Lo que sé de las naciones. Respuesta a Urkullu

05 - 09 - 2023 / JUAN CLAUDIO DE RAMÓN - EL MUNDO (PREMIUM)

Lo que sé de las naciones. Respuesta a Urkullu

EL LEHENDAKARI Urkullu ha causado sensación con su artículo en El País. La tesis: la abolición del Estado liberal y su reemplazo por un zurcido plurinacional. Para el ministro Bolaños la propuesta es «legítima», término que en el argot de los políticos equivale a «razonable». La perorata del líder nacionalista es lo contrario de razonable. A cambio, es honesta: bastante más que las prédicas curíales que. en días pares e impares, nos informan de que España es plurinacional. sin advertir de las consecuencias. Urkullu las explica con candidez desde el primer párrafo: la vuelta al siglo XVIII. Es decir, jurisdicciones variables para una ciudadanía desigual. Me repito, pero aquí van algunas ideas maduradas a lo largo de estos años de prevaricación intelectual en tomo al concepto de nación.

Un imperio puede ser plurinacional. De hecho, en la defínición de imperio está el atributo de ser plurinacional. Un Estado democrático no puede ser plurinacional también por definición. Cuando un Estado se hace democrático, esto es. cuando crea una ciudadanía igual para todos, la nación se hace unitaria. Por eso. la práctica legal y administrativa ya no distingue entre nacional y ciudadano Cuando se caracteriza a ciertos países como plurinacionales es porque se cree posible distinguir entre naciones políticas y culturales. Pero la nación cultural se extinguió con la Revolución Francesa y hoy no pasa de ser una flor de invernadero académico con la que los politólogos se ganan las habichuelas en sus congresos. La nación moderna es política siempre: un demos superador de un etnos. El equívoco reside en suponer que el Estado-Nación es el Estado que contiene una nación. El Estado sería una caja que aloja una nación. que sería una cosa. Como esa cosa se define por la posesión de ciertos rasgos, a lo mejor, si se mira bien, resulta que ese Estado contiene más cosas que también son naciones. Pero la nación no es una cosa, sino un postulado. Aquello que debes aceptar si deseas tener una comunidad que incluya a personas distantes en lo geográfico y diversas en lo cultural. (Y seamos francos: tampoco es que en España haya que cubrir enormes distancias ni kilométricas ni culturales).

La nación, en suma, es el invento necesario para ampliar la escala de las sociedades humanas que se rigen por procedimientos democráticos. No está dentro sino en la base del Estado. Para los forjadores de democracias la pregunta no era cuántas naciones había en tal sitio, sino cuántas había que tener una, lo más abarcadora posible. A la derecha la nación le era atractiva por la seguridad jurídica que traía a intercambios económicos en un mercado ampliado: a la izquierda, porque la nación es el ámbito donde es legítimo quitarle a uno para darle a otro. Sin nación no hay redistribución. No es fácil de explicar que la izquierda española sea hostil al dispositivo que permite una solidaridad no simbólica en sociedades que trascienden los lazos de sangre, lengua o credo. Dicen que tiene que ver con Franco. Yo creo que tiene que ver con el poder.

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