El mundo de la enseñanza: la reproducción a escala de la sociedad ideal nacionalista
El mundo de la enseñanza: la reproducción a escala de la sociedad ideal nacionalista
De I.T., profesor en un instituo de Gerona. Estas son las cosas que están detrás de la exclusión del castellano en las escuelas catalanas.
Por cierto ¿saben mis amigos socialistas de fuera de Cataluña -y de Cataluña- que en la inmensa mayoría de los colegios de Cataluña los maestros tienen prohibido dirigirse a los niños en castellano en cualquier lugar de la escuela (patio incluido) salvo en la clase de lengua castellana?
"EL MUNDO DE LA ENSEÑANZA: LA REPRODUCCIÓN A ESCALA DE LA SOCIEDAD IDEAL NACIONALISTA (PRIMERA PARTE)
Tenía pendiente escribir esta publicación desde el verano, concretamente desde julio, cuando ejercí de vigilante y corrector en las Pruebas de Acceso a la Universidad (en Cataluña se siguen llamando así). Ocurrió que después tuve que corregir 200 exámenes en cinco o seis días, me pasé otra semana en estado medio catatónico, y después ya me puse con la primera parte del libro sobre Cataluña que se me fue convirtiendo en un libro autónomo. Más tarde empezó el instituto, tuve que estar pendiente de la prolongación de la denuncia falsa, empezaron las primeras fiebres de los críos, el confinamiento de veinte días del mayor, la necesidad de hacer encaje de bolillos y, como comenté ayer, quizás porque estuve todo el mes de agosto escribiendo sobre lo mismo, quizás porque estaba un poco hastiado de Facebook, no tenía ganas de publicar nada. Estos días, sin embargo, quizás como una obligación autoimpuesta para intentar recuperar el pulso de la escritura (lo tengo todo absolutamente parado y sin la cabeza limpia para reemprender lo que todavía está por finiquitar), he decidido recuperar (veremos hasta cuándo) aquel hábito que para mí operó, durante aquellos meses terribles de 2017, y aun después, como un ejercicio de catarsis que me permitía sobrellevar un día a día que no era fácil, sobre todo en mi lugar de trabajo, por muchos detalles, algunos de los cuales ya referí entonces.
La cuestión es que este año, por primera vez desde que soy profesor de secundaria, me tocó ser vigilante y corrector en la Selectividad. Y es curioso, porque todas estas situaciones en que salgo del entorno de mi centro y me veo obligado a relacionarme con docentes de otros centros y con otros alumnos me sirven como una oportunidad para distanciarme de los vicios de lo cotidiano y conocido, de la naturalización del entorno, y captar desde otra perspectiva el clima de la enseñanza, porque, como ya he dicho en alguna otra ocasión, en mi centro, entre mi compañero de disidencia y yo hemos logrado, a lo largo de estos años, resquebrajar esa sensación de unanimidad que en el mundo de la enseñanza permite a los nacionalistas expresar sin tapujos, con vehemencia, si es necesario, sus ideas. Entre mis compañeros ya existe la sensación de que el tema político es delicado y hay dos incorregibles que no se callan. Pero cuando salgo de ese entorno y me relaciono con gente de otros centros la sensación de unanimidad, algo de lo que hablo en el libro, vuelve a ser monolítica. Por eso nunca puedo dejar de sentir una cierta tensión, porque sé que se van a producir comentarios y actitudes que para mí van a resultar ulcerosos, no tanto por el hecho de escuchar opiniones contrarias a las mías, sino por la actitud, por la insoportable soberbia con que se verbalizan, por ese cierto engolamiento en el que incurren muchos sin darse cuenta. No solo es la altanería del que cree que tiene razón, sino del que sabe que nadie va a oponérsele. De modo que para mí todas esas ocasiones me sitúan ante un reto. Me debato en los días previos sobre si debo replicar o no, sobre si estaré siendo cómplice con mi silencio si no me opongo a según qué cosas y con ello sentiré que me estoy traicionando a mí mismo. En estos años he aprendido a dosificar los enfrentamientos. O a plantear la batalla desde lo simbólico, para no caer en disputas directas en las que suelo ofuscarme y que me dejan después muy mal cuerpo.
En esta ocasión, desde algunos días antes, había decidido que les hablaría a los chavales que me tocaran en mi aula en castellano. Parecerá una tontería, pero ningún docente (o prácticamente ninguno) se dirige a unos alumnos desconocidos, en el primer contacto, en castellano. Yo mismo, cuando había ejercido de aplicador de las pruebas de competencias básicas de 4º de ESO les había hablado inicialmente a los alumnos en catalán. Después, según viera, me pasaba al castellano. Y el último año que fui ya hablé directamente en castellano, porque sabía que era un grupo adaptado y al entrar ya vi que había muchos latinoamericanos y magrebíes. Supe que allí iba a estar en mi salsa. Pero la Selectividad es otra cosa, porque allí no suele llegar cierto perfil de alumno. E insisto, me convencí de que iba a hablarles en castellano en el primer contacto con ellos. Pero, veréis, mientras se acercaba el día, y, sobre todo cuando llegué al instituto y me encontré con los compañeros docentes, a algunos de los cuales conocía de haber estado en otro centro, entre los cuales todos hablaban en catalán, entre los cuales había algunos cuya soberbia ya había padecido en primera persona, creí que igual en el último momento me echaba atrás en mi propósito. De hecho, yo con la mayoría de ellos hablé en catalán cuando nos vimos, porque cuesta cambiar la lengua de relación establecida en el trato. Sin embargo, ocurrió que entre los catorce o quince profesores éramos cuatro o cinco de Lengua Castellana, a la mayoría de los cuales ya conocía, así que con ellos hablé en castellano desde el principio. Pero aun así, excepto entre nosotros, la lengua de relación entre los demás fue el catalán, como lo es siempre, al menos en esta zona.
Yo seguía con mi empeño de dar la batalla en el universo de los gestos, pero, sin embargo, me sentía intranquilo. Esto puede resultar incomprensible para quien no vive aquí, pero no es un sentimiento particular, que se relacione con una determinada manera de ser, la mía, demasiado susceptible. Hace poco una excompañera me confesaba que se sentía incómoda cuando estaba hablando por los pasillos con un alumno en castellano y pasaba otro profesor por allí cerca. Y durante esos días de Selectividad se produjo otra situación, que ya relataré, que vino a certificar lo que ya sabemos los castellanohablantes que trabajamos en la enseñanza: que hablar en castellano en ese mundo es un desafío para nosotros, que tiene un aire inequívoco de transgresión, de iconoclasia, de irreverencia. Y, como tal, exige el esfuerzo de desafiar a lo establecido, implica el riesgo de la reconvención moral de los que tienes al lado. Yo todavía no puedo decir que no me sienta violento al hablar en castellano en ciertas situaciones en el mundo de la enseñanza. En mi instituto, no, porque allí llevo bastantes años y ya me conoce todo el mundo, allí soy el profesor de Lengua Castellana, allí sí que hablo el castellano con naturalidad con los alumnos pase quien pase a mi lado (aún recuerdo cómo al entrar en la enseñanza a los mismos alumnos a los que en clase les hablaba en castellano me dirigía en los pasillos en catalán, con la consiguiente sorna de muchos de ellos, que aseguraban que no me pegaba hablar en catalán). Pero cuando salgo de mi entorno, la cosa cambia. Así que para mí era un pequeño reto (ya veis, hablar en una lengua oficial se ha convertido en un reto).
Por un momento pensé que, bueno, una vez estuviera en clase, ningún compañero sabría si les había hablado en castellano o en catalán a los alumnos. Pero, con el protocolo por coronavirus, los alumnos no subían cada uno a su aula asignada, sino que éramos los profesores los que teníamos que ir a buscar al patio al grupo que nos habían asignado, pasar lista y acompañarlo al aula. Había dos puertas de acceso, de modo que los profesores estábamos repartidos en dos grupos, cada uno delante de cada puerta de acceso, desde donde llamábamos a nuestro grupo respectivo. Entonces me di cuenta de que si les hablaba en castellano a los alumnos cuando pasara lista, me oirían mis compañeros. Y pensé, aunque fuera solo un instante: bueno, les hablo primero en catalán y una vez en el aula en castellano. Me pareció un poco cobarde. Esperé a ver en qué lengua se dirigían a sus grupos los profesores de castellano que conocía: todos en catalán. Y entonces me convencí de que yo debía desmarcarme y hablarles en castellano. Y cuando llegó mi turno, ya convencido, firme, con una voz que me salió rotunda para salvar el escollo acústico de la mascarilla, dije: «a ver, chicos, los de grupo X, acercaos, que paso lista». Y, bueno, ya veis, qué proeza, pensaréis algunos, pero en ese momento me sentí liberado, sentí que estaba dando la batalla donde tenía que darla, desprendido de esa sensación que he percibido en muchos castellanohablantes de origen que se encuentran el mundo de la enseñanza, esa sensación que he experimentado yo mismo otras veces: el miedo a ser excluido por utilizar tu lengua materna. Mañana sigo, gente."
"EL MUNDO DE LA ENSEÑANZA: LA REPRODUCCIÓN A ESCALA DE LA SOCIEDAD IDEAL NACIONALISTA (SEGUNDA PARTE)
Una vez en el aula, al recordarles a los alumnos algunas instrucciones para la prueba, seguí dirigiéndome a ellos en castellano. Como ya había establecido la lengua de relación, entonces sí que, al leer alguna de esas instrucciones, como el documento estaba en catalán, cambié puntualmente la lengua de uso. Y no solo eso: a los alumnos que se dirigían a mí en catalán, les respondía en catalán, por deferencia, porque el problema para mí nunca ha sido expresarme en catalán, sino tener la sensación de hacerlo como pago del peaje para ser aceptado socialmente. Y porque sé, al haber sido yo también alumno y adolescente, que uno siente otra cercanía con sus profesores cuando estos le hablan a uno en su lengua materna. Y sé que el equilibrio es complicado, porque esperar que el interlocutor adapte su lengua a la de uno siempre implica una renuncia por parte de uno de los dos interlocutores. Y cómo explicar aquello que se adentra en el pantanoso terreno de lo subjetivo: de repente sentí, como me había ocurrido en alguna ocasión al ejercer de aplicador, en otros centros, en la prueba de competencias básicas de 4º de ESO —porque, insisto, también he sido alumno y adolescente—, que al hablar en castellano enseguida urdía una confianza particular con algunos de ellos: una alumna latinoamericana, otra de origen eslavo, un chico magrebí. Se trata siempre apenas de detalles: alguna mirada, alguna sonrisa, algún gesto de complicidad. Pero llevo muchos años en la enseñanza, primero como alumno y después como docente, para intuir que la lengua puede actuar, paradójicamente, como una barrera de comunicación, como un dique para el reconocimiento del otro. Y es que he presenciado demasiadas situaciones que me inducen a tener esa poderosa intuición. De eso hablo de manera más pormenorizada en el libro que tengo parado.
Tras el primer examen hubo un descanso en el que los profesores fuimos a desayunar a algún bar de la zona. Yo fui con otros tres compañeros (dos profesoras y un profesor) que también imparten Lengua Castellana y a los que ya conocía en mayor o menor grado (con una de ellas coincidí en un centro). Lo cierto es que me sentía liberado, no solo porque tenía la sensación de que había cumplido la promesa que me había hecho, sino porque, al ser la primera vez que participaba como vigilante en la Selectividad, me había sacudido ya toda la tensión y la incertidumbre que uno va masticando en los días previos ante la cascada de dudas que a uno le asaltan sobre la mecánica y algunos procedimientos de la prueba. Así que, como estaba como imbuido de una alegre efervescencia como consecuencia de aquella descompresión, durante el desayuno, no sé muy bien a cuento de qué -creo que hablábamos de nombres de pila peculiares o desfasados-, empecé a bromear sobre la admiración que me producía la capacidad de Nati Abascal para sostenerse, aun en frágil equilibrio a veces, en un estado de permanente embriaguez. La conversación estaba en ese tono desenfadado. A mis compañeras les hacía gracia lo que estaba contando. A mi compañero no tanta. Y entonces él dijo algo así como que, además, a Nati Abascal le había perjudicado últimamente que su apellido se asociara a otro personaje. Claro, se refería a Santi Abascal. Lo cierto es que me cortó el rollo. Ya me puse un poco tenso (no demasiado). Y no por el comentario en sí, sino porque el comentario era reflejo de lo que he comentado tantas veces: es decir, cuál debe de ser la sensación de unanimidad y consenso en el mundo de la enseñanza para que un tipo con el que apenas había cruzado cuatro palabras en algún otro encuentro se atreviera a hacer aquel comentario despectivo del líder de un partido político convencido de que no iba a herir ninguna sensibilidad. Por supuesto, no hirió la mía. Pero lo que quiero decir, porque he escuchado comentarios parecidos con respecto a políticos del PP, de Ciudadanos e incluso del PSOE, es que la convicción que planea en ese mundo en el que me muevo es que ningún profesor no puede ser no nacionalista. Se me pasó por la cabeza hacer referencia a las "bestias carroñeras con un socavón en el ADN" que según Torra somos los castellanohablantes; o al hombre andaluz anárquico y destruido de Pujol; o a la celebración de Junqueras de las supuestas diferencias genéticas entre catalanes y resto de españoles (y digo supuestas porque, según le leí a un biólogo, ni siquiera interpretó bien los datos del artículo científico que tomó como referencia). Pero pensé que tampoco había que ser demasiado beligerante, porque, además, me iban a colgar rápido la etiqueta de simpatizante de Vox (ya sabéis lo que pasó con la denuncia falsa). No entré ahí, pero no le concedí ni siquiera una media sonrisa aprobatoria. Dije, para dejarle claro que no me interesaba avanzar por ese terreno, aunque en tono desenfadado, que me traía al pairo la coincidencia del apellido, que yo no estaba hablando de eso, sino de otra cosa. Pero ya cambió el cariz de la conversación y creo que inmediatamente empezamos a hablar de otra cosa.
Debo recordar, para referir la siguiente situación significativa, que entre nosotros cuatro, al ser todos profesores de Lengua Castellana, sí que nos comunicábamos en todo momento en castellano. Pues bien: se dio la circunstancia de que a una de estas compañeras le había tocado quedarse en el pasillo de una de las plantas (había otra en otro piso) y su función principal era estar disponible por si a cualquiera de nosotros nos surgía alguna duda durante las pruebas que tuviera que comunicarse a la presidencia del tribunal. La llamé varias veces, porque, al ser primerizo, no sabía responder algunas cuestiones que me planteaban los alumnos. En la mayoría de ocasiones, hablé con ella en el pasillo, siempre en castellano. Pero hubo un par de veces en que entró en el aula para transmitirme la respuesta del presidente del tribunal. Y entonces, delante de los alumnos, aun habiéndonos hablado hasta el momento exclusivamente en castellano, se dirigió a mí en catalán. Nada de lo que extrañarse. Me ha ocurrido en otras ocasiones. Me sigue ocurriendo en mi centro de trabajo, donde un empleado del PAS, castellanohablante de origen, solo me habla en castellano cuando estamos a solas, nunca delante de otros compañeros.
Otro aspecto interesante del funcionamiento de las PAU tiene que ver con aquellos alumnos que piden el enunciado de la prueba en castellano en el resto de materias que no son Lengua o Literatura Castellanas. Hasta hace pocos años, ni siquiera existía esa posibilidad: los enunciados de todas las pruebas del resto de materias estaban únicamente en catalán. Alguno pensará que algo se ha avanzado, aunque sean unas pocas migajas. Pero el procedimiento no deja de ser perverso: a los alumnos no se les pregunta antes de cada prueba en qué lengua quieren los enunciados. El que quiera el enunciado de una prueba en castellano tiene que pedirlo públicamente, ante compañeros y profesores desconocidos, en ese contexto de tensión. Y el presidente del tribunal nos avisó de que teníamos que apuntar cuántos lo pedían. Se medio disculpó diciendo que era por un tema de estadísticas. Y, claro, la estadística sale como sale al crear esas condiciones. Después el aparato de propaganda anuncia a bombo y platillo los pocos alumnos que han pedido realizar el examen en castellano como aval a ese mantra de que la inmersión no genera ningún rechazo entre los alumnos. De los trece alumnos que yo tenía en clase, solo una chica que me pareció de origen latinoamericano pidió los exámenes en castellano. De los ciento y pico que había en mi tribunal, creo que fueron cuatro o cinco los que se atrevieron a pedirlo. Y hay que ponerse en situación, insisto: ¿qué creéis que hará un chaval de diecisiete o dieciocho años, en el contexto de una prueba en la que se juega entrar en la universidad, ante compañeros y profesores desconocidos, si para pedir el ejercicio de un derecho debe significarse públicamente. Porque, no nos engañemos, ha sido el nacionalismo catalán el que ha politizado hasta el extremo la cuestión de la lengua, el que ha desvirtuado el pragmatismo de su dimensión puramente comunicativa. Y los adolescentes no son tontos. Saben que pedir el examen en castellano equivale a significarse políticamente y mostrar una actitud hostil hacia el pensamiento dominante. ¿Y quién se atreve, en esas condiciones? Pues, claro, muy pocos.
El tercer día de las pruebas, a primera hora tenían el examen de Historia. En los quince minutos, que se hacían eternos, entre el momento de entrar en el aula y el inicio de la prueba, como ya tenían más confianza conmigo, algunos me pidieron, cuando faltaban cinco minutos para las nueve, que les repartiera ya el cuaderno con los enunciados, que no se iba a enterar nadie. Les dije que no podía, como sabrían comprender. Entonces, me pidieron que les diera al menos alguna pista sobre qué salía en la prueba. Les contesté que, como sabrían entender de nuevo, no podía facilitarles esa información, pero que no se preocuparan, que salía lo de siempre. Prometo que fue una afirmación para salir del paso, porque las pruebas suelen seguir un patrón parecido cada año. Pero entonces alguno, con la voz un poco retraída, pero perfectamente audible, dijo: “Franco”. Reprimí la sonrisa, porque cuando el presidente del tribunal nos había repartido las pruebas me había parecido haber visto una pregunta sobre el franquismo. Fui para la mesa y tomé uno de los cuadernos para comprobarlo. Y no solo había una pregunta sobre el franquismo, sino que había dos.
Pero todavía me quedaba presenciar esa escena que siempre, invariablemente, viene a disipar toda duda y toda ambigüedad, y que funciona como certificación de una anomalía. Era ya el último día por la tarde y todos los profesores que habíamos participado como vigilantes estábamos entregándole al presidente del tribunal el sobre con el último de los exámenes. Algunos ya se estaban despidiendo. Otros le habían pedido al presidente si habían sobrado cuadernillos para poder llevarlos a sus respectivos centros de trabajo. Y no sé de qué asignatura (creo que era de Biología) dijo que los cuadernos en catalán se habían agotado, pero que sobraban algunos ejemplares en castellano. Entonces, una de las profesoras, la que había pedido ejemplares para llevarlos a su instituto, con una mueca y un tono de desprecio indisimulados, justo a las pocas milésimas de que el presidente dijera que habían sobrado ejemplares en castellano, sentenció: "jo no n’he de fer res d’un examen de castellà" (algo así como: “un examen de castellano no es asunto mío"). No me diréis que como broche simbólico, como corolario de todo lo expuesto, aquella reacción no pudo ser más oportuna. Y ya."








