El Estado contra los ciudadanos
Uno de los efectos más odiosos del afán de los Estados contemporáneos por controlar cada día más férreamente a los ciudadanos es la extensión de su campo de acción desde los hechos hasta las palabras e incluso los pensamientos, ésos que en derecho clásico no delinquían. Cuando el mundo, al menos el occidental, seguía siendo civilizado, al Estado no le importaban las opiniones de los ciudadanos, por peculiares o reprochables que pudieran ser, siempre que no se plasmaran en hechos que dañaran a los demás. Sólo en los Estados totalitarios se traspasaba esa barrera, lo que demuestra que los europeos de hoy vivimos bajo ese tipo de regímenes por mucho que pasemos por las urnas cada cuatro años.
JESÚS LAÍNZ - LA GACETA
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