En busca de mi abuelo Cecilio, fusilado en Paracuellos
En busca de mi abuelo Cecilio, fusilado en Paracuellos
"Fue una limpieza ideológica y religiosa"
El profesor Pablo de Lora sale a mi encuentro; para quien se desorienta en un salón vacío, encontrar el despacho 68 en el laberinto de la Facultad de Derecho de la Universidad Autónoma de Madrid es una misión imposible. En el camino muestra el que fue el despacho de Paco Tomás y Valiente, a cuyas puertas fue asesinado por el etarra Jon Bienzobas un frío 14 de febrero de 1996. De Lora explica que la cercanía del ascensor facilitó la huida. Se nota que el recuerdo le sigue emocionando, pero recordar es importante. Como dice el título de su último ensayo, publicado mañana por Alianza, Recordar es político (y jurídico). En su libro más personal, De Lora indaga en los archivos y en la memoria familiar para acercarse a la figura de su abuelo Cecilio, fusilado en Paracuellos del Jarama el 28 de noviembre de 1936.
Frente a un catedrático de Filosofía del Derecho que ha publicado libros sobre la interpretación originalista de la Constitución, el derecho a la asistencia sanitaria, la justicia animal, y más recientemente, sobre delitos sexuales o los laberintos del género, la primera pregunta es obligada: ¿por qué un libro sobre la Guerra Civil y la memoria de su abuelo? Pablo de Lora ríe y aclara que como investigador siempre ha sido bastante inquieto. Pero confiesa que el acicate concreto se lo brindó la fase de retrospección en la que entró, como le sucede a tantos, tras la muerte de su padre. De Lora había leído unas cartas familiares que hasta entonces desconocía. Cuando se enteró su amigo Pepe Teruel, catedrático jubilado de literatura española, le invitó a participar en un grupo de investigación sobre epistolarios. De Lora aceptó con la intención de vincular su aportación a las distintas reflexiones que se están llevando a cabo desde distintos ámbitos del Derecho a las leyes y asuntos de la memoria. Y de aquellos seminarios, estas páginas.
¿Qué sabía Pablo de Lora de su abuelo Cecilio antes de empezar a investigar? «Prácticamente nada», dice. «Cuenta que en 1986, cuando murió mi abuela, la mujer de Cecilio, apareció un cartapacio con unas cartas que nadie conocía y que emocionaron a mi padre. Pero ahí se quedó». Y a partir del fallecimiento de su padre quiso saber más.
De Lora sabía que su abuelo había sido fusilado en Paracuellos, pero poco más. En casa hablaba poco de la guerra, y cuando se hablaba solía repetirse la hazaña de la abuela Emilia que, ya viuda y al cargo de cinco criaturas, escapó de Madrid y logró llegar a Cádiz siguiendo una ruta imposible. Las cartas archivadas por el metódico tío Caffarena revelaron detalles más dolorosos: Cecilio había sido detenido dos veces, y vivió sus últimos días de arresto sabiendo que lo iban a matar. Así se lo hizo saber a su mujer en su última carta, fechada el 6 de noviembre de 1936. El libro reproduce la carta, y es emocionante leer en letra del propio Cecilio ese «despídeme de todos» que leerían tantas mujeres en aquel otoño del 36. Nunca hasta ahora se había preguntado De Lora cómo vivirá su abuelo esas últimas horas de pesadumbre y miedo. Recordar es una forma de indagar en el dolor de otros.
En el caso de Pablo de Lora se cumple un axioma de la memoria de nuestra Guerra Civil: el contraste entre el desinterés por las víctimas de la retaguardia republicana con el interés que despiertan las víctimas del bando sublevado. «Es, en efecto, un contraste muy agudo que no sabría explicar». La respuesta fácil, dice De Lora, es que esas víctimas ya obtuvieron un reconocimiento durante la dictadura. Pero esto es una media verdad. Muchos fusilados, incluso veteranos del ejército, nunca tuvieron reconocimiento. Hay vencedores, o «venceheridos» como los llama De Lora, de muchos tipos. Hay miles de desparecidos, personas «sin un lugar conocido de enterramiento».
La explicación que ha encontrado, y que cree aplica al caso de su abuelo, es que muchas familias no han querido remover el pasado. En parte por consideración cristiana, en parte por la creencia de que quienes fueron fusilados juntos deben permanecer juntos: «La Asociación de Mártires de Paracuellos siempre se negó a que fueran trasladados al Valle de los Caídos». Quizá la explicación de ese mayor interés por los caídos del bando perdedor esté, dice De Lora, «en el propio hecho de que perdieron la guerra», y eso añade motivos para reivindicarlos. Una cosa que llamaba la atención al joven Pablo es «el sutil repudio que mi padre sentía con respecto al suyo, mi abuelo». Insinúa que para un joven antifranquista, un padre fusilado en Paracuellos podía ser un rasgo vergonzante.
El libro señala que el régimen, a partir de los años 50, no utilizó Paracuellos para reforzar su capital simbólico. De Lora sigue en esto al historiador Julius Ruiz, cuyo estudio de los acontecimientos de Paracuellos es el más exhaustivo. «Esto es sorprendente», dice De Lora, «porque Paracuellos es el mayor manchón en la causa Republicana. Porque las sacas, también llamadas expediciones negras, no son puntuales, ni parece verosímil que se pueda fusilar a más de dos mil personas en un mes de manera clandestina».
De Lora no ignora el contexto. En otoño del 36 las tropas de Franco están cercando Madrid y la toma de la ciudad parece inminente. Pero eso no justifica lo que ocurrió: «Paracuellos fue una limpieza ideológica y religiosa».
No se puede hablar de Paracuellos sin que aparezca el nombre de Santiago Carrillo. Su responsabilidad en las sacas y asesinatos nunca ha sido esclarecida. No hay documentos que prueben su participación, pero resulta improbable que fuera ajeno a lo que estaba ocurriendo: «Es imposible que podamos aceptar que a partir del 6 o 7 de noviembre del 36 Carrillo, en ese cargo, no supiera nada».
En todo caso, añade De Lora, aunque no se pueda sostener que Carrillo fue el ideólogo de las matanzas de Paracuellos, porque no hay fuentes que lo avalen, «se le puede considerar responsable por omisión negligente. Carrillo perdió varias oportunidades de haber aclarado lo que ocurrió. Su juicio para la historia hubiera sido más benigno si hubiera dicho algo más, y si hubiera sido más caritativo con respecto a los que murieron allí», a quienes trata en sus memorias como un bloque monolítico de quintacolumnistas.
El ensayo se sostiene sobre tres ejes muy claros. Por un lado, el interés del autor por la historia de la guerra civil. Por otro, el interés despertado por su historia familiar. Y por último, el factor contextual, marcado por la aprobación de la ley de memoria democrática y los debates sobre el papel del pasado en la vida pública. «Sí, en mi caso han confluido lo personal y lo político». Por un lado, le sorprenden quienes viniendo de familias «vencedoras» militan en el antifranquismo y perciben esa victoria como un manchón en su pedigrí: «En cierto modo, es otra forma de volver a matar al padre». El segundo factor que le hace reaccionar es el «asedio al imaginario de la Transición»: «Ese asedio me ha animado a saber más y a confirmar el enorme esfuerzo de generosidad y reconciliación que hicieron unos y otros».
En el buscador de víctimas de la guerra civil de la Administración no aparece el abuelo Cecilio, pero sí sus victimarios. «Lo que me acucia no es que muchos victimarios aparezcan como víctimas, que pueden serlo también, sino que figuren como defensores de la democracia».
Pablo de Lora aprendió con Santos Juliá y con libros como Las armas y las letras de Andrés Trapiello que los relatos maniqueos sobre la guerra civil, según cuales se enfrentaron fascismo y democracia, son falsos: «ni Julio Álvarez del Vayo ni Francisco Largo Caballero luchaban por la democracia liberal». Ellos y muchos otros, sobre todo del Partido Comunista, vieron la guerra como una oportunidad para instaurar un régimen totalitario de corte soviético y De Lora considera que es injusto que sean recordados como personas que lucharon por preservar las libertades. «Eso me molesta más que el hecho de que mi abuelo no aparezca», insiste. «Aunque esto también me molesta: si las leyes están hechas para respetar la memoria de todos…».
Cuando se le pregunta por los intentos de sentar en el banquillo a dirigentes franquistas, De Lora contrasta esa actitud con quienes, en los años de la Transición, se opusieron a que fuera juzgado el propio Carrillo, alegando que no se podía pasar por encima de la amnistía de 1969. Esto es relevante, insiste De Lora, porque subraya que la España de Franco no era un Estado de Derecho, pero sí un Estado juridificado, aunque por supuesto actuara en ocasiones extrajudicialmente.
Para terminar comparto con Pablo de Lora una impresión: resulta más fácil imaginarme al Partido Popular en un homenaje a las víctimas de la matanza de Badajoz que al Partido Socialista en un homenaje a las víctimas de Paracuellos. «Coincido con ese diagnóstico, y es muy triste. Eso hubiera sido posible con el PSOE de los años 80 –Rodríguez de la Borbolla, Peces Barba, Liborio Hierro– pero ese paradigma ya no está presente en este PSOE».
De Lora apunta que hoy se escuchan acusaciones en el Parlamento que no se escucharon contra Blas Piñar, «y eso es una regresión absoluta». Ha calado muy hondo lo que llama «el francoceno», y para ilustrarlo recuerda que cuando el Ayuntamiento de Madrid homenajeó a Melquíades Álvarez, «el ángel rojo», la Cadena Ser se refirió a él como un hombre «que evitó el fusilamiento de franquistas (sic) durante la guerra». Y señala De Lora que Emiliano García-Page acaba de definir el gobierno de la UCD como un gobierno de Franco sin Franco.
«Si algo he aprendido escribiendo este libro es que debemos ser mucho más cautos a la hora de enjuiciar moralmente el pasado», cuenta. «El Gobierno nos instó a conocer nuestra historia, yo me lo he tomado en serio, y resulta que hay cosas que no me habían contado».
leer más...







