El orden moral del humanismo reclama compasión por los palestinos al margen de cualquier clase de prejuicios políticos
Denunciar la masacre de Gaza no es antisemitismo. Es más, debería ser la obligación moral de cualquier conciencia vinculada a valores humanísticos. La ofensiva desatada por Netanyahu ha rebasado muy de largo del derecho a la represalia, cuya legitimidad resulta incompatible con el despiadado castigo que impone a la población civil una penitencia dramática. Ya es imposible negar la existencia de un designio de limpieza étnica que además de constituir crimen de guerra erosiona el respaldo internacional a la causa hebrea y su continua lucha por su propia defensa. Lo que empezó como una justa respuesta a la agresión salvaje de Hamás se ha convertido en una matanza cuya desproporción alarma, conmueve y repugna a la opinión pública civilizada. A menudo los gobiernos israelíes nos lo ponen muy difícil a sus simpatizantes porque la ferocidad de sus ataques no puede merecer solidaridad de ninguna clase. No existe forma aceptable de justificar la barbarie.
Es necesario señalar que cierta izquierda occidental trata de aprovechar esa oleada de razonable repulsa para levantar entre sus adeptos un sentimiento de fobia antisemita. Tras algunas de las condenas a la invasión de la Franja late en buena medida un viejo resabio de rechazo a la nación judía, mal disfrazado de apoyo a las reivindicaciones palestinas o de oposición al expansionismo sionista
IGNACIO CAMACHO - ABC (VÍA FUNDACIÓN PARA LA LIBERTAD)
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