¿Hacia una segunda Transición?
Si, al contrario de lo que pretendió la Constitución del 78, los partidos no son agregadores de opinión, sino simples máquinas de poder ejercido por unas minorías básicamente en su beneficio y en el de los que le apoyan lealmente, vamos mal. Si el político no responde nunca ante los electores sino ante quienes forman las listas, el incentivo está claro: ser leal al de arriba y no tanto al elector. Es verdad que esto no es otra cosa que la ley de Hierro de la Oligarquía de Michels que, ya en 1911, entendió que las organizaciones complejas por necesidades prácticas y de eficacia acaban convirtiéndose en oligarquías
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