Hablar por hablar
Hablar por hablar
UNA DE las ventajas con las que cuenta la inmersión lingüística en la escuela catalana es que casi todo el mundo está contentísimo con ella. Gracias a un niño de cinco años de Canet, ahora recordamos por qué.
Los padres hacemos cualquier cosa por los hijos. Desde saltarnos la ley hasta mirar para otro lado cuando en el colé se la saltan, porque de lo contrario, al menos en Cataluña, corres el riesgo de que un ex profesor de la Universidad Autónoma de Barcelona pregunte en un chat de papás dónde está la casa de tu hijo para apedrearla, e intentar que te marches de una Comunidad que por alguna misteriosa razón considera suya.
Uno de los mayores errores que se pueden cometer al abordar este asunto es creer que estamos hablando de un niño de cinco años o de educación o de lenguas autonómicas; cuando en realidad estamos hablando de política, lo que permite obviar por completo la presencia del menor, las formas, y especialmente tener algo interesante que decir.
La degradación intelectual de los políticos no es otra cosa que el reflejo de la degradación intelectual de los votantes, lo que ha obligado a fabricar cosas como una Cataluña para vagos, donde más vale defenderla que conocerla. Y donde la
cultura, la historia o la botánica han quedado resumidos a sintaxis.
El ministro Garzón aseguró ayer que el castellano «goza de enormes privilegios» en Cataluña, no como sus hablantes, que al parecer no tienen ninguno. A estas alturas resultaría absurdo recordarle que el idioma no es una persona, pero es que acaba de gastarse 80.000 euros en un vídeo con un oso de peluche pegando carteles.
Vázquez Montalbán dijo que el Barça era el ejército desmilitarizado de la catalanidad. Quizá previendo la situación actual del club, las instituciones catalanas han preferido ir derivando esa tarea en el pueblo, en cuanto lograron convencerles de que existía un enemigo, aunque sea un niño de cinco años. En su Cataluña ideal no sólo existe el derecho a no estudiar en castellano. También necesitan que nadie lo haga, y tirar una piedra de vez en cuando.
Cada vez que me escucho diciendo «cuando las generaciones futuras observen este momento de nuestra historia», enseguida me doy cuenta de que nadie observará este momento de la historia, porque no hay nada que ver. Instituciones que un día fueron inventadas para proteger a las minorías se sirven ahora de las mayorías para que les ayuden a aplastarlas.
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