España no se rompe, se descompone

30 - 10 - 2023 / FÉLIX OVEJERO - EL MUNDO (PREMIUM)

España no se rompe, se descompone

Lo habrán escuchado en las calles de Madrid o Sevilla: “¡que se vayan!”. Sí, cada vez hay más españoles partidarios de “romper España”. No entre los catalanes, donde cada vez son menos, a pesar de que Sánchez los toma como portavoces de todos: en las últimas elecciones ERC y Junts fueron el cuarto y quinto partido en Cataluña.

Esa es la mayor victoria del secesionismo: encanallar –catalanizando—nuestro debate público. Personajes carentes de todo afán de verdad, como Patxi López y Oscar Puente, que parecen escapados de los parlamentos de los años veinte del siglo pasado, impensables fuera de Cataluña hace diez años, prosperan en el lodazal. No dejan ni la posibilidad de presumirles la buena fe. No aspiran a dar razones aceptables para los demás. Se entregan fanáticamente a las metáforas más tramposas, aquellas que imponen las imposibles discusiones. Ya saben: “¿Ha dejado usted de pegar a su mujer? Conteste sí o no”. Y les jalean. Es lo que tiene el odio.

Mi ejemplo favorito de trampa es “¿ves?, y no se rompe España”. Cuántas veces lo habrán escuchado, después de argumentar ustedes que aceptar la alternativa “me das algo o la independencia” nos aboca –único equilibrio final estable-- a la independencia. Nadie abandona una apuesta cuando siempre gana.  Y claro que se apaciguan. Ya se sabe: el mejor modo de aplacar a un león es dejarse comer. Como el argumento, estrictamente matemático, no permite réplica, ellos, a la bronca, a lo suyo: “¡facha crispador¡”.

No importaba que los más pacientes --servidor incluso, en sus tardes de mayor delirio deliberativo-- maticemos que lo que nos importa no es una unidad de España esencialista y metafísica sino la de la nación democrática, donde rige el imperio de la ley y se materializan la unidad de justicia y de democracia, de igualdad y de redistribución. Y que, por lo mismo, despreciamos una unidad de mampostería, compatible con comunidades autónomas en donde imperan la impunidad y la discriminación étnica. La despreciamos, sobre todo, por otra razón también tautológica:  cuando unos cuantos ciudadanos no son libres no lo es nadie en España. Una y otra vez, el chistecito: “pues ya ves, no se rompe España”.

Con su insuperable cinismo, Sánchez y sus voceros incluso dan otro paso: “es más, estamos mejor que con la judicialización de la política”, esto es, con la despenalización del delito. Acabar con las violaciones despenalizando el delito de violación. Naturalmente, se olvidan de que ese “estamos mejor”, si es que lo estamos, no es resultado de lo que se hace hoy, sino por lo (poco) que se hizo hace cinco años, cuando se aplicó la ley. Como si le dijéramos a quien ha superado un cáncer: “ahora se te ve mejor y no cuando estabas con la quimio”. Hoy, precisamente, cuando hemos tirado la bomba elastomérica que nos podría ayudar la próxima vez.

Pero vayamos al argumento: “y no se rompe España”. Ante todo, confieso mi perplejidad al escucharlo en boca de quienes tienen como objetivo proclamado desmontar nuestro país, sobre todo cuando, a la vez, suscriben acuerdos que, según nos dicen, los acercan a sus objetivos. En ellos o en quienes les ofrecen tales acuerdos, casi todos orientados a debilitar lo que nos une, como sucede con el uso de la lengua común. Cuando nos dicen esas cosas, que ni pueden pasar por un argumento, no es que nos pierdan el respeto a nosotros, le pierden el respeto al principio de consistencia lógica.

Pero es que, además, la bromita se sostiene en una falacia fundamental: equiparar la ruptura de un país a la de un cristal, de un instante para otro, y no de a poquito, como la de una soga o un amor, como sucedió con el Imperio romano o el otomano. Como se pudren los organismos. Como se nos va la vida. Sin camino de vuelta.

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