Cada 31 de diciembre vuelven a matar a José Larrañaga

16 - 12 - 2023 / JULIÁN RODRÍGUEZ DOMÍNGUEZ en el FCAEBOOK DE JOSÉ ANTONIO PÉREZ PÉREZ

Cada 31 de diciembre vuelven a matar a José Larrañaga. Cada 31 de diciembre la camarera que le sirve un vino en un bar de Azkoitia le reconoce, llama por teléfono a unos pistoleros y estos acaban a tiros con su vida poco después. Ocurrió la Nochevieja de 1984 pero José ya estaba muerto mucho antes, desde que los chivatos de ETA escribieron su nombre en un papel y se lo pasaron a la banda. Chivatos del pueblo, gente de aquí, hombres y mujeres con la que la víctima se había cruzado todos días antes de tener que abandonar su tierra, personas que le conocían, personas a las que posiblemente había ayudado en más de una ocasión cuando era concejal. 

La persecución que sufrió Joshé, como le llamaban cariñosamente su mujer y sus hijas, o Txiki, como le conocían sus amigos, fue una de las más crueles que protagonizó la organización terrorista contra una persona en el País Vasco. Todo ocurrió en Azkoitia, el pueblo donde Ramón Baglietto, amigo íntimo de Larrañaga, salvó la vida de Cándido Azpiazu en 1961, aquel niño que dieciocho años más tarde terminaría con su vida. Seguro que conocen la historia. Hace dos años fuimos a grabar unos exteriores con Ana Aizpiri para un documental sobre el miedo en Euskadi y subimos el alto de Azkarate. Cada curva está regada con la sangre de un inocente: "en aquella mataron a Baglietto. Un poco más abajo apareció Berazadi. Pobre Aingeru, pobre familia,  se tuvieron que marchar después de lo del aita". Impresiona volver al lugar de aquellos crímenes. No hay nada, ni un mísero cartel que los recuerde. 

Como digo, Larrañaga ya estaba muerto mucho antes de que aquella camarera avisase a los pistoleros que acabaron con su vida. El 13 de abril de 1978 los miembros de un comando de ETAm dispararon contra José Tomás Larrañaga cuando salía de un bar en compañía de sus amigos y le hirieron en una pierna. Otro chivatazo. Así funcionaban las cosas. Te veo, aviso y te dan matarile. La prensa de la época, prácticamente sin excepciones, destacó inmediatamente su reciente pasado como exjefe provincial del Movimiento de Guipúzcoa, mientras silenciaba que en los últimos años había ido evolucionando políticamente hasta acercarse la Unión de Centro Democrático. Unos días después el diario Egin publicó un comunicado de ETA donde le conminaba a abandonar el País Vasco si no quería someterse a «la justicia revolucionaria». Justicia Revolucionaria. Aquel atentado, sin embargo, no acobardó a Larrañaga. Siguió haciendo su vida y al año siguiente participó en la campaña electoral de la UCD, igual que había hecho en 1977 a favor de la candidatura de Guipúzcoa Unida. La organización terrorista tomó buena nota de ello. La persecución de Larrañaga fue la crónica de un acoso sin cuartel, de una auténtica cacería. Al partido y al hombre. ETA no podía permitirse más errores. Lo había marcado como objetivo y no cejaría en ello hasta acabar con su vida. 

Dos años más tarde, el 11 de abril de 1980, un comando de ETAm volvió a tratar de asesinarle. Larrañaga resultó gravemente herido por varios disparos en el pecho efectuados por tres pistoleros de esta organización, pero consiguió salvar la vida. Según quedó acreditado posteriormente en el juicio celebrado en la Audiencia Nacional, en aquel ataque participaron los miembros de ETAm Francisco Javier Azpiazu Larrañaga, José Ignacio Zouazolacigorraga y Cándido Azpiazu Beristain. Unas semanas más tarde, estos dos últimos asesinaron a Ramón Baglietto. Aquella muerte destrozó a Txiki Larrañaga. Era su amigo. Él mismo le había iniciado en la política municipal de Azkoitia y habían trabajado juntos para poner en marcha la UCD en Gipuzkoa. Tras aquel atentado su familia le presionó para que abandonase el País Vasco y se instalasen en Logroño. Y así lo hicieron. Pero Txiki echaba en falta a sus amigos del pueblo. Quienes hayan sufrido en sus carnes el exilio por culpa de ETA y su entorno saben lo que significa. 

Cuatro años después de aquellos hechos, el 31 de diciembre de 1984, Tomás Larrañaga se acercó a la localidad guipuzcoana para pasar la última tarde del año con ellos antes de regresar con su familia a celebrar la Nochevieja. No volvió vivo a casa. La camarera de uno de los bares donde entró la cuadrilla lo identificó rápidamente y avisó a la organización terrorista. Minutos después, miembros del comando Goierri de ETAm lo asesinaron a sangre fría. Así funcionaban las cosas entonces. Sus asesinos fueron José Antonio López Ruiz, Kubati, Juan Ignacio Larrañaga Cialceta, Ignacio Bilbao Beascoechea y Miguel Ángel Gil Cervera, con la colaboración de Begoña Uzcudun Echenagusia. 

El 2 de enero El País recogía la noticia en un gran titular: «Un exjefe provincial del Movimiento asesinado en la localidad guipuzcoana de Azcoitia». El periódico destacaba su antigua pertenencia a un régimen como el franquista, que había desaparecido casi diez años atrás. Ni una línea sobre su relación con una formación democrática como UCD, que había sufrido una auténtica persecución en el País Vasco. El pasado seguía pesando como una losa en la sociedad vasca, y no solo entre quienes justificaban los crímenes de ETA; también en el periodismo. Incluso aquel que se había pronunciado claramente contra el terrorismo trataba de buscar algún tipo de razón o de motivo para explicar la lógica de los crímenes. La organización terrorista cerraba de este modo un primer ciclo de acoso contra las formaciones de centro derecha que se había iniciado unos años antes. El pasado franquista que fue perdonado en tantos (nuevos) nacionalistas vascos significó una condena para otros, especialmente para los hombres y mujeres de Alianza Popular y de la Unión de Centro Democrático. La persecución que sufrieron los partidos que representaban estas ideas en el País Vasco dejó un reguero de vidas rotas por el dolor, de viudas y huérfanos, de seres queridos, de compañeros y amigos marcados para siempre por la intolerancia y el fanatismo que se extendió durante aquellos años. Pero, además de ello, el terrorismo abertzale contribuyó decisívamente a la desarticulación total de este espacio político, al menos hasta mediados de los años noventa del siglo XX, y terminó por estigmatizar a todos aquellos que representaban o simplemente se identificaban con unas ideas contrarias al proyecto totalitario que pretendían imponer ETA y su entorno. Matar a uno para aterrorizar a cien, a mil, a todos los que se sintieran posibles objetivos. 

Dentro de unos días, uno de los responsables de aquel asesinato, José Antonio López Ruiz (Kubati), desfilará por las calles de Bilbao al frente de la tradicional manifestación en favor de los presos de ETA. Lo hará, como en los últimos años, acompañado del carnicero de Mondragón y de Isidro María Garalde (Mamarru), bajo la atenta mirada de Arnaldo Otegi. Hablarán de "derechos de los presos políticos" y de las crueles vulneraciones que sufren cada día. No habrá en la marcha ningún tipo de recuerdo para las víctimas, ni el más mínimo signo de arrepentimiento por lo que hicieron. Es algo que el entorno de la banda lleva practicando desde hace décadas. Se rinde homenaje a los perpetradores y se olvida a las víctimas. Para ellas el desprecio más absoluto. También acudirán algunos despistados, gente que prefiere pasar página sobre todo lo ocurrido, un pequeño pelotón formado por gente solidaria, de esas que salen los fines semana y llenan las calles para aportar su granito de arena en favor de todas las causas justas y vuelven a casa con la conciencia tranquila, hombres y mujeres satisfechos con el nuevo talante progresista de los antiguos asesinos que ha facilitado, por fin, cerrar las viejas heridas y lograr la ansiada reconciliación de la izquierda.

Pobrecitos míos.

[Publicado el 02/12/2023]

JULIÁN RODRÍGUEZ DOMÍNGUEZ en el FCAEBOOK DE JOSÉ ANTONIO PÉREZ PÉREZ

 

 

leer más...