Borrar las actas es cerrar las Cortes y enterrar la Historia
LA SESIÓN del miércoles en el Congreso nos ofreció el espectáculo, no por acostumbrado menos obsceno, de una presidenta que ha tomado por costumbre anunciar que borrará de las actas lo que a su limitadísima sesera le parezcan insultos a su secta, mientras protege abiertamente a los suyos cuando insultan repetidamente a la oposición. A Feijóo le cortó sin avisar cuando le faltaban nueve segundos a su dura exposición. Pero es que ahí remataba su argumento: la deriva de Sánchez se explica por el miedo a terminar, también él, en el banquillo.
Más grave fue su agresión a Abascal, que hizo uno de los mejores discursos de su vida política. Una oratoria de precisión, sin élites globales ni ataques al PP, sólo la lista, día a día, de agresiones sexuales de ilegales a jóvenes españolas, a veces niñas, a las que el Gobierno abandona o trata de equipararlas con sus verdugos mediante trolas como la de los encapuchados nazis a una menada. Mentira total. Pero los medios están tan hamasizados que lo engulleron y regurgitaron sin mirar, Como si el bulo del culo, las balas de Marlaska y la navajita plateá no fueran avisos suficientes.
El Gobierno de Sánchez y toda la prograda mediática ven normal borrar discursos, hemeroteca y memoria, o sea, Historia. Cariño Armengol, Koldo dixit, cuyo consejero favorito -ahora jefe gabinete de Teresa Ribera, la fugitiva de Paiporta- vuelve a los papeles, le dijo a Abascal que no insultara más (¡la Jane de Oscargután) y que borraría lo de "traidor, corrupto e indecente". Lo primero está en la Ley de Amnistía; lo segundo se actualizó esa mañana en los juicios por corrupción a su entorno personal. Y que no era decente se lo espetó Sánchez a Rajoy en un debate electoral en TV. Al lado de Sánchez, Rajoy, una ursulina.
Lo que más me impresionó del discurso de Abascal es que recordaba muchísimo al de Gil Robles en 1936, recitando los cientos de asesinatos y delitos contra la propiedad que la censura de la República impedía publicar. El discurso terminó: "Pero media España no se resigna a morir". La escolta de Prieto mató a Calvo Sotelo y fueron a por Gil Robles, que se libró por no dormir en casa. Si Martínez Barrio hubiera logrado borrar ese discurso, o el de Calvo Sotelo, nos faltarían pruebas sobre las vísperas de la guerra civil. Borrar discursos es como cerrar las Cortes y enterrar la Historia.
F. JIMÉNEZ LOSANTOS - EL MUNDO (COMENTARIOS LIBERALES)
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