Falleció Don Gregorio Salvador Caja, ilustre filólogo, amigo de nuestra Asociación. DEP

28 - 12 - 2020 / Redacción Tolerancia

Falleció Don Gregorio Salvador Caja, ilustre filólogo, amigo de nuestra Asociación. DEP

Fue un reputado y activo hombre de letras. Miembro de la RAE desde 1987, presidió la institución entre 2000 y 2007. Posteriormente, presidió la Asociación de Academias de la Lengua Española. Colaboró con nosotros en distinas ocasiones y participó en las Jornadas de Homenaje a Juan Ramón Lodares. En la fotografía, pueden verle a la izquierda en la sesión inaugural de esas Jornadas.

El contenido de las Jornadas se recogió en un número especial de la Revista "Tolerancia". En este enlace pueden descargar la revista y leer las palabras que Don Gregorio Salvador dedicó a su colega Juan Ramón Lodares, joven promesa de la filología española, tristemente fallecido en un accidente automovilístico.


Aquí la entrada de Wikipedia con toda la información sobre la persona de Don Gregorio Salvador Caja y su obra. Se resumen también, específicamente, sus opiniones acerca de la situación lingüística en España


En El Mundo, anteayer, 26/12/2020

Muere a los 93 años el lingüista y académico Gregorio Salvador

Pérez-Reverte: "Era el último de los grandes académicos, de esos que daban prestigio y hacían respetable la institución"

MANUEL LLORENTE


Y una anécdota, recogida en Facebook por Carlos Rodríguez Estacio,

en la que se puede apreciar el espíritu de este singular académico:

 

EL HOMBRE QUE SALVÓ A MR. PARSONS

Seguimos con Gregorio Salvador. En un capítulo de su obra «El destrozo educativo» narra esta prodigiosa historia que, a pesar de ser completamente real, el presente ha convertido en inverosímil. Hace ya más de medio siglo, Gregorio Salvador, nomen omen, salvó la vida de Mr. Parsons. En aquel entonces nuestro protagonista era profesor visitante en la Universidad de Maryland. Selecciono algunos párrafos de su narración:

«(…) una mañana, a las once y media, se presentó en mi despacho Graciela Palau de Nemes, la conocida especialista en Juan Ramón Jiménez, a comunicarme, consternada, que el profesor Parsons había tenido un amago de infarto, quince minutos antes, que su situación era grave y que venía a pedirme ayuda. Yo no salía de mi asombro. ¿Qué ayuda podía prestar yo? "Lo habrán llevado a un hospital, naturalmente", dije. Pues no, y ése era el problema: Parsons se negaba a ello, porque de doce a una tenía que explicar El Lazarillo de Tormes, en el aula 24, a los alumnos del curso 341 de Literatura Española. Eso estaba programado así, desde hacía más de un año, y Parsons sólo se dejaría conducir a una clínica si hubiese alguien capaz de sustituirlo con solvencia. Entre los profesores del departamento presentes allí aquella mañana, no había ninguno capaz de hacerlo: cada cual dominaba únicamente la parcela de la que era especialista. Sólo quedaba yo y de ahí la angustiada visita de la doctora Nemes. Bajamos al despacho de Parsons. Derrumbado sobre un sillón, aflojada la corbata, caídos los brazos, desencajado, su aspecto era lastimoso y su decisión de dar la clase que a mí me resultaba entre patética y disparatada, a la media docena de turbadas personas que andaban por allí les parecía natural. No lo dudé: pedí un ejemplar del Lazarillo..., le aseguré a Mr. Parsons que podía marcharse tranquilo, que yo lo sustituiría, y ya con esto se dejó conducir al hospital de Bethesda, donde cincuenta minutos después le sobrevino el ataque fuerte, el infarto verdadero, pero ya rodeado de las asistencias necesarias, lo que le permitió sobrevivir. Si yo no hubiese sido catedrático de instituto, si yo no me hubiese tenido que estudiar a fondo El Lazarillo..., que era uno de los 142 temas que nos pusieron para la oposición que he dicho, no habría podido impedir que Mr. Parsons cumpliese con su deber, que entrase en el aula 24 y muriera minutos más tarde con la novela en la mano y a vueltas con el problema de su desconocido autor.

(…) He contado muchas veces, oralmente, esta pequeña historia, pero siempre a propósito del rigor programático de las universidades norteamericanas, del sentido de la responsabilidad llevado a un extremo que para nosotros puede resultar inconcebible. Lo veo ahora desde la perspectiva que me atañe. Mi decisión fue muy celebrada, Y por un tiempo hice honor a mi apellido, me convertí para todos en el salvador de Mr. Parsons. Cuando lo dieron de alta, vino a visitarme a mi domicilio, con su esposa, cargados ambos de flores, de lágrimas y de gratitud. Y en la conversación subsiguiente, mostró su admiración el profesor norteamericano por el hecho de que yo, que era esencialmente un lingüista, hubiese tenido mis conocimientos acerca del Lazarillo... tan milagrosamente a punto. "No es ningún milagro -le dije- es que soy catedrático de Instituto." Y le expliqué lo que eso representaba de extensión de conocimientos, de dominio de saberes, de capacidad de improvisación: le conté mis oposiciones. Y el doctor Parsons, que era más bien hombre serio y taciturno, me escuchó atentamente y sentenció con humor: "Pues en cada departamento de Español de los Estados Unidos deberíamos tener siempre de guardia a un catedrático de instituto."».

Más allá de la entrañable anécdota humana, cabe categoría. De cuando enseñanza y conocimiento iban de la mano, cuando la pedagocracia no imponía un formalismo educativo que abre la puerta a todas las manipulaciones y a todos los totalitarismos; también de cuando dedicarse a las humanidades significaba, sobre todo, visión de conjunto y perspectiva. Como diría Ferlosio, «¡Dorados tiempos de la Instrucción Pública!».