¿Café para todos? ¡Pues claro!

10 - 09 - 2024 / FÉLIX OVEJERO - EL MUNDO (SUSCRIPTORES)

EN FILOSOFÍA hay profundas discrepancias. Sobre el aborto, la inmigración, la democracia, los derechos de los animales, la tortura, la pena de muerte, la guerra justa. Casi todo se discute, incluso asuntos extravagantes: si existe el rey calvo de Francia o qué se siente al ser un cerebro en una cubeta, etc. Y no les cuento más porque no quiero que se lancen a la calle a quemar las facultades.

Eso sí, hay algo en lo que hay acuerdo: un elemental principio de igualdad. No me refiero a la afirmación empírica de que seamos iguales. Somos notoriamente diferentes en inteligencia, estatura, edad, talento, sexo. Eso nadie lo discute. Bueno, cuando en clase les digo que «el 80% es más tonto que el 20% restante», ponen la cara rara. Y eso que esa afirmación es necesariamente verdadera, como que «los solteros no están casados» o que «los tres ángulos de un triángulo (en geometría euclidiana) miden 180 grados». Me refiero a la igualdad en otro sentido: todas las personas valemos moralmente igual. A partir de ahí, se levanta nuestro mundo; por ejemplo, los derechos humanos y la justicia (Liborio L. Hierro, Los derechos humanos, 2016) o la obligación de tratarnos como iguales (Paul Sagar, Basic Equality, 2024). Todas las teorías morales asumen alguna forma de igualdad. Las discrepancias vienen más tarde, al responder a la pregunta: «¿Igualdad de qué?», para decirlo con el título de una famosa conferencia del Premio Nobel de Economía Amartya Sen en 1979. Siempre la carga de la prueba recae en quien defiende un trato desigual.

Me corrijo. No todos estamos de acuerdo. En España, asombrosamente, cuando se habla de «financiación singular», una conversación se puede zanjar condenando «el café para todos», sobre todo si de por medio hay un nacionalista. Lo dijo, tan pancho, Turull en TV3, antes de precisar que rechazará todo acuerdo de financiación que le dé más a Cataluña, pero también a los demás. Es mucha la cochambre que los nacionalistas han colocado en nuestro enajenado léxico político para recubrir su sordidez moral: identidad, comunidad histórica, lengua propia, hechos diferenciales. Con todo, no creo que nada supere su explícito desprecio a la igualdad, su apelación al derecho exclusivo al café. ¡Y funciona como argumento último!

De ahí arrancan muchos de nuestros problemas, de que nadie con mando en plaza pida explicaciones por la farfolla, de que nadie levante la mano y pregunte: «Perdón, ¿a qué se refiere? ¿Me lo puede aclarar? Tómese el tiempo que necesite».

Definitivamente, en España falta un partido analítico.