Materiales para una teoría de los (nuevos) chiringuitos
Materiales para una teoría de los (nuevos) chiringuitos
Conocerán la historia. Después de que los ingenieros de la NASA malgastaran neuronas y recursos intentado obtener un bolígrafo que pudiera escribir en ausencia de gravitación, los rusos dieron con la solución: el lapicero de toda la vida. La historia tenía una moraleja: muchas veces el mejor modo para resolver un problema consiste en mirarlo de otra manera, en dar un paso atrás y simplificar. Obstinarse en lo de siempre supone una pérdida de tiempo. Si quieren otro ejemplo, piensen en nuestro bendito problema territorial y el Estado de las autonomías. Dejo al lector el desarrollo de los detalles.
La historia del bolígrafo, muy popular, es falsa. Como sucede siempre con la ficción es muy bonita, sin ruidos ni desórdenes se desliza como trenes en la noche, que decía Truffaut de las películas; a diferencia de la vida, tan deshilachada. Pero tiene interesantes enseñanzas en muchos ámbitos. Entre ellos, institucionales, para lo que podríamos llamar «teorías de chiringuito», instituciones inútiles sin otra función que su propia supervivencia. Con frecuencia, en las organizaciones se establecen costosos sistemas de control que, claro, a su vez requieren controladores. O sea, que no sirven para nada. Y es que a veces son más sencillas las cosas: basta con eliminar las intromisiones. Son, por ejemplo, situaciones en donde funciona la mano invisible, que, conviene aclarar, no es el mercado. Sin intromisiones, se resuelven muchos problemas de coordinación, recalando en equilibrios estables que todos siguen porque a todos interesan: conducir por la derecha, disponer de una lengua común, establecer una red de comunicaciones compartida (basta que unos cuantos comiencen a usar WhatsApp para que los demás, que quieren encontrar más interlocutores, se apunten). En ocasiones, es cierto, conviene un impulso inicial, una intromisión pública, como inapropiadamente se dice ahora: nadie tenía incentivos para instalarse el primer teléfono. Pero, a partir de determinado momento -establecida la convención de conducir por un lado de la calzada, consolidada elementalmente una lengua, una moneda o un sistema de comunicación-, el mundo va solo y no hacen faltan interferencias, o las mínimas.
La moraleja también alcanza a muchas instituciones. Y a la inflación legislativa. En particular a la disposición de ir añadiendo mampostería, tan extendida entre políticos, «porque hay que hacer algo». Y eso, con frecuencia, empeora las cosas. Mejor quedarse con las manos quietas. Un reciente artículo en Nature (People systematically overlook subtractive changes, abril, 2021) mostraba que, ante los problemas, tenemos una disposición a «añadir» antes que a restar, incluso cuando esto último sería lo mejor. Como en la historia del bolígrafo. Como las competencias autonómicas. Según los autores, la existencia de esa disposición hiperactiva explica «una variedad de costosas tendencias modernas, incluidos los horarios sobrecargados [y] el aumento de la burocracia institucional».
Hay más explicaciones de los chiringuitos. Algunas consoladoras. Y es que, en ocasiones, las organizaciones persisten cumpliendo una función distinta de la original. Sucede como con los mecheros de los coches, reconvertidos en cargadores de teléfonos móviles. Se diseñaron para un propósito y se han consolidado sirviendo a otro, hasta el punto de que no pocos de los actuales usuarios ignoran su propósito original. En la naturaleza es bastante común. Los biólogos lo llaman exaptación: la garceta negra, con alas aptas para volar, las despliega sobre su cabeza para evitar reflejos en la superficie del agua y ver mejor a sus presas.
Buena parte de nuestras instituciones políticas, incluidas las democráticas, vienen a ser como esos encendedores, restos de naufragios destinados a nuevos usos. Se consolidan solo porque estaban allí en el momento oportuno. En Estados Unidos el artículo primero de la Constitución establece que cada estado tendrá dos senadores. Y no parece muy representativo. La cosa tiene su historia: el número de delegados en el First Continental Congress de Filadelfia, en septiembre de 1774, dependió de los que cada estado podía enviar, vamos, de sus recursos. Por cierto, entre otras cosas, decidieron que «each Colony or Province shall have one Vote» y, a partir de ahí, se optó por romper con Gran Bretaña (hay razones para pensar que con otro sistema de representación el resultado habría sido diferente).
En el mejor de los casos, para sus nuevos usos, los residuos obsoletos se han reajustado con parches hasta resultar irreconocibles. Es la historia de las modernas monarquías y también de los parlamentos. Hoy son otra cosa de la que fueron, aunque conserven el nombre y algunas inercias. En el mejor de los casos, eso no es un problema, salvo el de tener que aguantar a los nacionalistas -y a su legión de historiadores- apuntalando recreaciones de parlamentos medievales. Pero lo cierto es que esos diseños no son los mejores: no son la obra de un ingeniero que, sin restricciones, planifica ex novo, sino un apaño con materiales heredados. Se puede clavar un clavo con un zapato, pero mejor con un martillo. Es la diferencia entre la mayor parte de las instituciones democráticas y, por ejemplo, el modelo de trasplante de órganos desarrollado por el premio Nobel de economía, Alvin Roth. Este funciona óptimamente bien porque se dibujó en una pizarra y se aplicó. Es una buena intromisión pública.
Porque el problema no está en las organizaciones, sino en su racionalidad. Hay buena ingeniería social y hay manos invisibles que conducen a verdaderos desastres, como nos confirman los múltiples escenarios del dilema del prisionero: los sálvese quien pueda de nuestras autonomías, sin ir más lejos. La inteligencia colectiva propia de nuestra especie nos ha dejado testimonios de buena planificación: los acueductos romanos; el urbanismo moderno; los sofisticados sistemas de autopistas; la erradicación de la fiebre amarilla, el cólera o la viruela; los viajes espaciales; las centrales de energía; el funcionamiento de los ejércitos ante las catástrofes; las complejas economías bélicas de las dos guerras mundiales y, si quieren, la vida interna de grandes empresas, la que, por ejemplo, permite el funcionamiento de Amazon.
Los chiringuitos, no hay que engañarse, son cosa de todos y de siempre. La novedad son los chiringuitos a pulso, sin función alguna salvo la recreación de su propia existencia. En esos casos se da una singular conjunción de condiciones materiales y trama clientelar, los mimbres clásicos, con un soporte ideológico. Permítanme unas conjeturas. Para comenzar por la base material, que diría un marxista rústico, la existencia de una cohorte generacional en edad de consolidación familiar que, por diversas circunstancias, no encuentra cobijo en la academia o en los partidos de siempre. Cuando surgió Podemos me lo anticipó un viejo amigo de la izquierda radical: «Repara en la cantidad de parejas que nutren los cargos». Acertó de pleno. A la base le sigue la superestructura: la cultura woke y, destacadamente, el feminismo de cuarta ola, un cuerpo doctrinal poco compatible con el buen conocimiento pero que, por su naturaleza, es de fácil uso estratégico para estigmatizar y acallar discrepantes. Y, naturalmente, un mecanismo de incentivos dirigido a «las fuerzas de la cultura», una trama clientelar. Se materializa, por ejemplo, en los nuevos contenidos de la enseñanza o en ese cheque cultural, que parece un homenaje póstumo a Ferlosio. (Recuerden: «Si éste (Goebbels) dijo aquello de 'cada vez que oigo la palabra cultura amartillo la pistola', los socialistas actúan como si dijeran: 'En cuanto oigo la palabra cultura extiendo un cheque en blanco al portador'. Humanamente huelga decir que es preferible la actitud del gobierno socialista, pero culturalmente no sé qué es peor». Ferlosio erró en la cita, que no era de Goebbels; en todo lo demás, la clavó).
Si creen que especulo, recuerden la grabación de Errejón recomendando crear instituciones donde cobijarse laboralmente cuando llegaran los fríos. Un Cantó a gran escala y con cuerpo doctrinal para decorar lo que importa: «Acoger a los cuadros militantes que ahora se están dedicando a los trabajos institucionales». Errejón citaba explícitamente al peronismo como ejemplo. No hace falta ir tan lejos; mejor Cataluña, donde cualquier imputado o condenado encuentra su cobijo y cualquier incumplimiento de la legalidad, su aplauso. Y es que la catalanización de la política española sigue su inexorable curso: el Ministerio de Igualdad acogiendo a Isa Serra, Celia Mayer y Carlos Sánchez Mato; el transitorio desafío de Batet al Supremo mientras los diputados del Gobierno, puestos en pie, aplauden al parlamentario condenado; la ministra Belarra acusando al Supremo de prevaricación. Lo anticipó hace más de un año mi amigo Alejandro Molina: «Viendo los planes del Ejecutivo que los medios gubernamentales difunden respecto del poder judicial, presenciaremos en el Congreso escenas parecidas a las del Parlament en sus plenos del seis y siete de septiembre de 2017». También esta vez tenía razón. En Cataluña, esto es, en España, llevamos muchos años en ello: los chiringuitos como refugio para el delincuente. Otra aportación catalana a la teoría de las instituciones.
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