La escuela, el ejército desarmado de la Cataluña nacionalista
La escuela, el ejército desarmado de la Cataluña nacionalista
XAVIER MASSO: «Si comulgas con la idea dominante, lo tienes más fácil para integrarte»
CLARA GONZALEZ: «En una Cataluña independiente la escuela sería más igualitaria y justa»
BEATRIZ ROSAL: «A partir del 1-0 los profesores dejaron de ser tolerantes»
IOLANDA SEGURA: «El director puede elegir al profesorado y eso puede usarse para coaccionar»
En una Barcelona silenciada por el COVID, los patios de los colegios son los únicos espacios públicas donde aún persiste el bullicio de los tiempos prepandémicos. Las normas contra el coronavirus colgadas en las vallas han reemplazado a los lazos amarillos y a las pancartas por los presos del 1-0, pero aún queda algún cartel, como el de la Escola Proa, un centro concertado cercano a Montjuíc, que advierte: «Som y serem escola catalana. Fem y farem escola en català». No es el único colegio donde no se cumplirá la sentencia del TSJC que obliga a un 25% de horas en castellano. USTEC, el sindicato con más representación, también llama a sus docentes a «desobedecer» el fallo judicial.
La lengua vehicular de aprendizaje se mantiene como seña identitaria en un sistema educativo que es pieza clave de la construcción nacional. Los colegios y las autoridades educativas tuvieron un papel relevante durante el referéndum ilegal de 2017 y ahora, en vísperas de las elecciones, los candidatos hacen promesas para potenciar, mantener o quitar la inmersión lingüística. Treinta años después de que Manuel Vázquez Montalbán dijera que el Barça era el ejército desarmado de Cataluña, podría reescribirse el aforismo: la escuela se ha convertido en el ejército desarmado de la Cataluña nacionalista.
Según una encuesta realizada por Convivencia Cívica Catalana a partir de datos del CIS recogidos entre 2013 y 2017, el 61% de los profesores es partidario de la independencia, un porcentaje mucho más alto que el del conjunto de la sociedad catalana y el mayor de entre todas las profesiones. Entre los profesores se cuentan más votantes de ERC que en otros oficios y más del 40% se siente únicamente catalán, el doble que la media de ciudadanos. Hay más de 100.000 profesores en Cataluña el 1,7% del censo electoral. ¿Por qué el sentimiento secesionista se ha extendido tanto entre los profesores? ¿A quién votarán el 14-F?
Carles Martínez, secretario de Políticas Educativas de la Generalitat, explica que hay una razón sociológica por la que el nacionalismo casa mejor con el perfil del maestro: «Clase media», «título universitario», «de izquierdas» y con tendencia al idealismo. «Es una profesión con una función social de ayuda a la población y los colegios son centros de igualdad de oportunidades», recalca Martínez, catedrático de Historia hijo de gallega, militante de ERC e independentista, da una razón más: «La escuela es uno de los pilares del Estado para construir su sociedad. Aquí y en todos los sitios. Es un instrumento de cohesión de la sociedad y un pilar de las naciones, que han utilizado la escuela ya desde el siglo XIX», expone. Añade que «históricamente ha habido mucha
manipulación de la educación por parte de muchos estados», especialmente en la asignatura de Historia, donde «detrás de los Reyes Católicos está el debate del origen del Estado español». Niega que esa manipulación se esté produciendo en Cataluña -aunque informes de la Alta Inspección o de asociaciones constitucionalistas así lo aseveran-, pero reconoce abiertamente que la escuela, en cuanto a su misión auto atribuida de agente de cambio social, contribuye a crear un modelo de país.
«No hay Estado que no se haya construido en gran medida con la escuela. La II República, donde el maestro era el nuevo sacerdote, era conocida como la República pedagógica y de ahí queda una vaga influencia francesa», expresa el sociólogo Mariano Fernández Enguita, progresista no nacionalista. Sitúa el origen de todo en «la purga de (14.000) profesores no catalanohablantes que tuvieron que dejar Cataluña en los 80 y fueron sustituidos por una entrada masiva de maestros procedentes de Filología Catalana».
«Los filólogos catalanes, en aquel entonces, eran los apóstoles de Òmnium», apunta Antonio Robles, uno de los fundadores de Ciudadanos y profesor de Filosofía que fue testigo del éxodo. Recuerda el Programa 2000 de la Administración Pujol, que a principios de los 90 propugnaba «impulsar el sentimiento catalán de los profesores, padres y alumnos» y se ponía como tareas «vigilar de cerca» la elección de los inspectores, «velar» por la composición de los tribunales de oposición y «reforzar» el papel de los directores.
¿Se han logrado estos objetivos? «Hay mayoría independentista de profesores porque llevan 30 años con un régimen clientelar absoluto. La Administración estatal está ausente y han hecho una plantilla a su imagen y semejanza. El acceso por ley es el mismo que en el resto de España, pero el sistema está montado de forma sibilina para que las reglas se lo pongan más difícil a unos que a otros», responde Xavier Massó, catedrático de Filosofía, secretario general del sindicato ASPEPC y presidente de la Fundación Episteme.
Massó habla de una «guardia pretoriana» de la Generalitat formada por inspectores, que durante años fueron nombrados a dedo, sin pasar por una prueba de oposición (ahora hay un 30% en comisión de servicios), y directores, seleccionados gracias a la Lomce por unos tribunales con mayoría de miembros de la Administración. Además, para opositar se exige un nivel de catalán y eso frena a los docentes de otras CCAA
Cataluña, además, es la única región de España donde los directores pueden escoger con qué interinos se quedan al curso siguiente. Se permite que hasta un 50% de la plantilla proceda de plazas perfiladas que no han pasado por oposición. Actualmente hay un 11% de puestos cubiertos por estos profesores, que han pasado de 4114 en 2017 a 7.057 en 2021, según USTEC. Los sindicatos denuncian al unísono que eso está provocando que se fiche a «personas de la cuerda» pues la selección se realiza con «criterios arbitrarios». Todo esto crea un «juego de intereses creados» donde, «si comulgas con la idea dominante del régimen clientelar, lo tienes más fácil para integrarte», según Massó.
«No posicionamos a favor de la independencia nos costó una parte de la afiliación, y más en la enseñanza que en el resto de sectores», desvela Manel Pulido, secretario general de la Federación de Educación de CCOO Cataluña, que cuenta que no convocar una huelga general en protesta por la carga policial del 1-0 les hizo perder miembros. Este «internacionalista» partidario del catalán como elemento de integración de los castellanohablantes constata que los docentes participaron en las manifestaciones del procés de forma más masiva que otros profesionales, aunque otras fuentes sindicales sostienen que sus movilizaciones se circunscriben a esta causa y no son tan activos a la hora de participar, por ejemplo, en las marchas del 8-M.
¿Qué va a ocurrir estas elecciones? ¿Los profesores votarán mayoritariamente por ERC? «Es difícil predecirlo», responde Iolanda Segura, maestra de Infantil a favor del «derecho a decidir» y portavoz de USTEC. «Puede haber más abstención porque hay un descontento generalizado de los profesores con ERC. Hemos pedido varias veces la dimisión del conseller Josep Bargalló, que es de USTEC, porque no ha sabido gestionar. La pandemia ha mostrado las vergüenzas de un sistema que hace aguas. Estamos descontentos con los recortes, las ratios, las horas lectivas, la forma de elegir a los profesores...», dice.
En el huerto instalado en la azotea de la escuela pública Ferrer i Guardia, situada en la obrera Ciutat Meridiana, espera Clara González, profesora de Primaria y miembro de Plataforma per la Llengua, asociación impulsora del uso exclusivo del catalán en los colegios. Sostiene que la única posibilidad que tienen sus alumnos -el 98%, de origen inmigrante- de aprender catalán es dentro del colegio, porque tanto en el patio como en casa predominantemente «hablan en castellano». Éste es, en resumen, el argumento del nacionalismo lingüístico: el castellano se impone en la vida social de los jóvenes y la escuela debe compensarlo.
González se declara catalana - «No me siento española, nunca me he sentido acompañada por España»- y se ha pasado de ERC a Junts «porque ERC ha pactado con partidos españolistas» y ella «preferiría que ganaran los que buscan que Cataluña sea un país». Asegura que hay muchos profesores que han hecho el mismo viaje político que ella, en parte por el giro ideológico que ha dado ERC y en parte por el desencanto con Bargalló. «Nos sentimos abandonados», refiere, aunque cree que «el voto de confianza se le va a seguir dando» a los republicanos.
González cree que el elevado sentimiento soberanista entre los docentes obedece a una búsqueda de mayor autonomía en los centros. «En una Cataluña independiente, los profesores tendríamos una capacidad de decisión que ahora no tenemos, ahora todo nos viene pautado y estipulado. Intentaríamos hacerlo de forma más igualitaria y más justa», argumenta.
Al igual que Segura, niega que en los colegios catalanes se adoctrine. «Las ganas de poder ser lo que uno quiere ser están simbolizadas en el lazo amarillo», indica, «pero la escuela debe ser neutra y mi función no es movilizar a los alumnos hacia un sentido u otro políticamente, sino explicarles todos los elementos para que tengan criterio propio».
La escuela «democrática», «participativa» y que apuesta por fomentar el «pensamiento crítico» de los alumnos remite a ese modelo pedagógico de cambio social del que hablaba Martínez. Como idea suena bien, pero el problema es que, en los últimos años, un exceso de celo ha llevado a excluir el castellano y a las personas que manifiestan en público ideas contrarias al nacionalismo. Quizá no de forma generalizada, pero hasta un punto que ha generado un debate y ha llevado a los tribunales y al Defensor del Pueblo a intervenir.
Lo verifica Beatriz Rosal, que durante 13 años estuvo al frente del colegio público Josep María Jujol de Gracia y fue la responsable del Consorcio de Directores de este barrio. Se jubiló en 2018 por el desgaste psicológico que le supuso el procés, después de que, tras toda una vida integrada en la vida escolar, decidiera no entregar las llaves para que su colegio se convirtiera en espacio de votación el 1-O. «Trabajamos muy bien hasta 2017, pero entonces los profesores dejaron de ser tolerantes», recuerda. «Tuve que hablar con una docente que mostró un mapa donde Cataluña salía como un país distinto a España, pedir a profesores que no llevaran lazos amarillos a clase y quitar símbolos de todo tipo de la verja».
Y prosigue: «Vi a maestros que lo pasaron muy mal; por ejemplo, una se me puso a llorar porque la quitaron de un grupo de WhatsApp creado para organizar cenas porque no hizo la huelga general. Y hubo padres que me dejaron de hablar después de que me negara a ceder espacios del centro para una Comisión 155 que habían montado. Les dije que al colegio los niños vienen a aprender. Y que, si querían reunirse, se fueran al bar».








