Los que nos tuvimos que marchar de Euskadi por ETA
Los que nos tuvimos que marchar de Euskadi por ETA
El pasado domingo este diario publicaba una de esas espléndidas piezas sobre víctimas del terrorismo de Arantza González Egaña, siempre conmovedoras y removedoras de memorias y conciencias. En cinco duras historias recordaba a los que tuvieron que marcharse de Euskadi por culpa del terrorismo etarra.
El éxodo comenzó en 1976: primero, tras el secuestro y asesinato del director de Sigma, Ángel Berazadi. Y segundo, después del asesinato del presidente de la Diputación guipuzcoana, Juan María de Araluce, su chófer y tres escoltas. Más de uno pensó entonces que la veda estaba abierta contra las élites políticas y económicas de la provincia, si los terroristas se habían atrevido a matar al cargo institucional más importante del País Vasco y Navarra, de la misma manera que meses antes se habían atrevido a pegar un tiro en la nuca a un empresario afín al nacionalismo.
En junio de 1977, el asesinato del prócer de Neguri. Javier de Ybarra produjo la salida de decenas de familias de la alta burguesía de Bilbao y Getxo, que se instalaron preferentemente en Madrid. La Hoja del Lunes de Bilbao del 16 de enero de 1978 cifraba en 50 familias «pudientes» a los primeros exiliados vascos por el terrorismo. Si en Neguri algunos tenían dudas sobre resistir en su tierra o irse a vivir en total libertad en otras latitudes, estas se disiparon tras el atentado contra la exalcaldesa de Bilbao. Pilar Careaga, en 1979. Entre 1977 y 1980 se registró en el País Vasco un primer gran éxodo de directivos empresariales, familias vinculadas al poder económico y político durante la dictadura, altos funcionarios, personal docente y otros empleados en la función pública.
La cifra recurrente de 200.000 vascos exiliados siempre me ha parecido tan exagerada como falsa, porque también hubo una emigración de retorno causada por diferentes crisis económicas, y una emigración de jóvenes preparados que buscaban su primer empleo fuera de Euskadi, a la que no fue ajena la conflictividad permanente que vivimos en las décadas de los setenta y ochenta. Nunca me planteé que un día yo formaría parte de esa otra diáspora vasca, la de la vergüenza, que siempre ha parecido invisible para ciertas instituciones en manos de nacionalistas que sí homenajean, al parecer como diáspora única y verdadera, a los vascos que emigraron a América por causas políticas o estímulos económicos.
En 1999 tuve que abandonar Euskadi porque era objetivo de ETA. Me habría gustado que otros que también abandonaron nuestra tierra por prescripción facultativa policial, por la indiferencia de una sociedad enferma o por la nula empatía institucional en medio del duelo por un familiar asesinado, lo hubieran hecho en las mismas condiciones que yo. Pensaba en las viudas e hijos de víctimas de la Guardia Civil. Policia Nacional o del Ejército. Me acordaba de esos a los que ETA y su trama civil asesinaron por no querer ser nacionalistas, por calumnias repetidas hasta años después de sus funerales, o por negarse a ser extorsionados. A mí no me faltó la solidaridad y el calor de compañeros de profesión, de amigos, de vecinos, de dirigentes del PSE. PP vasco. UA y UPN. Tampoco me faltaron respuestas miserables. como las que me encontraba cuando volvía en régimen de clandestinidad o libertad condicional.
No tengo para olvidar a los que, conocedores de mi situación, se cruzaban conmigo con tortícolis repentinas, miradas torvas, insultos o negaciones del saludo de toda la vida o incluso de la paz en misa, hasta que decidí dejar de ser católico en el País Vasco. Mi padre me confesó una vez que lo que más le dolió de todo aquello fue que dos afiliados del PNV tuvieran la poca vergüenza de decirle que por ellos como si me pegaban dos tiros. Literal, así, sin anestesia. Creo que no eran los únicos que pensaban así. Fuera de Euskadi, en Galicia y Canarias, descubrí y conocí a otros protagonistas de ese éxodo obligatorio provocado por historias de frías soledades, de silencios cómplices con los verdugos, de exclusiones. de señalamientos, de heridas incurables.
En 2005 decidí volver, pero he de confesar que algunas veces me arrepentí de mi decisión. No puedo creer que en 2021 nadie de los que nos hablan de reconciliación haya sido capaz de pensar en los que nos tuvimos que ir. No entiendo muy bien eso de la reconciliación. porque yo no sé con quién me tengo que reconciliar, cuando aquí no hubo dos bandos que se odiaban y mataban entre sí, sino unos que nos mataban a otros (o lo intentaban).
La sociedad vasca y sus instituciones tienen una deuda pendiente con sus transterrados o exiliados. No puede ser que los terroristas excarcelados vuelvan a casa siendo recibidos como héroes en espacios públicos, mientras que los que se tuvieron que marchar por culpa de esos terroristas o de sus conmilitones hayan sido olvidados para siempre. Pido a nuestro lehendakari que haga un gesto de reparación hacia quienes, siendo víctimas de ETA, tuvieron que irse de Euskadi por ello.
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