Cuando se pierden los papeles

12 - 06 - 2021 / ALVARO DELGADO-GAL - ABC

Cuando se pierden los papeles

La mesa de negociación entre el Gobierno de España y no se sabe quién, (¿la Generalitat?; ¿Esquerra?) encierra un peligro y una certeza. La certeza es que lo exigido por Junqueras, a saber, la autodeterminación de Cataluña, no es posible dentro de la Constitución; el peligro es que, burla burlando, se hagan concesiones letales para la cohesión del Estado. En el supuesto más venial, los independentistas obtendrían beneficios de carácter económico e institucional cuya extensión al conjunto. Inevitable en el medio plazo, desataría el caos. En el peor, se podría acordar una consulta no vinculante en teoría, aunque vinculante de hecho. En ese mismo instante, el Estado saltaría por los aires España, en este momento, es un barco a la deriva. El único objetivo del Gobierno es sobrevivir en el día a día: el del PP. ganar las elecciones; los independentistas. desde luego, quieren la independencia, pero no están unidos. El tinglado político, en fin. se está viniendo abajo. No hay planes de verdad por lado del constitucionalismo. ni siquiera, la voluntad de concebirlos.

La democracia funciona mal cuando el marco dentro del cual se mueven los partidos pierde fijeza. Los partidos. por definición, están entregados a la tarea agotadora de salir con bien de una sucesión rapidísima de desafíos ante las urnas. Los sufragios nacionales, regionales o municipales absorben todas sus energías, mientras los medios y las encuestas miden la evolución hacia arriba o hacia abajo de las distintas siglas y los políticos, ahora con nombre y apellido. evalúan la posibilidad de perder su cargo y tener que volver a su casa En momentos de estabilidad, esta terrible economía vital es conciliable con la gobernanza. Se puede disentir civilizadamente sobre el nivel salarial o sobre política industrial, o sobre la base mínima de cotización. mientras las reglas generales estén claras. Cuando no lo están, el erratismo inherente a la actividad política se desborda y el desorden adquiere proporciones colosales. Nada se sustrae a la confusión, ni lo grande, ni lo pequeño.

En esas estamos, y eso no lo van a resolver los episodios que imprimen un ritmo frenético, aunque superficial. a la actualidad. Seamos francos: el pacto del 78 está muerto. El 78 sucumbió oficialmente en 2017. cuando el gobierno autonómico de una de las regiones más importantes de España se levantó sediciosamente contra la legalidad vigente. La Constitución del 78, un hecho venturoso, dado que las alternativas eran, o una guerra civil, o la perpetuación inviable de una dictadura, contenía una novedad específicamente española: la administración del territorio. Sin esa novedad, la Carta Magna habría sido una constitución genérica, con réplicas en cualquier democracia europea. Por desgracia, esa novedad no ha salido bien, o para ser precisos, no ha conseguido aplicarse con éxito. Nos hemos quedado sin marco. Los herederos del 78 gesticulan en un escenario para el que no está escrito un guion. Son como los personajes del drama de Pirandello. Existen solo virtualmente. No encuentran un hueco en que alojarse y recitar su papel

Por descontado, no es baladí que Sánchez vaya a durar en La Moncloa dos años, o solo medio; es importante que Ciudadanos haya desaparecido. o casi; lo es la proporción de votos que Casado pueda arrebatar, o ceder. a Vox. Estos hechos importantes, no obstante, lo son solo relativamente. Lo fundamental es que nada, ni nadie, parece estar yendo a ninguna parte. En estas circunstancias. el valor de los hechos políticos se altera. Volviendo al principio: la cuestión no es si Sánchez logrará remediar el desaguisado catalán. Conocemos ya la respuesta, y es 'no'. Lo interesante es saber cuánto acelerarán sus imprudencias la crisis radical a la que nos dirigimos a paso de trote. Cuando esa crisis estalle, empezaremos a hablar en serio. El nuevo drama escogerá a otros actores.

leer más...