La democracia no lo merece
Para que la democracia se consolidara, muchos tuvieron que hacer esfuerzos impensables y renuncias históricas. Tuvieron que compartir olvidos y rehacer al enemigo para mirarlo como adversario. Otros, los imprescindibles, pagaron con su vida su compromiso político, su dedicación al servicio de los ciudadanos o la resistencia al chantaje depredador de los terroristas.
Es verdad que no hay que ofrecer un relato idílico de la Transición. Costó mucho, fue muy dolorosa; lejos de ser un camino de rosas, fue una senda escarpada e incierta. Pero culminó con un éxito histórico sin precedentes que hizo de España un modelo, y con razón. Esa historia de España, esa que en una sórdida imagen el poeta comparó con la morcilla porque «está hecha de sangre y se repite», quedaba cancelada
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