David contra Goliat
David contra Goliat
Al nacionalismo catalán le gusta presentarse como la lógica y comprensible reacción defensiva de un pueblo que quiere preservar su cultura, su libertad y sus ancestrales instituciones. La pequeña pero admirable nación catalana se defiende de un enemigo poderoso y agresivo, un ogro de leyenda negra llamado “España". Este relato es el que de forma más o menos sutil se enseña en las escuelas y se difunde socialmente a través de todo tipo de actividades. Constituye también el marco con el que los medios públicos y concertados interpretan la actualidad. Que los trenes lleguen tarde, que se formen colas en el aeropuerto o que Hacienda persiga los tejemanejes fiscales de los jugadores culés son demostraciones indiscutibles de que el imperialismo español sigue intentando someter a los catalanes.
El victimismo nacionalista no se compadece con los hechos. ¿Cómo pueden quejarse de persecución a la lengua catalana, cuando es la única permitida en la enseñanza? ¿Cómo pueden quejarse de ahogo financiero, cuando son los autores del sistema de financiación? ¿Cómo pueden quejarse de falta de autonomía, si la Generalitat gestiona el mayor porcentaje de gasto de todas las administraciones?
Una sociedad española acomplejada por su pasado ha estado durante años indefensa ante la influencia del relato nacionalista. El nacionalismo catalán ha gozado de un inmerecido respeto. El apoyo electoral de una parte de los catalanes le ha bastado para ejercer un poder omnímodo en Cataluña y, además, para chantajear al Estado. Los catalanes que nos oponemos al nacionalismo hemos sido tratados como ciudadanos de segunda por la Generalitat y hemos sido ignorados o menospreciados por los gobiernos españoles. Se nos silencia, se nos persigue y se nos estigmatiza. El nacionalismo catalán es el verdadero Goliat de esta historia, y nosotros somos quienes sin apenas recursos tenemos que valernos del ingenio para plantar cara.








