El párroco de Lemona: «Que un pueblo oprimido responda con violencia no sé si es terrorismo, es una guerra entre bandos»

11 - 11 - 2020 / DIVERSAS FUENTES

El párroco vasco que ante un asesinato de ETA dudaba entre "su merecido se llevan" y el "no está bien"

Iñaki Arteta ha presentado en la Seminci su documental Bajo el silencio sobre cómo el relato de ETA y su entorno es lo único que se escucha hoy día.

SERGIO PEREZ - LIBERTAD DIGITAL

2020-10-29

El cura de Lemona: «Que un pueblo oprimido responda con violencia no sé si es terrorismo, es una guerra entre bandos»

Dignidad y Justicia se querella contra las palabras del sacerdote en un documental «Bajo el silencio», de Iñaki Arteta

LAURA L. CARO - ABC

La Iglesia «rechaza y desautoriza» las declaraciones del sacerdote de Lemona sobre ETA

La diócesis de Bilbao «lamenta y pide perdón» por «el dolor que pueden ocasionar esas declaraciones en quienes sufrieron la violencia terrorista»

LAURA DANIELE - ABC

2020-10-30

La connivencia de un cura vasco con ETA obliga a la Iglesia a disculparse y llega a la Audiencia Nacional

El sacerdote disculpa que «no hubo otra forma que hacer» frente a la «opresión», aunque ya se ha arrepentido

LAURA L. CARO y LAURA DANIELE - ABC

Las víctimas de ETA recuerdan los años de desprecio

Con determinación y diligencia, la diócesis de Bilbao decidió ayer apartar de sus funciones al expárroco de Lemona Mikel Azpeitia después de que el presbítero apareciera en el documental «Bajo el silencio» de Iñaki Arteta

LAURA DANIELE - ABC

2020-10-31

Iñaki Arteta: «Si seguimos hablando de esto es porque se ha cerrado en falso el terrorismo»

Entrevista con el director del documental «Bajo el silencio» en el que se recogían declaraciones del párroco de Lemona que han motivado que Dignidad y Justicia se querelle contra él

ENTREVISTA DE A. ROJO - LA RAZÓN

El cura de Lemona

No se quién me da más asco si quien protege a los canallas (y se rasga las vestiduras cuando se descubre públicamente a alguno) o quien lleva años actuando con total impunidad legitimando a ETA y todos sus crímenes y presume de trabajar “por la paz y la reconciliación….”. Ambos comportamientos me merecen el mayor de los desprecios

ROSA DÍEZ - OK DIARIO

2020-11-01

Con la Iglesia no han topado

Han sido cincuenta años de miseria, pero a lo largo de este medio siglo los terroristas pueden parafrasear la expresión de Don Quijote: Ellos, con la Iglesia no han topado.

BLOG DE SANTIAGO GONZALEZ

2020-11-02

Curas vascos respaldan al exsacerdote de Lemona que justificó la violencia de ETA porque defendía lo que piensa un "amplio sector"

La Coordinadora de Sacerdotes de Euskal Herria, Comunidades Cristianas Populares y Herria 2000 Eliza, han emitido un comunicado este martes en el que consideran que Azpeitia ha recibido un "castigo injusto" por parte del obispado, que le retiró de los oficios eclesiásticos tras sus controvertidas palabras. A juicio de estas asociaciones, el ya exsacerdote solo hizo unas declaraciones que defendían lo que piensa "un amplio sector" de la sociedad vasca.

20 MINUTOS

2020-11-10

Curas pro-ETA bajo el campanario de Lemona

Del explosivo que mató a dos guardias civiles en 1981 al bombazo de ahora del cura Azpeitia, que dice que lo de ETA no era terrorismo. Recorremos sus parroquias para hablar con él, pero está desaparecido después de que la Iglesia lo apartara. Años atrás se sospechó que desde el campanario próximo a donde él ha hablado se activó el artefacto que hizo estallar un convoy. También cerca, ETA mató a un alcalde.

Está en una encrucijada extraña la Iglesia de Santa María de Lemona. Como si hubiera sido construida para culminar una postal idílica y hubiera quedado frustrada por la monumental cantera que hay a sus espaldas y el camino que trepa hasta ella. La cruz y el laburu en la entrada, los nombres de dos de sus párrocos grabados en el frontispicio de las simpatías etarras y una torre que fue transformada en metáfora ya hace muchos años.

Corría el año 1981 cuando ETA decidió utilizar el torreón para sus propios asuntos. Era un 14 de mayo. Dos de los miembros de la organización terrorista habían intentado unos días antes reventar un convoy de la Guardia Civil que trasladaba explosivos hasta la enorme pedrera. Habían elegido como referencia uno de los postes situado en la mitad del trayecto pero no pudieron matar a nadie porque la vegetación les limitó la visibilidad. De modo que la segunda vez decidieron subirse al campanario para ver mejor. Y cuando el vehículo regresaba de dejar 400 kilos de material apretaron el botón y acabaron con las vidas de José Olalla y Manuel Sánchez, dos agentes de 28 y 25 años. José dejó huérfana a una niña de dos años.

Los terroristas abandonaron partes del detonador junto a las campanas y el párroco, Juan José Camarero, fue detenido por haberles dejado entrar. Treinta y ocho años después, en verano de 2019, Ángeles Amor, la viuda de José mira a lo alto en ese mismo lugar como si tratara de encontrar un sentido. Está aturdida. Intenta digerir lo que está escuchando. El cura Mikel Azpeitia emplea un tono didáctico y de superioridad moral para explicarle que no va por el buen camino exigiéndoles a los asesinos de su marido, ya no que se arrepientan, sino que reconozcan haber hecho nada malo.

«Mi marido no vino aquí como enemigo sino para prestar un servicio, estaba destinado en el cuartel de La Salve», dirá ella. «La gente de La Salve tenía fama de torturadora y de no sé cuántas cosas más... Nosotros hemos vivido siempre nuestra violencia como respuesta a una represión que se hacía y, claro, a partir de ahí, todo es válido», responde él. «A nosotros también nos hicieron sufrir», añade. «Ha de ir produciéndose un diálogo hasta que podamos saludarnos e incluso querernos», irá argumentando. A medida que pasan los minutos, el párroco se muestra cada vez más impaciente ante las preguntas de la víctima, como si fueran un fastidio insoslayable. La llegará a reñir.

—Y ¿por qué no hacen un mea culpa?

—¡No me pidas mea culpa, pedir, pedir.!... No nos lleva a esta situación sino a la contraria.

Los argumentos del cura Azpeitia han constituido un bombazo que se ha producido tras la emisión en la Semana Internacional de Cine de Valladolid del documental Bajo el Silencio, dirigido por Iñaki Arteta. Tanto más porque Azpeitia no se quedó en este punto sino que aseguró que le repugnaba hablar de terrorismo para referirse a ETA dado que sus atentados eran una respuesta ante el acoso, sostuvo que se trataba de una guerra entre dos bandos y reconoció que ante un asesinato de la banda dudaba entre el «su merecido se llevan» y el «no está bien».

 

Tal ha sido el escándalo que el obispo de Bilbao, Mario Iceta, a punto de cambiar de destino, le retiró de los oficios eclesiásticos y le hizo pedir perdón. Aunque no le expulsó. Fuentes de la Conferencia Episcopal aseguraron a Crónica que el párroco, aunque de cultura nacionalista, nunca destacó por el liderazgo a la hora de plantear sus posiciones y que no formaba parte del grupo de cuatro o cinco sacerdotes considerados manifiestamente pro-abertzales. Que quizás adolecía de «inmadurez». Tras eso, el silencio.

«PROTEGIDO» Mikel Azpeitia ha desaparecido «protegido» por miembros de la Iglesia, que han reconocido a este suplemento que quieren «evitarle la exposición mediática».

El ex párroco de Lemona y de Bedia —en este último año había sido asignado a la parroquia de Villaro— nació en el seno de una familia obrera, muy religiosa, de la localidad costera de Bermeo. Su hermana se ocupó pronto en una fábrica conservera y su hermano se incorporó a los barcos de pesca. Y él, con apenas 10 años decidió que quería marcharse al seminario donde sus compañeros le recuerdan jugando a fútbol y haciendo mil trapacerías hasta encontrar su vocación.

Fue él quien admitió que ese fue el lugar en el que tuvo la oportunidad de forjarse como nacionalista. «Se nos acusaba de que en el seminario éramos nacionalistas como algo negativo cuando los más nacionalistas son los españoles... y la opresión existía», dijo. Su primer destino fue precisamente Lemona, adonde regresó tras un periplo por varias parroquias y donde Ángeles le encontró mientras buscaba respuestas.

Estos días, en ninguno de esos pueblos —dos con ayuntamientos gobernados por EH Bildu y uno gobernado por el PNV y donde no hay ni un solo representante de otro color— quieren referirse a él. Ni para defenderle ni, por supuesto, para condenar lo que ha dicho.

Poco antes del escándalo, el obispado le había cambiado de parroquia porque sus feligreses estaban hartos de sus maneras despectivas pero, sobre todo, de que les abroncara cuando no prestaban atención. Ese es el motivo de que no le defiendan y no otro. Frente a la iglesia de San Juan Bautista de Bedia —a unos kilómetros de Lemona— hay un robusto caserón de piedra, la casa parroquial que hasta hace dos o tres semanas fue su casa. La compartía con un menor marroquí dependiente de la Fundación Etxebarne contra la exclusión y con otro cura que fue compañero suyo del seminario. «¿Qué piensa usted de lo que dijo?», le pregunto.

—Uyyy, a eso prefiero no contestarte, responde.

A pocos metros, en la terraza del concurrido bar de la plaza, los parroquianos aseguran que no compran el periódico, ni ven las noticias y no saben exactamente qué es lo que dijo el cura.

SIN DESAPROBACIÓN Una vez informados, les pregunto si en sus homilías sustentaba las mismas tesis. Pero nadie recuerda haber escuchado nada y en Bermeo, los miembros de su familia prefieren no revelar si están de acuerdo con él. El hecho es que no hay nadie que desapruebe sus declaraciones.

Excepto, claro está, quienes perdieron familiares a manos de ETA. Mikel Azpeitia habló en dos ocasiones ante las cámaras. Una en la parroquia de Lemona y la otra en el exterior de la iglesia de Bedia. Hubo un momento en el que reflexionaba sobre cómo deben ser recordadas las víctimas del terrorismo. Encogiéndose de hombros, especulaba: «¿Cómo mártires? ¿cómo efectos colaterales? ¿cómo el pecado de nuestro ser primario? No sé cómo recordarlas. Hablamos de las víctimas de ETA pero no hablamos de los presos».

Mientras realizaba este ejercicio de equidistancia o de solidaridad con asesinos no tuvo la decencia de recordar que a pocos metros de allí vive la familia de Luis María Uriarte, el que fuera alcalde del pueblo, asesinado por ETA en 1979. Uriarte recibió una amenaza de la banda y se marchó a un convento en Navarra para preservar su vida. Cada vez que su esposa iba a visitarlo, recibía a su vuelta una llamada anónima advirtiéndole sabían dónde había ido.

Luis María Uriarte regresó un año después, cuando pensó que se habían olvidado de él y aceptó un trabajo en la cementera de Lemoa. Fue tiroteado en el interior de su coche el primer día. Su familia, tras conocer lo que el cura argumentaba a pocos metros de su casa, aseguraba a Crónica: «Ha dicho lo que realmente sentía, lo que muchos curas vascos piensan, pero guardan. Se le ha escapado».

MISAS CANTADAS Mikel Azpeitia destaca por su radicalismo y por su posición anacrónica pero no es un producto espontáneo. Los primeros zulos para empresarios secuestrados se construyeron en recintos religiosos, y en los inicios de ETA hubo curas como Arrecibia o Mendizabal. Más recientemente, sacerdotes vascos oficiaban misas cantadas por el alma de terroristas que habían muerto cuando intentaban atentar, mientras ponían todo tipo de dificultades a las víctimas; eran admitidos abertzales como Félix Placer, a quien se atribuía un concepto de la violencia «como mal menor integrable en el proceso cristiano de liberación»; y los había que ocultaban a comandos etarras.

Curas vascos han firmado en masa documentos contra la Ley de Partidos que ilegalizó Batasuna y constituyó un aldabonazo para el fin de ETA, y han animado a sus fieles a escribir cartas pidiendo perdón a los presos etarras. Durante décadas monseñor Setién, obispo de San Sebastián, tomó decisiones sesgadas a favor de los abertzales y estuvo enfrentado a las víctimas hasta decir que estaban «manipuladas» y permitirse ironizar con el alivio que le producía pensar que «el juicio que ha de hacerse sobre mi persona, no lo harán ellas».

Y obispos como monseñor Uriarte —asistido por Joseba Segura, una de las dos autoridades que instó a Azpeitia a escribir la carta de su retracto— impulsaron la negociación del Gobierno de Aznar con ETA en la que pedían «generosidad» y personifican el empeño de la Iglesia vasca en las mediaciones controvertidas.

Es cierto que la situación ha evolucionado y que monseñor Blázquez, ex presidente de la Conferencia Episcopal, pidió perdón recientemente por la actitud de la Iglesia con las víctimas, pero no es extraño que en la carta en la que el cura Azpeitia decía haberse «arrepentido» de sus «desafortunadas» palabras, añadiese: «A lo largo de mis años de ministerio he apoyado la postura y las diversas iniciativas de la Diócesis a favor de la paz y la reconciliación y deseo seguir haciéndolo». Él realizó su interpretación de ambos términos y así se lo dijo a Ángeles: hay que perdonar sin esperar ni exigir ni arrepentimiento.

Cerca de Bedia, donde Mikel Azpeitia ha vivido hasta hace tres semanas, reside también el padre Jaime Larrinaga, quien tuvo que abandonar el País Vasco por las amenazas de ETA y por la oposición de la cúpula de la iglesia vasca a su militancia antinacionalista. Ha regresado tras nueve años entre Madrid y Venezuela y no ha cambiado. Larrinaga considera que la curia vasca está actuando en estos asuntos con «cobardía». Porque del mismo modo que sólo hubo un puñado de sacerdotes contra ETA, tampoco ahora se ha dado la orden de que se condenen desde el pulpito celebraciones como los homenajes a los presos de regreso a sus pueblos. «Y las directrices definen», señala.

Hace poco más de un año que Ángeles, católica convencida, tuvo aquel epatante encuentro con un cura que prácticamente le echaba la culpa de que hubiese habido terrorismo. Por extremeña y por opresora. Ni se cree su arrepentimiento, ni quiere perdonar, como éste solicita en su carta a todas las víctimas. Argumenta que ya es duro no haber recibido «jamás» una llamada de la Iglesia ofreciéndole apoyo, pero más lo es aquello que tuvo que escuchar a unos metros del lugar donde murió su marido. Dice que lleva esperando año y medio a que la Audiencia Nacional tome medidas.

Y, mientras, el cura Azpeitia sigue en paradero desconocido. Los últimos rumores le situaban oculto en la casa cerrada y hoy en venta que los padres sacramentinos tienen en Villaro. El mismo lugar en el que fue detenido su predecesor, Juan José Camarero, quien finalmente fue puesto en libertad por falta de pruebas.

DOS CURAS BAJO SOSPECHA

Mikel Azpeitia y Juan J. Camarero (abajo). Éste fue absuelto de la acusación de haber facilitado la entrada al campanario de etarras que mataron desde allí a dos guardias civiles. La imagen está tomada ayer desde el camino donde murieron. CARLOS GARCIA

ÁNGELES ESCRIVÁ - EL MUNDO (CRÓNICA)

2020-11-11