El Congreso como teatro, y la izquierda como sus plañideras profesionales

10 - 07 - 2025 / KARMELO LLAMAS - FACEBOOK

Qué prodigiosa capacidad tienen los progres de manual para convertir cualquier debate en un melodrama de segunda. Les da igual el tema: economía, seguridad, inmigración, justicia o corrupción. Siempre acaban llorando, gimoteando, acusando a la derecha de "odio", "machismo", "fascismo" o cualquier otra etiqueta prefabricada por sus gabinetes de propaganda ideológica. No argumentan: interpretan. No razonan: se desgarran la camisa en público como si fueran mártires de una causa que ni ellos mismos entienden.

Se han especializado en el arte de la manipulación emocional: lagrimitas al borde del escaño, voz temblorosa ensayada al milímetro, y siempre —siempre— colocándose en el papel de víctimas eternas, rodeadas de un mundo hostil que no las comprende… ni las vota. El drama como refugio de su absoluta mediocridad intelectual. El sentimentalismo como coartada para no responder ni una sola pregunta con seriedad.

Y ahí los tienes: ofendiditos de profesión, diputadas que lloran en prime time por un tuit mientras cierran los ojos ante la violencia real en nuestras calles, portavoces que se quiebran la voz para evitar hablar de los violadores excarcelados por su infame “sí es sí”, y diputados que gritan “¡fascismo!” cada vez que alguien se atreve a cuestionar su dogma progre.

Lo que estamos presenciando no es política: es una farsa. Una orgía de hipocresía revestida de causa justa. Una izquierda instalada en el victimismo crónico, incapaz de asumir responsabilidades, adicta al postureo ideológico y cobarde ante el debate serio.

Y lo más repugnante de todo: se saben impunes. Porque mientras fingen estar siendo atacados, acumulan poder, colonizan instituciones, reparten subvenciones, compran medios y fabrican leyes liberticidas con una sonrisa de “progresismo empático” y las manos manchadas de autoritarismo.

Ya está bien. Que se acabe el circo. Que alguien baje el telón a tanto teatro moral de saldo. Porque si algo atufa hoy en la política española, no es la derecha que les incomoda, es esta izquierda llorona, cínica y decadente que no gobierna: manipula. Y lo hace con el desparpajo propio de quien ha perdido la vergüenza, pero no el discurso prefabricado.

Se acabó el crédito. Que recojan sus lágrimas y se las beban. Porque este país merece política, no histeria. Hechos, no lágrimas. Dignidad, no espectáculos.

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