Disonancia cognitiva y fe secesionista

10 - 02 - 2021 / ANDRÉS BETANCOR - EXPANSIÓN

Disonancia cognitiva y fe secesionista

El psicólogo social Leo Festinger acuñó, a fines de los años 50 del siglo pasado, el término disonancia cognitiva para referirse al cuadro psicológico que presentan los seres humanos cuando hay discrepancia entre sus creencias o entre sus creencias y sus conductas. En el fondo, los seres humanos necesitamos ese estado de paz interior que nos ofrezca el equilibrio necesario para afrontar las urgencias de la vida. ¿Qué sucede cuando se rompe por contradicciones o conflictos de nuestra conducta o creencias? La mentira hace acto de presencia. Todo es válido para recuperar el equilibrio, incluido el fingimiento; el denominado autoengaño.

Que Cataluña está paralizada desde el procés no lo ponen en duda ni sus patrocinadores; que el Govern de la Generalitat no gobierna es indudable; que hay un retroceso económico, social y político, tampoco; que Cataluña está perdiendo la competición con otras regiones, no sólo de Europa, sino también de España, es reconocido por todos. Y, sin embargo, se empeñan en seguir alimentando este proceso de paralización y retroceso.

Este domingo se celebran las elecciones al Parlament de Cataluña. Según las encuestas, poco va a cambiar. Los votos se van a mover dentro de los bloques que ya están establecidos desde hace años. No habrá trasvase. Las dos Cataluñas se mantienen firmes. El único elemento de incertidumbre es la abstención.

Los independentistas siguen siéndolo, a pesar de haber gobernado los suyos sumando incompetencias hasta el infinito, como se ha visto con la gestión de la pandemia. A su vez, los constitucionalistas están convencidos de que sólo la Cataluña inserta en España, lo está en Europa y en el mundo. Sólo la Cataluña constitucional ha disfrutado de las mayores cotas de prosperidad y de libertad en toda su historia. Aquellos sufren la ensoñación de la mentira, y éstos, en cambio, el pesimismo de los hechos de la Historia. Aquellos irán a votar, alentados por la creencia, mientras que éstos, rendidos, o crecientemente rendidos, ante la inutilidad de su esfuerzo, caen tentados por la abstención.

A pesar del empobrecimiento que los datos muestran, nada va a cambiar; a pesar de la contundencia de los hechos, el desánimo cunde. El bloque independentista es un bloque, en el sentido, incluso, físico del término. Es una mole sin grieta, sin fisuras, que se mueve lentamente, pero se mueve, empujada por los líderes del golpismo. En cambio, la resistencia, desanimada, observa cómo a aquellos se les consuela con promesas de indultos, cesiones y, quién sabe, si un referéndum pactado. A Sánchez nada le ata, ni la verdad, al carro de los principios, porque sólo admite uno: el del poder. El constitucionalismo está desesperanza-do. Su esfuerzo, no correspondido, tiene como respuesta las cesiones a aquellos que lo volverán a hacer. Se tensionan las costuras del Estado de Derecho para satisfacer a los que nunca se darán por satisfechos, salvo con la independencia.

La abstención es la respuesta; el miedo a la pandemia, la excusa. La sensación de la inutilidad del voto cuando todo va a continuar igual: por un lado, el bloque independentista seguirá con su proyecto, y, por otro, el Gobierno de Pedro Sánchez le seguirá pagando la renta para mantenerse en la Moncloa.

Escenario inédito

Una abstención elevada crea un escenario inédito y, sobre todo, un resultado aún más incierto. Si, además, hay problemas para constituir un porcentaje, aun cuando sea pequeño, de las 9.117 mesas, podría producirse la situación inédita de que la votación se aplace, en esas mesas, 48 horas. En tal caso, si el resultado es apurado, ¿cómo se garantiza la limpieza de las elecciones cuando los que van a votar 48 horas después ya saben, porque lo sabrán, cuál es el resultado de la votación del domingo? El Govern está anunciando que, a lo mejor, si el número de mesas es relevante, no habría anuncio oficial de los resultados, como si eso impidiese a los partidos, vía acta de las mesas, conocer el resultado. No es descabellado que se inicie, entonces, una carrera de última hora para conseguir esos cientos de votos que podrían hacer decantar un escaño en un sentido o en otro.

A todo esto, habrá que sumar los recursos, las impugnaciones y, en definitiva, el cuestionamiento del resultado electoral que se prolongará durante mucho tiempo. Si, además, el resultado es un Parlament muy fraccionado, la gobernabilidad se complicará aún más.

Se produce la paradoja de que el denominado bloque independentista, como así lo parece desde lejos, nunca ha estado más dividido. Y con enormes tensiones entre los distintos partidos que lo conforman. Se podrá formar Gobierno, pero otra cosa, bien distinta, es gobernar, como hemos visto en los últimos años.

La disonancia cognitiva conduce al autoengaño. Es notorio el retroceso de Cataluña, pero la fe secesionista está dispuesta a justificar incluso lo notorio, responsabilizando, como siempre, a España y, ahora, también, a la Unión Europea. El problema de esta estrategia es que el proceso hacia el infierno no se detendrá, porque la fuerza explicativa del engaño está alimentada por la fe. Los seres humanos necesitamos brújulas emocionales que nos guíen en la zozobra de la cotidianidad; en la incertidumbre y en el miedo. A la fe de la religión se le suma la fe cívica de las ideologías, como se observa en Cataluña. El resultado es una extraña y sorprendente fortaleza para justificarlo todo, cualquier cosa, incluso, la espiral hacia el infierno. La disonancia cognitiva se puede gestionar, recuperando la paz interior, salvando cualquier contradicción, por la vía de la fe a ciertas ideologías como es la del secesionismo que no admite ninguna quiebra, ni la de la ruina. Ese es el mal; ahí radica la dificultad de la solución. Es la desesperanza de la razón frente a la irracionalidad de la fe, la del secesionismo.