Prólogo: de parejas y naciones

02 - 10 - 2020 / FELIX OVEJERO - FACEBOOK

En España siete de cada diez matrimonios terminan en separación. Más o menos, a los diecisiete años de casados.  La mayoría de las separaciones son de mutuo acuerdo pero muchas, muchísimas,   otras,  no. En principio, y, sobre todo, al principio, todos prefieren acabar a buenas, pero si hay que terminar como el rosario de la aurora, pues se termina. Nadie está obligado a permanecer con quien no quiere. Faltaba más. Eso lo sabe hasta quien se resiste a la separación, aunque no dude en chantajear de todas las maneras imaginables, y de ahí que los finales no sean separaciones de terciopelo: quien tiene buena disposición, en una negociación, en principio, está en manos del otro, que, como lo sabe, tiraniza…hasta que el otro, que, en realidad, descubre que tiene menos que perder.

Pero, sobre el trasfondo, no hay desacuerdos: nadie está obligado a permanecer con quien no quiere. Al menos mientras nos tomemos en serio el respeto a la autonomía de las personas. Quizá algunos apelarían a respetar los compromisos asumidos: nadie te obligo a casarte, pero si un día dijiste que sí y, además, que era para siempre, no puedes faltar a la palabra dada. Sin tomarnos en serio lo que decimos, no hay sociedad que sobreviva.

Sin duda. Pero no es menos cierto que la persona que hace veinte años dijo estaré contigo hasta que la muerte resuelva el trámite tiene muy poco que ver con la que hoy se quiere separar. Ni tampoco aquella a quien se lo dijo. Han pasado los años y con los años las querencias, los intereses, las inquietudes, los gustos y los hábitos. En resumidas cuentas, aquella persona no es la de ahora. Einstein no era Einstein desde la primera papilla. No somos esencias impermeables al paso del tiempo. Somos nudos de experiencias y las experiencias nos modifican. Sarmentosos de historia acumulada. De hecho, hasta el sustrato biológico, salvo unas poquitas células, ha cambiado por completo. No, aquella persona no mentía cuando veinte años atrás hizo una promesa. Ni ahora cuando ha cambiado de opinión. Era sinceridad con la única sinceridad que importa: el afán de verdad con uno mismo. Entonces y ahora.

Una circunstancia, verdadera sin remedio, con importantes implicaciones. Sin ir más lejos, la persona de entonces nada sabía de esta otra y no podía tomar decisiones en su nombre. Nadie puede tomar decisiones por otra persona adulta y cuerda sin su consentimiento. Y, en el fondo, estamos ante dos personas distintas. Lo sabemos todos, incluso cuando nos conjuramos contra la fatiga de materiales. En su día tal vez debería haber dicho “ahora, teniendo en cuenta lo que conozco de ti, lo que yo soy ahora, y lo que puedo anticipar previsiblemente en un mundo parecido al presente, te querré siempre….ceteris paribus”. Pero, claro, las bodas se han de terminar en un plazo razonable y no hay tiempo razonable para inventariar todas las circunstancias del mundo.

Y todo esto, se preguntará el lector,  qué tiene que ver con la independencia o la autodeterminación. Sí, lo de comparación con el divorcio se entiende: Cataluña, si quiere, se puede marchar, estén de acuerdo los españoles o no. La voluntariedad, ¡joder! …pues no tan rápido: la voluntariedad del divorcio es inseparable de la voluntariedad del matrimonio. Y sucede que no hay voluntariedad inicial en ninguna comunidad política. En ninguna. Las teorías del contrato social de los filósofos, y las hay a cientos, cada cual más sofisticada, son especulaciones de pizarra. ¿cuándo y quién decidió juntase para formar una comunidad política? ¿Decidió cierto día Cataluña unirse a España? ¿Barcelona a Cataluña? ¿Tarragona? ¿La Barceloneta a Barcelona?

La comparación, por lo que se ve, no es tan inmediata. Las sociedades no se sostienen en la voluntad. Al menos no como los matrimonios o los grupos de petanca, en donde uno se apunta o se borra cuando quiere.  Uno nace en un tiempo y en un país y no puede elegir ni uno ni otro, como no puede elegir formar parte de la especie humana. Y a partir de ahí, un cuerpo de carne transcurrida. Algunas cosas las decide, pocas, y otras, pues no. Puede cambiar de país y, trabajosamente, de sexo, más o menos. Pero, desde luego, no elige a sus conciudadanos. No, la voluntad no sostiene a las sociedades. Y sí no es la voluntad, ¿qué las sostiene? ¿el parecido? ¿la identidad? Pero eso también es un asunto complicado. ¿únicamente deben ser conciudadanos quienes piensan igual? y si uno cambia, ¿se debe marchar? Por ahí nos acercamos al otro hilo, al complicado asunto de qué constituye la identidad, de si sirve (o no) para justificar decisiones morales o políticas. Si la joven nada tenía que ver con la mujer adulta, qué decir de sociedades compuestas de millones de individuos que van de aquí para allá, qué cambian de querencias y costumbres. Y aún más a través de los siglos. ¿Se parece los catalanes de hoy a los catalanes de 1714 más que se parecen a los madrileños del 2021? Bastarían cinco minutos de conversación para descubrir que los catalanes de 221 y los de 1714 apenas podrían cruzar dos palabras. Y ni siquiera se me ocurre cuales serían, porque, ciertamente, no podrían hablar de la liga de futbol, de Facebook, del coche que tienen, de lo que comen o de lo que enferman, de virus o bacterias. Desde luego, si los de hoy comenzaran a hablar de lo que se parecen con los de 1714,  de 1714, de naciones, identidades, fuerzas de ocupación, vamos del habitual raca raca, el de 1714 pensaría que estaba ante un trastornado.

A estas alturas espero haber confundido al lector. Si es así, me doy por satisfecho. Esta líneas solo aspiran a desarmar las inercias intelectuales, a recordar que no todo es lo que parece y que, a la hora de pensar las cuestiones políticas, como casi todas, la perplejidad no es una manera de comenzar. De eso va este libro, de las secesiones y sus sinrazones.

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