en gran parte a aquellos que perciben bien a las claras que el nacionalismo catalán es la ideología del poder y de las clases más acomodadas. Y esos niños y adolescentes son los expulsados del sistema educativo catalán, que funciona como una maquinaria perfecta para triturarlos. Los mismos que, cuando crecen, se desentienden de la política porque ya no creen en nada, porque la política pertenece a ese otro mundo que no está en su universo de referencia.
Colgaba el otro día Félix Ovejero un estudio en su muro en el que se hablaba de un experimento que se había hecho en un país nórdico: al aumentar el porcentaje de profesores varones en las aulas se había incrementado el porcentaje de alumnos varones que llegaban a la universidad. Por eso el nacionalismo ha puesto tanto empeño en crear un docente tipo en Cataluña, porque siempre ha sabido que es la fórmula más efectiva para que aquellos que proviene de las clases bajas y no han abrazado la causa nacionalista sigan donde han estado siempre: en ese lugar de la sociedad en que son inofensivos para el poder. Y, en fin, no hay más cera que la que arde. Y aun así, la izquierda, que debería velar por los intereses de todas esas familias y todos esos jóvenes, se empeña, comprando la mercancía del nacionalismo, en perpetuar el abismo que sigue existiendo entre las dos comunidades lingüísticas principales de Cataluña.








